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Nuestras Historias

La vuelta del mexicano hacia la comunidad

El antineoliberal y el occidentalizado deben cambiar en sus valores para poder cambiar el sistema en sus instrumentos, considera Xavier Ginebra.
mar 28 julio 2020 05:00 AM

(Expansión) – Siguiendo la propuesta de unos filósofos sociales del siglo XX (Chesterton, Belloc y Schumacher), pese a ciertas limitaciones propias del contexto en que se escribieron y ciertas predicciones que no se cumplieron, anunciaban el nuevo tiempo histórico que vivimos en el siglo XXI: la tendencia hacia el gigantismo, el imparable crecimiento de las mega ciudades, el desempleo masivo crónico, los patrones insostenibles de uso de la energía, la degradación ambiental o la violencia en la lucha por los recursos.

Este movimiento sin eco en su momento fue una de las primeras grandes y fundamentadas denuncias frente a la sociedad consumista (industrial o agrícola), que sobrevivía artificial e insosteniblemente sobre un entorno de fuentes limitadas y sobre la sistemática explotación de los recursos naturales no renovables de los países más pobres de la tierra. Por ello hay que preguntar:

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¿Vamos a seguir aferrándonos a un estilo de vida que crecientemente vacía al mundo y desbasta a la naturaleza por medio de su excesivo énfasis en las satisfacciones materiales, o vamos a emplear los poderes creativos de la ciencia y de la tecnología, bajo el control de la sabiduría, en la elaboración de formas de vida que se encuadren dentro de las leyes inalterables del universo y que sean capaces de alentar las más altas aspiraciones de la naturaleza humana?

La “batalla occidental contra la naturaleza” debe acabar y los logros del modo de producción debían adaptarse a los límites del “capital natural” finito. Frente a la realidad petrolífera y el sueño nuclear, que desgranaba empíricamente.

Hay que propugnar esa economía “como si importasen las personas”, capaz de conseguir la sostenibilidad desde una nueva forma de tecnologías apropiadas (recuperada de los modos de producción tradicionales) que conlleven una restricción ética: la trascendencia de los valores morales que preservasen la igualdad y dignidad de todas las personas; la integridad del trabajo humano como el factor económico esencial; el uso de los instrumentos propios del entorno y de la comunidad (más baratos, más realistas y menos contaminantes); el papel central de la familia como unidad básica de convivencia y formación; y el valor de las comunidades locales como entidades soberanas, si es posible, en una toma de decisiones descentralizada y desde una autosuficiencia creciente respecto a los alimentos y al combustible renovable.

Y, en medio de los “liberales del nuevo régimen” que defienden que “todo tiene solución”, mientras abandonemos la llamada cuarta transformación y los pesimistas que anuncian “la inminente catástrofe” de seguir el neoliberalismo, lo que necesitamos son optimistas que estén totalmente convencidos de que la catástrofe es ciertamente inevitable salvo que nos acordemos de nosotros mismos, que recordemos quiénes somos: una gente peculiar destinada a disfruta de salud, belleza y permanencia; dotada de enormes dones creativos y capaz de desarrollar un sistema económico tal que la «gente» esté en el primer lugar y la provisión de "mercancías" en el segundo.

Este modelo acierta a proponer entre el mercado divinizado y el Estado todopoderoso, un modelo basado en la promoción de la propiedad independiente (el llamado “retorno al hogar”); pero el mismo resulta limitado ya que, solo alcanza a representar una “economía pequeña” de escaso impacto. Es necesario, además, un “economía apropiada” que atiende a “cientos de miles de personas que no pueden tener esperanzas de ser auto-suficientes en la propiedad o en la artesanía“, que llegase a los desposeídos de la tierra y a los explotados por el sistema.

Pero una vía media que no podía basarse, como había hecho durante años, en remedios dictados en exclusiva por los expertos especializados; debe fundarse en la previa transformación interna, moral, del hombre y su comunidad. Con esto encontraríamos las vías de solución para resolver la depresión que se avecina con la pandemia.

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La economía china vuelve a crecer tras la crisis del coronavirus

Las personas continúan clamando por soluciones y se enojan cuando se le dice que la restauración de la sociedad debe venir desde dentro y no puede venir desde fuera.

Ante el individualismo sistémico construido, a la vez, desde la lealtad al capital y desde la dependencia del Estado, hay que oponer una comunidad soberana ligada tanto al minúsculo productor como al gran mundo interconectado.

La cuestión no es la elección entre “crecimiento moderno” y “estancamiento tradicional”. La cuestión más bien radica en encontrar el camino correcto de desarrollo, el camino medio entre la negligencia materialista y la inmovilidad tradicionalista. En pocas palabras, encontrar “Los medios correctos de subsistencia”.

El antineoliberal y el occidentalizado deben, por tanto, cambiar en sus valores para poder cambiar el sistema en sus instrumentos. Tenía que reconstruirse el arquetipo del homo viator o “el hombre con un propósito” con su colectivo y desde la escuela, con una misión interna (atemperando la codicia y la envidia) y con un deber externo (buscando la paz y la cooperación), más allá del compulsivo comprador o del mecánico productor.

De subir el nivel de discusión de “mañaneras” y “comentócratas” no afines a la llamada cuarta transformación, podríamos encontrar salidas viables a la crisis sin necesidad de grandes inversiones, elefantes blancos ni la contratación de deuda pública insostenible.

Nota del editor: Xavier Ginebra Serrabou es Máster y Doctor en Derecho económico, Profesor Investigador de la Facultad de Negocios de la Universidad De la Salle Bajío y miembro nivel I del Sistema Nacional de Investigadores. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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