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Nuestras Historias

¿Realmente como usuarios de internet podemos elegir?

Como usuarios digitales, hoy más que nunca, basta con tocar un botón en nuestros teléfonos o dar clic para tener no una, sino varias decenas de opciones, señala Carlos Fernández de Lara.
vie 23 octubre 2020 11:59 PM

(Expansión) – La demanda antimonopolio que el Departamento de Justicia (DoJ) y otros 11 estados interpusieron contra Alphabet (Google) por su dominio de internet, en particular en el campo de las búsquedas de internet y la publicidad digital me hicieron pensar, más que en la demanda misma, en la respuesta que Google publicó en su blog en defensa: que en la era digital y del internet lo que más tenemos los usuarios es opción y flexibilidad a decidir qué servicio utilizamos.

“El punto más importante es que las personas no usan Google porque tienen que hacerlo, lo usan porque así lo desean. No estamos en la década de los noventa, cuando cambiar de servicio era lento y difícil y, a menudo, era necesario comprar e instalar software con un CD-ROM. Hoy, puede descargar fácilmente las aplicaciones que elija o cambiar la configuración predeterminada en cuestión de segundos, más rápido de lo que puede caminar hasta otro pasillo de la tienda de comestibles”, son las palabras de Kent Walker, vicepresidente de Relaciones Institucionales de Google.

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Las palabras de Walker me hicieron pensar: ¿Realmente uso Google porque me gustan sus servicios, porque los encuentro funcionales o en realidad lo estoy usando porque lo necesito, y porque su prevalencia en las sociedades actuales es de tal magnitud que aunque los odiara no tendría otra opción que usarlos para poder comunicarme, trabajar o salir adelante en un planeta cada vez más conectado y digital?

Al menos para mí la respuesta es fácil, porque genuinamente disfruto de los servicios de la compañía, al grado de que incluso prefiero los aplicativos de Google en otros ecosistemas digitales como los de Apple o Microsoft. Es decir, en mi iPhone, iPad o computadora con Windows prefiero utilizar Gmail o Chrome, antes de elegir opciones como Outlook o Safari.

Sin embargo, el argumento de Google es un tanto riesgoso, porque Google ya no es esa pequeña idea que dos estudiantes de Stanford (Larry Page y Sergey Brin) tenían en 1998, para mejorar el acceso a la información de internet a través de un buscador de internet.

No, hoy Google es todo, menos pequeño. Es un conglomerado empresarial con ventas anuales por arriba de los 161,000 millones de dólares, una de las cinco empresas más valiosas del planeta y un jugador con una variedad de servicios que rebasaban los miles de millones de usuarios.

Ahora, a diferencia de esos primeros años donde Google buscaba acercar la información indexada de páginas de internet al usuario, cuando uno busca la frase “Cómo preparar un buen café”, el usuario verá probablemente algunas páginas hasta arriba que hayan pagado (a Google) por las palabras, seguido de sitios web, seguido de videos de YouTube (de Google) y acompañado de recomendaciones de negocios de venta de café o cafeterías y cómo llegar a ellos, sí obvio gracias a Google Maps.

Eso sin contar que según datos de IDC , de todos los smartphones del planeta el 85% corren Android (de Google).

Es cierto que como usuarios digitales, hoy más que nunca, basta con tocar un botón en nuestros teléfonos o dar clic para tener no una, sino varias o a veces hasta decenas de opciones. Es también cierto que, por más críticas que podamos tener, los servicios de Google han cambiado el mundo entero y en muchas ocasiones para bien, dando acceso a información y detonando oportunidades de crecimiento económico y educación en la era digital. Pero sería ingenuo de nosotros creer que como ciudadanos de internet Google no juega un papel central y a veces totalitario en nuestra vida diaria.

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Y ese es justo el argumento del Departamento de Justicia de Estados Unidos, demostrar que dada la relevancia, tamaño y presencia que Google tiene en el mundo de los exploradores Web (Chrome), los dispositivos móviles (Android) y nuevos dispositivos inteligentes (como bocinas, autos, TV o audífonos con Google Assistant), por más opciones que tenga el usuario, tarde o temprano el funnel termina en Google.

En pocas palabras, aunque no queramos usar Gmail, si tenemos un teléfono con Android es casi un hecho que abramos una cuenta de Google para gozar de ciertas preferencias o beneficios de otras aplicaciones. Aunque exista Bing o Yahoo, quizá necesitemos usar el buscador de Google porque el negocio que estoy buscando no aparece más que en ese buscador.

Es ahí donde el argumento de la libertad de elección en internet se torna difícil de creer, porque no se trata de una decisión de A o B, sino de A+B o A+C o A+D, pero A siempre tiene que formar parte de la ecuación.

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La compañía tiene razón en argumentar que las leyes antimonopolios de 1970 con las cuales el DoJ basa parte de la demanda, e incluso el caso de Microsoft contra la autoridad de 1990 por el monopolio de Internet Explorer, no pueden ser los moldes para esgrimir argumentos de monopolio en 2020.

Es un hecho que la tecnología siempre correrá más rápido, después de todo son los mismos políticos que le preguntaron a Mark Zuckerberg en su audiencia ante el Senado cómo hacía dinero Facebook, sin conocimiento alguno del mundo de internet, los que muchas tienen la responsabilidad de crear regulación para un universo que entienden poco.

Pero nos guste o no la demanda contra Google podría sentar base sobre cómo los reguladores podrían lidiar con el poder que firmas tecnológicas han adquirido en las últimas décadas, porque hoy podemos estar hablando de Google, pero recordemos que la espada de Damocles pende sobre Amazon, Facebook y Apple, firmas cuyos servicios y productos han transformado tanto el mundo que la línea entre elección por gusto y amor, y elección por necesidad obligada, a veces es muy borrosa.

¿Se puede vivir sin ellos?

Antes de escribir esta opinión pregunté en mis distintas redes sociales si se podía vivir o prescindir de Gmail y WhatsApp. Sin duda dos de los servicios digitales más utilizados por los mexicanos. Desde argumentos irónicos como “claro que se puede, si vives en una cueva”, “sí, si vives en una zona sin conectividad”, “sí, si cambias al servicio postal”, hasta comentarios más profundos relacionados a que nuestra dependencia es meramente por el tipo de sistema operativo de nuestro celular, por obligación laboral o por la región donde vivimos; en la mayoría de los casos las respuestas eran un rotundo no a un ambiguo “se puede pero es muy difícil”.

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Sin embargo, de todos los comentarios, el que más presente me quedó fue el de Ana, una amiga, quien escribió algo simple pero muy reflexivo: “Tengo un amigo que no usa Whatsapp. Nos molesta a todos, pero él vive muy feliz”.

Nota del editor: Carlos Fernández de Lara es un periodista especializado con más de 15 años de experiencia en el campo de la ciencia y la tecnología. Ha colaborado para medios como PC World México, Excélsior, InformationWeek y Grupo Expansión. Cuando no anda probando un nuevo gadget para entender el impacto y cambio que puede tener en las vidas de los usuarios, se dedica a analizar las tendencias tecnológicas, sus repercusiones y si es cierta la promesa que conllevan de mejorar la vida humana. Apasionado de los videojuegos y la realidad virtual. Síguelo en Twitter , Instagram ; escúchalo en su podcast semanal GamerHubMX y/o escríbele a cfernandezdlara@gmail.com. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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