Como cualquier creación del ser humano, la IA es una extensión del mismo, por lo que puede replicar e incluso amplificar los desafíos a los que nos enfrentamos como sociedad. Por ello, para hablar de inteligencia artificial responsable, lo primero es darle la atención que amerita, como se les da a otros temas igualmente urgentes por los riesgos que implican para el bienestar colectivo.
Se han visto a nivel mundial esfuerzos y resultados en ese sentido. Uno de los más recientes es la ley de la Unión Europea para regular la IA, la cual entró en vigor en agosto con el objetivo de seguir impulsando esta tecnología, limitando la posibilidad de abusos sobre la misma. Se trata de una legislación inédita que es testigo de un avance muy importante en esta materia. Al mismo tiempo, demuestra que estas preocupaciones y discusiones están aún concentradas en las grandes potencias —como la UE, Estados Unidos o China—.
¿Qué sucede entonces en países como el nuestro? ¿Cómo evitar quedarnos rezagados?
México comenzó a participar en estas conversaciones y enfocarse en la IA en 2018, tras poner en marcha la elaboración de una Estrategia Digital Nacional, involucrándose en iniciativas y foros globales de la mano de la ONU o como parte de la Red de América Latina y el Caribe para el Desarrollo de Gobiernos Digitales. Sin embargo, esta inercia se ha desacelerado.
El Índice Latinoamericano de IA, en su edición de 2023 , describe como “muy bajo” el nivel de México en institucionalidad y estrategia en esta materia, dejando el tema prácticamente en manos del sector privado. Considero que ese es el siguiente asunto por enmendar para retomar el camino hacia el aprovechamiento de la IA de manera responsable.
Al interior de las empresas —algo que he observado tanto en empresas de la industria tecnológica, hasta en otras dedicadas a actividades diversas, como la agroalimentaria— se ha trabajado de la mano de organizaciones tan relevantes como la UNESCO y se han formado comités multidisciplinarios encargados de revisar el uso y el desarrollo de la IA bajo esta perspectiva responsable.
Esto ha dado como resultado guías internas alineadas a los derechos humanos. Incluso en empresas transnacionales, he sido testigo del involucramiento de grupos que desde nuestro país han participado activamente en la generación de estas políticas. Tal representación demuestra que naciones como la nuestra deben formar parte de la conversación, además de que coadyuvan a mitigar sesgos.
Y si a este diálogo sumamos a los actores regulatorios y gubernamentales, a las organizaciones que se encargan de velar por las libertades de las personas y, por supuesto, a la academia y centros de investigación, cuyo estudio resulta fundamental, estaremos avanzando en capacidades tecnológicas, garantizando que su desarrollo se mantenga en línea con las preocupaciones éticas que vemos dentro y fuera del mundo digital.
En resumen, la única manera de alcanzar una era de la IA menos riesgosa y más favorable para la humanidad es dándole la importancia que tiene e incluyendo a todos en la discusión.