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Nuestras Historias

OPINIÓN: El tipo de seres humanos que Trump no alcanza a comprender

Durante su discurso del martes por la noche, el mandatario evocó imágenes de "pandillas implacables" y "madres que lloran", comenta Jean Guerrero.

Nota del editor: Jean Guerrero es autora del libro Crux: A Cross-Border Memoir, galardonado con el premio PEN, y periodista de investigación ganadora del Emmy por su trabajo para KPBS, filial de las emisoras NPR y PBS en San Diego, Estados Unidos. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) - El discurso que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio en horario estelar el martes 8 de enero reveló su fijación constante con imágenes y símbolos específicos a costa de las realidades complejas de los latinoamericanos.

Cuando el gobierno de Trump usa las imágenes de los inmigrantes suele hacerlo para provocar miedo y resentimiento contra los "criminales" e "invasores" que cruzan la frontera
Jean Guerrero

Evocó imágenes de "una barrera de acero", de "pandillas implacables" y "madres que lloran". Omitió mencionar las personalidades y los antecedentes diversos de los miles de centroamericanos que sueñan, planifican y agonizan por entrar a Estados Unidos en busca de su propia imagen, el llamado sueño americano. Una vez más, Trump declaró que el muro es "absolutamente crítico" para la seguridad fronteriza.

Soy reportera y he cubierto la frontera desde 2015 para KPBS y nuestros aliados en los medios públicos de comunicación, así que he investigado los efectos de las barreras físicas en las fronteras sobre los flujos de inmigración y drogas ilegales.

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Hay pocas pruebas de que las barreras existentes, cuya construcción comenzó en la década de 1990, durante la presidencia de Bill Clinton, hayan tenido un papel significativo en la reducción de alguno de estos fenómenos; sin embargo, abundan las pruebas de que han redirigido esos flujos hacia otras zonas: el desierto, el océano, el cielo y el subsuelo.

La mayoría de las actividades que enriquecen a las organizaciones delictivas transnacionales (el contrabando de cocaína y otras drogas) se da en los puertos legales de entrada, en automóviles. Vale la pena señalar que un muro no impedirá el flujo de armas estadounidenses hacia el sur, en donde los criminales las usan para proteger su contrabando. Esas armas estadounidenses son las que provocan que las familias centroamericanas huyan de la violencia hacia el norte.

Lo que el muro hace y ha estado haciendo es forzar a los inmigrantes ilegales a cruzar por zonas cada vez más peligrosas. Cuando Trump subrayó las vidas estadounidenses que se han perdido a manos de personas que entraron ilegalmente a Estados Unidos, pasó por alto otras vidas y otros rostros.

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Apenas hace un mes, el cuerpo de un hombre mexicano que se ahogó cuando trataba de cruzar la frontera a nado llegó a la costa sur del condado de San Diego. Cada año, desde que empezaron a erigirse barreras fronterizas, cientos de personas mueren por deshidratación o por golpe de calor al tratar de entrar a Estados Unidos por el desierto. Yo misma he visto los esqueletos.

En tres ocasiones diferentes, caminé con las Águilas del Desierto, un grupo de agricultores, plomeros y albañiles que pasan sus fines de semana buscando los restos de los migrantes perdidos para darles un cierre a sus familias. Siguen a los zopilotes y el olor de la carne achicharrada o reciben instrucciones vagas de los coyotes que abandonaron a los migrantes agotados. En cada ocasión encontramos restos humanos e incontables artículos abandonados a lo largo de la ruta: biblias devoradas por insectos, mochilas polvorientas, botellas de galón vacías.

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En la preparatoria leí un libro titulado The Devil's Highway, de Luis Alberto Urrea. En él se narra la historia de un nutrido grupo de inmigrantes que murieron trágicamente al entrar a Estados Unidos por el desierto en 2001. El libro hizo que me diera cuenta de que el periodismo podría darle voz a los que no la tienen, incluso a los muertos. Pensar en ese poder me inspiró a seguir una carrera periodística.

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Ahora, casi 15 años más tarde, la realidad en la frontera sigue siendo prácticamente igual a la que Urrea relató. Las voces de los que históricamente no la tienen siguen siendo ininteligibles pese a que todas las organizaciones noticiosas importantes envían periodistas y fotógrafos a la frontera.

La mayoría de los estadounidenses no pueden identificarse con los centroamericanos —ni con los mexicanos— como lo hacen con "la sangre estadounidense" de la que Trump habló en su discurso del martes por la noche. Nuestra literatura, nuestro cine y nuestro entretenimiento sigue siendo dominio de los protagonistas varones blancos. Nuestra empatía se levanta sobre las historias que oímos y leemos al crecer: Hemingway, Steinbeck, Melville.

Cuando el gobierno de Trump usa las imágenes de los inmigrantes, suele hacerlo para provocar miedo y resentimiento contra los "criminales" e "invasores" que cruzan la frontera. Menciona a las mujeres a las que victimizan, a las que esos mismos criminales agreden sexualmente en la ruta. El mandatario ha usado videos de la caravana migrante más reciente, una y otra vez, para deshumanizar al grupo y para pintarlo como homogéneo.

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Por otro lado, sus oponentes han usado las imágenes de las madres huyendo de los gases lacrimógenos para fomentar el odio a Trump y la simpatía por los migrantes. Lo que se pierde en este estira y afloja por el significado de las fotos y los videos de gente real es la complejidad de su realidad.

La caravana no es un grupo homogéneo. Algunos tienen pensado cruzar ilegalmente la frontera: los he visto saltar la cerca. Muchos han tomado la frontera por asalto, siguiendo las instrucciones de grupos de izquierda en Estados Unidos como BAMN (By Any Means Necessary), que distribuyen volantes en los campamentos. Otros están dispuestos a esperar el tiempo que haga falta para pedir asilo en Estados Unidos.

En Tijuana, durante una misa católica improvisada en la calle, hablé con una mujer desesperada que huyó de Honduras con su hijo de tres años. María Edwina Pérez me contó que temía que una minoría de hombres revoltosos en la caravana les diera mala fama y les arruinara la oportunidad de entrar a Estados Unidos. Ella tendrá que esperar varias semanas para poder hablar con las autoridades inmigratorias de Estados Unidos por los retrasos en el procesamiento de solicitudes en los puertos de entrada.

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"Si (Trump) no quiere que los hombres entren, debería dejar entrar a las mujeres. Venimos a trabajar, no a hacer desorden. "Soy hija de Dios. Soy una mujer pacífica y paciente", me dijo en una historia para KPBS. Me contó que soñó que Trump dejaba entrar a Estados Unidos a todos los niños de la caravana; sin embargo, al igual que las demás personas que buscan asilo, tendrán que esperar varias semanas en Tijuana, en donde la incidencia de homicidios ha alcanzado niveles nunca antes registrados.

En diciembre pasado asesinaron a dos adolescentes de la caravana. Mientras Trump sigue pintando como criminales o víctimas a las personas que entran a Estados Unidos, como santos o como pecadores, ellos siguen viviendo en el limbo, como seres humanos tridimensionales, reales y vulnerables y, de cierta forma, indestructibles.

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