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Nuestras Historias

Empecemos juzgando menos

Si supiéramos por lo que está pasando el otro podríamos ayudar a generar entornos más seguros y estables para que las niñas, niños y jóvenes se formen, opina Jimena Cándano.
sáb 24 agosto 2019 07:00 AM
Deshumanizar
En el momento en el que una persona es privada de su libertad por cometer un acto delictivo, tendrá que cumplir una doble sentencia: la dictada por el juez, pero también el rechazo social, considera Jimena Cándano.

(Expansión) – Cuando juzgamos no solo reducimos la complejidad del otro a una nimiedad, lo deshumanizamos y realizamos una atención selectiva, es decir, prestamos cuidado solo a aquellos factores que nos ayuden a reafirmar la idea negativa que tenemos de una persona.

Así generamos perfiles con los que privamos al otro de su totalidad como sujeto e ignoramos los múltiples factores que nos podrían dar información más verídica. Es importante considerar su sistema de creencias, cultura, antecedentes familiares y todas sus experiencias pasadas.

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Es así como se ha generado en México “el perfil del delincuente” cuando se le pregunta a una persona de manera aleatoria cómo es un individuo que ha cometido un acto delictivo. Casi de forma inmediata brindará información física referente a la tez, complexión y otros elementos que se han fijado en la mente de los mexicanos como un estereotipo.

Y la verdad es que sí existe un perfil, pero no es físico, sino más bien social, se trata de personas que crecieron en contextos en los que el delito es un estilo de vida, una decisión derivada de la normalización de la violencia que además es resultado del abandono que, como sociedad y gobierno, hemos dado a ciertos sectores, donde la falta de oportunidades y la violencia es su realidad y por eso pueden ser más propensos a actividades nocivas.

La realidad de las personas que se encuentran en conflicto con la ley y privadas de la libertad no sólo demuestra la ausencia de políticas sociales y un sistema de justicia que no cuenta con una normatividad óptima, sino también de un régimen penitenciario injusto al que se suma la prisión social que viven las personas por no cumplir su rol como ciudadano.

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En el momento en el que una persona es privada de su libertad por cometer un acto delictivo, tendrá que cumplir una doble sentencia: la dictada por el juez, pero también el rechazo social. La discriminación de la que son víctimas disminuye sus posibilidades de reinserción social y aumenta las de su reincidencia a los actos delictivos.

Por ello resulta primordial asegurarles un proceso legal y un cumplimiento de sentencia digno que respete sus derechos humanos en tanto, como sociedad, rompemos el estigma que los rodea para reincorporarlos a la vida de la comunidad.

A todos los mexicanos nos interesa mucho revertir el fenómeno de la violencia, queremos sentirnos a salvo. Si bien uno de los deberes del Estado es garantizar nuestra seguridad, como sociedad civil debemos realizar un ejercicio de reflexión que nos ayude a entender que podemos tener una participación activa en la salvaguarda de nuestra vida y de la seguridad de nuestra comunidad.

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El primer paso es que trabajemos en reducir y eliminar el prejuicio de nuestra mente. Si supiéramos por lo que está pasando el otro podríamos ayudar a generar entornos más seguros y estables para que las niñas, niños y jóvenes se formen. ¿Por qué? Porque la manera de revertir la gran ola de violencia que vivimos es atender a los adolescentes, que son los que están creando su identidad.

Entendamos que si les brindamos un contexto sano ellos podrán identificar sus aptitudes y las desarrollarán y así encontrarán una herramienta que los aleje del delito como forma de vida, y probablemente serán más felices y comprometidos con su comunidad.

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Vinculémonos más con las problemáticas sociales que nos interesa frenar o revertir. Aunado al trabajo individual, el de las familias y los sistemas escolarizados, es importante que se generen políticas públicas y programas que promuevan el desarrollo de las capacidades de nuestras niñas, niños y adolescentes para evitar que incurran en actos delictivos.

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De igual manera apoyarlos en el proceso de su reinserción social, incluso si llegan a cometer un delito. Como sociedad debemos comprometernos para generar un cambio de conciencia que ayude a generar mejores oportunidades para todos.

Nota del editor: Jimena Cándano estudió la licenciatura de Derecho en la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el grado de Maestría en Administración Pública, Desarrollo Comunitario y Transformación Social en la Universidad de Nueva York. Actualmente es la Directora Ejecutiva de la Fundación Reintegra. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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