Ya en el extremo podríamos pensar que en cualquier caso tendría que haber una correlación entre IED y relocalización. Es decir, que ciertos aumentos en la IED tendrían que explicarse por la necesidad de muchas empresas de acercar partes de sus procesos productivos al mercado de América del Norte. El problema es que en la dinámica de la IED existe un fuerte componente inercial que hace difícil identificar si la dinámica de estos flujos está siendo afectada por un proceso particular.
Para empezar, hay que tener en cuenta que el proceso de relocalización es un asunto primordialmente manufacturero y que, históricamente, poco menos de la mitad de la IED ha ido a ese sector. El resto se reparte entre otras actividades como el transporte, la minería o los servicios financieros. Por tanto, la relocalización solo puede afectar, más o menos, a la mitad de las operaciones de IED, mientras que la otra mitad tendrá necesariamente una dinámica propia.
Encima de todo, de ese porcentaje de la IED que se destina a la manufactura, lo normal en cualquier parte del mundo es que la mayor parte se utilice para apuntalar actividades que ya se realizan: para la modernización de procesos, para la expansión de esas actividades, para cubrir el desgaste de los bienes de capital. Lo único que sabemos es que la inversión que se dedica a actividades por completo nuevas es aún menor. De tal forma que no sería un caso extraño ver una reducción en la IED, incluso si se está verificando un proceso de relocalización importante.
Reducciones fuera de la manufactura o reducciones en la ampliación y mejora de las actividades manufactureras ya existentes podrían compensar fácilmente el crecimiento de actividades nuevas. Lo mismo sucede de manera inversa con un incremento de la IED: no necesariamente significa que se trata de un proceso de relocalización.
De pronto el nearshoring se puso de moda y hablamos de él constantemente en medios y redes sociales. Sin embargo, lo hacemos a ciegas, como si se tratara de un fantasma cuya presencia sentimos; hay quienes dicen haberlo visto, pero no sabemos dónde buscarlo.
Si queremos cuantificar el proceso de relocalización, que a ojo de buen cubero parece tener lugar en muchas partes de México, necesitamos otro tipo de datos. Una opción son los datos sobre parques industriales que existen en el país. Una mejor apuesta es agregar preguntas sobre el destino o aplicación de la inversión y sobre recursos recibidos que no son considerados IED (préstamos de partes no relacionadas) a la información que las empresas con capital extranjero tienen que reportar trimestralmente a la SE, además de identificar transacciones que por su naturaleza no podrían clasificarse como nearshoring, tales como reestructuraciones corporativas o fusiones y adquisiciones.
Cualquier otra especulación en el tema a partir de los datos reportados de IED sirve únicamente para eso, para especular.
Nota del editor: Sergio Silva Castañeda es Economista por el CIDE e Historiador por la Universidad de Harvard. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.
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