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OPINIÓN: Las sorprendentes razones que dieron origen a ISIS

Los grupos extremistas están dispuestos a saciar el hambre universal que existe por un orden social, opina Michele J. Gelfand.

Nota del editor: Michele J. Gelfand es Profesora Universitaria Distinguida de Psicología de la Universidad de Maryland en College Park (EU) y autora del libro Rule Makers, Rule Breakers: How Tight and Loose Cultures Wire Our World. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN)- Nos han dicho que ISIS ha muerto. Hace poco, en Helsinki, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció triunfante que la erradicación del grupo terrorista "está al 98%, al 99%", mientras que el primer ministro de Iraq, Haider al Abadi, declaró en diciembre: "derrotamos a Daesh (ISIS) a través de la unidad y el sacrificio de la nación". De hecho, como sus pretensiones de crear un califato quedaron destruidas, ISIS es una cáscara de lo que fue. La mayoría de sus combatientes huyó o murió y los que quedan están ocultos en partes remotas de Iraq y Siria. Es una victoria simbólicamente importante para las fuerzas de coalición de rebeldes iraquíes y sirios que los derrotaron con el respaldo de Estados Unidos.

Pero mientras las ciudades del valle del Éufrates se enfrentan a la vida después de ISIS, un hecho terrible ensombrece las probabilidades de que el triunfo militar desemboque en la derrota duradera del extremismo: muchos de los habitantes al principio recibieron con los brazos abiertos a ISIS, hace unos cuantos años.

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¿Cómo pasó eso?

En Iraq no fue la ambición de ISIS de crear un califato regional, su promoción de los atractivos del islam radical ni su propaganda antioccidental lo que llamó la atención. ISIS llenó una necesidad cultural vital. Sus líderes prometieron y cumplieron con la implementación del orden social tan necesario en zonas que se recuperaban de la desintegración.

Entrevistamos a más de 1,200 iraquíes en 2014, una semana antes de que ISIS tomara el control de Mosul y otros territorios sunitas en Iraq. Mi colaborador Munqith Daghir descubrió que casi el 80% de los sunitas dijo que se sentía inseguro en su barrio, a diferencia del 22% en 2011, poco después de que se retiraron las tropas estadounidenses. Solo el 30% de los sunitas dijo que confiaba en su sistema judicial y un desolador 28% dijo que confiaba en el ejército iraquí. En Ramadi y Falluyah, dos distritos que ISIS conquistó rápidamente, un alarmante 50% de los habitantes estaba de acuerdo con la declaración "parece que mi mundo entero se está derrumbando".

Cuando ISIS empezó a ganar territorios, a principios de 2014, no solo brindó seguridad, sino que restableció rápidamente servicios que el gobierno había descuidado, como la electricidad, el agua y la limpieza de las calles. Redujo el precio de productos básicos como el pan y brindó transporte con autobuses, distribuyó petróleo y gasolina, y brindó servicios de salud. Incluso ayudó a la gente a resolver disputas comunitarias. En pocas palabras, inyectó orden en un entorno muy caótico.

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La necesidad de orden social

Es un hecho cultural innegable, la gente ansía orden social. A falta de normas sociales —las reglas, rutinas y controles que mantienen la cohesión y la civilización de una comunidad—, la gente ansía seguridad. Los extremistas y los autócratas de todo el mundo están bien dispuestos a saciar esta hambre universal.

"¿Sabes cómo estaban las cosas en Mosul antes de que llegara ISIS?", preguntó Abu Sadr, un habitante de la zona. "Había bombardeos y asesinatos casi todos los días. Ahora tenemos seguridad".

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Todas las culturas necesitan normas sociales que guíen las conductas; nuestras investigaciones indican que podemos clasificar a las sociedades según su grado de orden normativo. Las culturas rígidas tienen normas estrictas que generan orden social y obediencia. Las culturas laxas tienen normas más débiles y menos orden en comparación, pero fomentan más la creatividad y la apertura. Ninguna es superior en sí misma; cada una suele adaptarse a los desafíos ecológicos e históricos que enfrenta.

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Sin embargo, el problema surge cuando la severidad o la laxitud se vuelven extremas: al estudiar a más de 30 países descubrimos que tanto las culturas muy estrictas, al punto de llegar a la opresión (como Pakistán, Turquía y China) como las culturas muy laxas, caóticas por tanta libertad (como Ucrania, Brasil y Venezuela) son menos felices, tienen más depresión, tasas de suicidios más altas y más inestabilidad política.

Lo interesante es que las culturas suelen oscilar entre ambos extremos. Como lo indica la historia de Medio Oriente, cuando una sociedad extremadamente estricta se desmantela repentinamente, puede caer en la laxitud extrema. Sin reglas que guíen las conductas la vida se vuelve insoportablemente impredecible y la gente pronto vuelve a ansiar la severidad.

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Ese oscilar constante de una población entre la severidad extrema y la laxitud extrema ejemplifica lo que llamo "recidiva autocrática". Un líder político o un grupo como ISIS, que pueden afirmar de manera creíble que restaurarán el orden en un entorno que parece estar desmoronándose, aprovechan una necesidad poderosa, casi irresistible.

