El análisis en torno de la prosperidad compartida y de sus alcances no es nueva, aunque, ciertamente, nunca ha salido de la mesa en tertulias conformadas por mentes muy elevadas. Con sus matices, y a través de otros conceptos, ha sido materia de debate entre autoridades, políticos, empresarios y analistas. Durante varios años se ha hablado de que lo primero es crecer y, ya después, nos preocupamos de la calidad del crecimiento económico y cómo éste detona desarrollo en las personas. Esa discusión ha llevado mucho tiempo, mientras que la desigualdad se ha enfatizado y la precarización se ha concentrado en los sectores más vulnerables de la sociedad.
Ahora, el nuevo gobierno, a través de la Presidenta de la República y de varios miembros de su gabinete, promete convertir en realidad la prosperidad compartida, lo que debería obligar a pasar del dicho a la acción. ¿Frente a qué estamos? Si bien el término fue acuñado por el Banco Mundial y está relacionado con las condiciones para aumentar, hacia 2030, los ingresos y el bienestar del 40% más pobre de la sociedad, en las naciones más pobres o en aquellas de ingreso medio, no se tiene del todo claro cuál es la gran apuesta de la administración de Claudia Sheinbaum para aterrizar la prosperidad compartida en México y, mucho menos, se cuenta con los indicadores que permitan validar los resultados de la estrategia a seguir.
Como sea, para encontrar el camino que permita dotar de prosperidad a todas y a todos los mexicanos se requiere de debates sinceros y voluntades comprometidas para generar el cambio. Así, los empresarios y las autoridades tienen la palabra.
Un gobierno que se presume progresista requiere de empresas orientadas al mismo propósito. A diferencia de las narrativas que dominaron durante el pasado sexenio, se necesita cambiar la historia y que los sectores público y privado trabajen juntos para resolver los problemas más concretos de nuestro tiempo. Con ello, debería ser considerada como una conversación bastante aburrida aquella que sigue exprimiendo esa vieja tesis de empresas contra el gobierno y de regreso.
Sea cual sea el camino que la nueva administración pretenda tomar para sentar las condiciones de la prosperidad compartida, el elemento más importante que necesita es lograr que la economía crezca, de tal forma que la variable fundamental para poder crecer es la inversión, pública y privada, y productiva. Al mismo tiempo, un principio que ya debió quedarnos bastante claro es que, cuando tienes una baja inversión, no hay milagro que ayude a mitigar una baja productividad.
“Déjame ponerlo en palabras muy sencillas: entre más máquinas se compren, podemos meter más insumos, más construcción, puertos y ferrocarriles, transmisión de energía. Todo eso es inversión. Si inviertes más, creces más. ¿Cuánto quieres crecer? Pues dime cuánto estás dispuesto a invertir”, explica Luis Foncerrada, economista en jefe de American Chamber México.
Entonces, hay que construir una senda de crecimiento para generar la prosperidad tan deseada, pero que solo se podrá conseguir inversión y con la ayuda de muchas manos. Frente a eso, los programas sociales deben preservarse para tratar de contrarrestar los grados de vulnerabilidad de millones de personas, pero no son generadores de crecimiento económico.
Al respecto, Luis Foncerrada, quien en su momento fungiera como director general del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, sostiene que una consecuencia natural de la inversión es la generación de empleos formales y permanentes, que podrían mejorar las condiciones de vida de millones de personas, pero lo más importante es la generación de un ecosistema en el que haya inversiones estratégicas para generar la suficiente energía para multiplicar la actividad económica, construir mejores carreteras para exportar más, invertir en educación y salud para activar en verdad la movilidad social y cuidar el bienestar de las nuevas y futuras generaciones.
Ninguna promesa de gobierno podrá sostenerse en el tiempo si no cuenta con la capacidad de implementación del sector privado. Y, para eso, se requiere de un ingrediente que hoy no se encuentra con tanta facilidad: confianza. Los acuerdos de largo plazo para asociarse requieren de una alta dosis de confianza y, ésta, genera cohesión, lo que a su vez nos podría proporcionar una trayectoria de inversión sostenida y, al final, una economía que cumple con sus objetivos.
La prometida prosperidad compartida pondrá a prueba el calibre del que están hechos funcionarios y empresarios. La retórica política ha dicho hasta el cansancio que es tiempo de consumar la separación del poder político del poder económico, pero, para generar prosperidad y repartirla, se requiere del acompañamiento entre el sector público y el privado. Por su parte, la comunidad empresarial debe entender, ya, que la generación de valor tiene que impactar a todos sus grupos de interés.