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OPINIÓN: ¿Qué tal si la postura desafiante de Trump sí funciona?

El mundo ya empezó a examinar cómo tendrá que ajustarse a las nuevas realidades que trae consigo el presidente en todo su esplendor, comenta David A. Andelman.

Nota del editor: David A. Andelman es investigador visitante del Centro para la Seguridad Nacional de la Escuela Fordham de Derecho y director de su Red Lines Project. También colabora con CNN. Sus columnas le valieron el Permio Deadline Club 2017 al mejor artículo de opinión. Escribió el libro A Shattered Peace: Versailles 1919 and the Price We Pay Today. Fue corresponsal del New York Times y de CBS News en Asia y Europa. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - El TLCAN 2.0 o USMCA (Acuerdo Comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, por sus siglas en inglés), como Trump quiere llamarlo (y al parecer se ganó el derecho de decirle como quiera) debe estar provocándoles escalofríos a los diplomáticos y a los negociadores comerciales de todo el mundo. En general, el presidente estadounidense se salió con la suya. Ahora, nadie puede decir que su estilo de toro en cristalería no funciona.

¿La repentina aprobación del acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá debería dar esperanza o desanimar a los europeos que ansían llegar a un acuerdo comercial con Estados Unidos; a China, que teme una guerra comercial con Estados Unidos, o a Irán y los europeos, que esperan llegar a alguna clase de acuerdo independiente, sin la participación de Estados Unidos? De hecho, desde esta perspectiva, al otro lado del Atlántico, esta nueva versión del TLCAN solo debería reforzar la nueva realidad evidente. El agresivo estilo de negociación sin precedentes realmente funciona.

De hecho, por la noche del domingo 30 de septiembre, un alto funcionario estadounidense presumió al Wall Street Journal que el nuevo pacto es "una plantilla del nuevo plan de acción del gobierno de Trump para acuerdos comerciales futuros". Este funcionario pudo haber omitido la palabra "comerciales". Esta clase de táctica de "apalead a vuestro vecino" podría funcionar muy bien, gracias, en las negociaciones con la mayoría de los adversarios que Trump ha creado o a los que se ha enfrentado en sus primeros dos años de gobierno.

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Los tres países (Estados Unidos, México y Canadá) dijeron que era beneficioso para todos; sin embargo, el prominente diario francés Le Monde lo describió tal como lo ven allá: "Trump le impone a Canadá un nuevo tratado de libre comercio".

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Es el segundo pacto comercial que Trump logra este año. En marzo, tras meses de bravatas y de amenazas de sabotear el tratado de comercio con Corea del Sur (KORUS, por sus siglas en inglés), país que accedió a un pacto integral y de inmediato aceptó reducir sus exportaciones anuales de acero a Estados Unidos en un 30%, además de un gravamen del 10% a sus exportaciones de aluminio.

De igual forma, Corea del Sur accedió a duplicar la cantidad de camionetas estadounidenses que podrían venderse en su territorio (hasta 50 mil por fabricante al año) y a eliminar otras barreras comerciales, tales como los estándares de emisiones.

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Trump coaccionó a los surcoreanos a aceptar este acuerdo (que finalmente firmó en septiembre) justo en el momento en el que Corea del Norte y Corea del Sur buscaban un acercamiento que, en cuestión de semanas, se materializó en una invitación que culminó en la cumbre de Singapur entre Trump y el líder norcoreano, Kim Jong Un. En ella se demostró, como señaló Trump, que la firmeza en el frente comercial y el uso de otras formas de presión diplomática, sin mencionar las amenazas militares, pueden arrojar resultados significativos.

Sin embargo, estos dos pactos —el TLCAN 2.0 y el KORUS— son apenas la punta de un iceberg bastante profundo. En el horizonte aún se vislumbran dos conjuntos de negociaciones integrales que Estados Unidos tendrá que iniciar con Reino Unido y Europa luego de que el primero abandone la Unión Europea, situación conocida como Brexit. Ninguna de esas negociaciones puede empezar en serio hasta que se complete el proceso de salida, cosa que probablemente no ocurrirá antes de marzo próximo, una eternidad en términos de negociaciones comerciales.

Finalmente, desde luego, está la madre de todas las disputas comerciales —que ya se está transformando en una guerra comercial— entre las dos principales potencias comerciales del mundo: Estados Unidos y China. Al parecer, ninguno de los dos está cerca de una ronda temprana de negociaciones productivas, ya no digamos de hacer la clase de concesión que Trump logró arrancarles a Corea del Sur, México y ahora, Canadá.

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Es más, con el fin de la Alianza Transpacífico que negoció Obama, ya no hay realmente pactos comerciales confiables en los que Estados Unidos esté involucrado. Pese a todo, como dijo Trump en una conferencia de prensa la mañana siguiente de su victoria con el TLCAN, Japón e India han indicado que les interesa negociar acuerdos arancelarios.

Trump dijo que estos acercamientos son un tributo a su postura severa en comercio y ciertamente en toda suerte de relaciones entre naciones, amigas o enemigas. Más allá del comercio, hay muchos otros tratados multinacionales que Trump ha saboteado con el fin de volverlos ventajosos para Estados Unidos. Ahora, ese no parece un sueño imposible. Tanto Europa como Rusia y China comparten el deseo de sacarle una victoria al retiro de Trump de dos pactos no comerciales críticos: el acuerdo de París para del clima COP21 y el tratado nuclear con Irán. Ahora, perece que con la victoria en el TLCAN y el KORUS, Trump tiene aún menos incentivos para ceder un ápice en sus posturas apenas sostenibles.

Lo que es crítico examinar muy de cerca es el estilo y el patrón de estas negociaciones para el TLCAN 2.0 y el KORUS.

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Primero están las amenazas de retiro seguidas de bravatas, luego una serie de exigencias que rayan en lo demencial, si no es que en lo francamente imposible y finalmente llegan las negociaciones detalladas, seguidas por más amenazas. Cada etapa está marcada por tuits usualmente descabellados que a final de cuentas llevan al vencimiento de un plazo imposible y a un acuerdo de último minuto, justo cuando parece que todo está perdido. Luego, claro, Trump se pavonea y presume su éxito en una serie de prolongadas vueltas de la victoria.

El mundo racional alza los brazos al cielo en indignación por el estilo, no tanto por el resultado de estas negociaciones. Al proletariado le gusta parte del pacto USMCA, pero en gran medida porque fortalece a los sindicatos de trabajadores en México. Para otros intereses, esto equivale a poco más que una readaptación del texto de la Alianza Transpacífico. En pocas palabras, a la mayoría de las empresas estadounidenses simplemente les da gusto tener un tratado con el que pueden vivir.

Claro que hay un elemento final que sigue siendo una pregunta sin responder. ¿La Cámara de Representantes demócrata —si es que llegara a surgir tal institución en las elecciones intermedias, dentro de tan solo seis semanas— aprobará cualquier pacto comercial que lleve la firma de Trump? De hecho, los demócratas harían bien en sopesar concienzudamente si lo que más les conviene a largo plazo es imponer un veto reflexivo. Después de todo, un trato es un trato… y este, de hecho, protege a varios intereses y grupos que deberían estar firmemente del lado de los demócratas. Guarden sus municiones para las batallas que sí puedan ganar.

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El mundo ya empezó a examinar cómo tendrá que ajustarse a las nuevas realidades que trae consigo un Trump en todo su esplendor. En este momento, el panorama no es lindo, pero los diplomáticos avezados y los negociadores diestros tienen que encontrar una manera.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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