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Esa es la razón por la que los electores de Medio Oriente han elegido una y otra vez la opción más dura en los pasados seis meses. El temor a la desintegración los llevó directo a los brazos de los políticos que prometieron el control más firme. Los electores turcos, que han sentido el peso del terrorismo, de una economía deteriorada y de un golpe de Estado fallido, reeligieron al presidente Recep Tayyip Erdogan y le otorgaron poderes sin precedentes. En Iraq, cuyos electores estaban cansados del desorden crónico, el exlíder de las milicias y activista chiita Moqtada al Sadr fue el gran ganador de las elecciones parlamentarias. Los egipcios reeligieron al durísimo presidente Abdulfatah al Sisi, supuestamente con el 97% de los votos.

Esta tendencia autocrática se entiende mejor no como fervor religioso o como represalias antiestadounidenses, sino como la manifestación de un deseo colectivo de severidad cultural fomentado por la ansiedad… el deseo de tener un líder fuerte que restablezca el orden social.

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Las autocracias en el mundo

Este patrón cultural no se limita a Medio Oriente. Desde las promesas de Vladimir Putin de restablecer el orden y el orgullo nacional en Rusia tras el laissez faire de la década de 1990, hasta Rodrigo Duterte en Filipinas y su presunción de haber abatido a tiros a unos narcotraficantes desde su motocicleta, los hombres fuertes han sacado ventaja del desorden social. Ambos hombres gozan de altos índices de aprobación en su país. Por otro lado, Trump, admirador lisonjero de Putin y Duterte que advierte continuamente que la civilización occidental se enfrenta a "amenazas graves", goza de un gran apoyo de sus bases.

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Es notorio que este no sea un fenómeno moderno. En su libro de 1941, El miedo a la libertad, el psicólogo Eric Fromm pretendía entender el surgimiento de la ideología nazi y argumentaba que las personas se aferran al autoritarismo y a la obediencia para recuperar algo parecido al orden en su vida. "El hombre moderno sigue ansioso y tentado a ceder su libertad a dictadores de toda clase o a perderla transformándose en un pequeño engrane de la maquinaria, bien alimentado, bien vestido, no un hombre libre, sino un autómata", escribió.

Fromm creía que el regreso a la autocracia era un reflejo universal a la libertad excesiva. Un siglo antes, el filósofo danés Søren Kierkegaard acuñó el término "el mareo de la libertad" para describir una desorientación parecida.

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En el caso de la Primavera Árabe, ese mareo degradó en náusea. A partir de 2010, los ciudadanos de al menos 15 países se reunieron en las plazas principales de su ciudad para exigir más libertad. Los regímenes de toda la región se cimbraron; algunos cayeron. Pero ahora, en 2018, solo uno de esos países —Túnez— tiene la calificación de "libre" según Freedom House .

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El giro radical de Egipto hacia la dictadura es particularmente llamativo. ¿Cómo fue que la gente que se unió con tal esperanza y determinación para derrocar a un presidente ferozmente autoritario terminó viviendo bajo un líder aún más autocrático?

Poco después del derrocamiento de Hosni Mubarak, en 2011, se volvió evidente que Egipto estaba haciendo la transición hacia el caos, no a la libertad. Las normas sociales de ese país se deshebraron con una velocidad asombrosa. En cuestión de tres meses los índices de criminalidad se triplicaron. Los disturbios y los secuestros se dispararon. Cuando se desmanteló el control vertical de Mubarak, los ciudadanos se quedaron sin mecanismos para regular su sociedad o para satisfacer siquiera sus necesidades más básicas. En mis encuestas con egipcios, a principios de 2012, las personas que sentían que el país se había vuelto caótico y peligroso manifestaron su apoyo al régimen autocrático. Obviamente, Egipto pronto volvió a un régimen aún más severo.

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"Al Sisi volverá a traer la seguridad y volverá a unir las instituciones del país", dijo Ayman Iskandar, orfebre de El Cairo. Por otro lado, Ahlam Ali Mohamed, habitante de Alejandría, dijo que había votado por Al Sisi porque quería sentirse "segura".

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Para que quede claro, la teoría de la severidad y la laxitud no insinúa que algunas poblaciones están programadas para rechazar la libertad, sino que advierte que el deterioro de las normas sociales en prácticamente cualquier comunidad puede incrementar el atractivo de las promesas de los autócratas. También significa que la política exterior estadounidense tiene que estar más consciente de las consecuencias inesperadas de los cambios que genera. El desplazamiento repentino de regímenes que tienen mucho tiempo, por ejemplo, puede desencadenar no solo el activismo político, sino vacíos culturales y laxitud extrema.

Mientras celebramos a la coalición de fuerzas rebeldes que derrotaron a ISIS con el respaldo de Estados Unidos, deberíamos reconocer que hasta que haya seguridad y reglas para esas poblaciones, seguirán siendo vulnerables a las variantes extremistas de ISIS que prometan restablecer el orden social. Hoy, Kurdistán y Kirkuk, las zonas previamente ocupadas por ISIS, así como Bagdad y las zonas chiitas del sur, son particularmente vulnerables.

La cultura es decisiva, pero no es definitiva. Los países de todo el mundo no están condenados a un futuro de dictadores o extremistas. Esta teoría de la severidad-laxitud nos permite anticipar las tendencias en regiones en cambio rápido y desarrollar políticas culturalmente inteligentes para manejarlas.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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