Sin embargo, la forma en que manejó la terrible herencia de quien dijo defendería al peso como perro, fue poco afortunado. Dio poca o nula importancia a la mala idea de nombrar políticos al frente de instituciones bancarias, quienes convirtieron a la banca mexicana nacionalizada en un barril sin fondo al servicio del partido oficial, con cargo a él, se financió todo tipo de caprichos y absurdos abusos. El boquete creció a paso acelerado, pero fue puesto debajo del tapete.
No pocos recuerdan que incluso hubo instituciones de crédito que tuvieron en sus consejos de administración a declarados capos del narcotráfico. Aplicó a la banca el principio dejar hacer, dejar pasar. Prefirió desarrollar un sistema de financiamiento empresarial paralelo, permitiendo a las casas de bolsa apoderarse de enormes segmentos del mercado financiero. La laxa regulación de esos intermediarios y la inexperta supervisión, permitieron excesos que ocasionaron el crack de 1987, el cual, todo mundo sabe, cimentó grandes fortunas que han llegado hasta el día de hoy.
En pocos años, la mala gestión de Miguel de la Madrid produjo una banca llena de créditos sin documentar o con garantías inexistentes, tolerada por una Comisión Nacional Bancaria que cualquier director de banco podía aplastar con tan solo una llamada. Los estados financieros de la banca nacionalizada reflejaban una fantasía, de la cual, Salinas de Gortari, inteligentemente, se quiso deshacer desde el primer día en la silla. Sabía que, tarde o temprano, la insolvencia sería detectada, por lo que decidió embaucar a ambiciosos empresarios quienes, a cambio de la patente de corzo, alejarían la creativa contabilidad de los quebrados bancos, de las finanzas públicas.
A fines de su sexenio fue ya inevitable reflejar el verdadero valor de los créditos y demás activos registrados en el balance financiero de las instituciones de crédito, provocando, con razón, la preocupación de una quiebra generalizada de bancos y la consecuente crisis económica.
Salinas, quizá azuzado por Madrazo, se despachó a quien financiaba al rijoso político que no pudo ser el candidato oficial al gobierno de Tabasco, y lo dejó sin su principal financiador, dado que tuvo que huir del país, dejando al de Macuspana a su suerte.
Llegó entonces el fatídico error de diciembre. Las alternativas de Zedillo eran refinanciar el enorme costo de los Tesobonos, emitidos de manera irresponsable a lo largo del año 1994, sí, la friolera de 29,000 millones de dólares pagaderos en el corto plazo, teniendo 4,000 en la reserva, o bien, declarar que el país se enfrentaba a un problema mayúsculo, ya que para entonces los ilusos compradores de los bancos querían regresarlos, al constatar, que el valor que pagaron no tenía justificación alguna y que la valuación fue, por decir lo menos, engañosa.
El no poner a flotar libremente el peso, ampliando la banda en que se movía, agravó aún más el desastroso perfil financiero del país, provocando que todas las tormentas ocurrieran al mismo tiempo.
Serra Puche no vio lo duro, sino lo tupido, pero casi logra ser, por un mes, Secretario de Hacienda y Crédito Público. El peso mexicano se venía revaluando, mostraba gran fortaleza, permitió alcanzar el grado de inversión a mediados del 1994, pero, unos meses después, retornaría a su triste realidad teniendo un brusco ajuste.
Ya desde 1988, José Ángel Gurría descollaba como subsecretario en asuntos económicos internacionales, al calmar los airados ánimos de los acreedores del país, garantizándoles una reestructura que les cerró la boca al llenarles los bolsillos. Acreedores que, tarde o temprano, encontrarían en él a un estupendo directivo gerencial del organismo que el mundo desarrollado opera para vender la idea de que todo el orbe puede pertenecer al primer mundo, claro, pagando costosísimas cuotas por pertenecer al selecto, pero anodino club.