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Nuestras Historias

Niños que matan, niños que mueren

Durante décadas nuestro país ha sufrido una terrible descomposición social, tenemos cada vez más familias donde la desunión y la violencia son una constante, señala Jimena Cándano.
sáb 05 diciembre 2020 07:00 AM

(Expansión) – El mes pasado la Ciudad de México se cimbró con varias noticias que, a cualquiera con un mínimo grado de empatía, desgarran. La policía detuvo en la colonia Guerrero a niños transportando los cadáveres de otros niños. Lo primero fue la sorpresa, después el morbo y por último las justificaciones y los señalamientos, culpando a las víctimas. Cuando hablo de víctimas, estoy hablando tanto de los que transportaban los cuerpos como de los que fueron privados de la vida.

¿Qué está pasando en la colonia Guerrero? ¿Qué está pasando en la Ciudad de México? ¿Qué pasa en nuestro país con las niñas y los niños? Es fácil descontextualizar este tipo de noticias, los medios suelen darle un tinte de nota roja, los gobiernos a veces intentan negarlas o justificarlas, incluso llegando a criminalizar a quienes también son víctimas, así la sociedad carece de información completa y veraz para saber qué es lo que realmente está pasando.

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Durante décadas nuestro país ha sufrido una terrible descomposición social, tenemos cada vez más familias donde la desunión y la violencia son una constante, comunidades donde la violencia se ha normalizado, incluso series donde la apología del delito ha convertido a los narcotraficantes en los nuevos héroes de nuestra niñez y juventud.

A todo esto, hay que sumarle los índices de pobreza, la falta de oportunidades y la desigualdad social. Por otro lado, tenemos un sistema de seguridad y justicia que ha creado una situación insostenible de impunidad, donde los delitos no son denunciados; las cárceles están llenas de pobres y en muchos casos de inocentes.

Nos han vendido que la solución a inseguridad son las cárceles, la prisión preventiva oficiosa, penas más altas y el ejército en las calles; nada podría estar más alejado de la realidad que esto. Lo que se requiere es trabajar a favor de nuestras niñas, niños y jóvenes, crear espacios seguros y de sano desarrollo. Se debe lograr que todos ellos tengan acceso a los derechos más básicos, por mencionar algunos: salud, seguridad, vivienda y educación, entre otros.

El presupuesto del gobierno federal y de los gobiernos locales debiera estar enfocado a lograr esta realidad, primero por ser su obligación constitucional y segundo porque es la forma más efectiva y eficiente de prevenir el delito. Queremos un país en paz, enseñemos a los más pequeños que significa esa palabra que muchos no conocen, queremos un país seguro, démosles oportunidades para que puedan dar lo mejor de ellos.

Mientras nuestras niñas y niños sigan siendo víctimas de violencia intrafamiliar, viviendo en espacios que no podemos llamar hogares, con padres y madres que tienen que trabajar dobles jornadas, en ambientes donde se privilegia la ley del más fuerte y mostrándoles como héroes a quienes reflejan antivalores; lo único que vamos a lograr son jóvenes con el alma rota, que sólo saben dar lo que recibieron.

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No, las cárceles no son la solución, criminalizar a las madres y padres, a las niñas, niños y jóvenes para limpiar la conciencia de quienes gobiernan y seguir con el ejército en las calles no es la solución. Invertir en ellos, tener un presupuesto y políticas públicas enfocadas a generar un futuro más justo para ellas y ellos, policías humanizadas y capacitadas, un sistema de justicia que si funcione esa es la solución.

Niños cargando cuerpos de otros niños son el reflejo de la descomposición que vivimos, nadie elige por voluntad propia esa vida, ninguna niña ni niño merece tener que vivir eso, ellos no eligieron ese destino, ellos sólo son el reflejo de la vida y la realidad que los adultos les hemos dado. Antes de criminalizarlos pensemos en que hemos fallado y la responsabilidad que tenemos. Ellos tan sólo son las víctimas de nuestras acciones.

Nota del editor: Jimena Cándano estudió la licenciatura de Derecho en la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el grado de Maestría en Administración Pública con enfoque en Desarrollo Comunitario y Transformación Social en la Universidad de Nueva York. Actualmente es la Directora Ejecutiva de la Fundación Reintegra. Síguela en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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