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Repensar el modelo económico. ¿Cómo crear sociedades más justas e igualitarias?

Cada vez hay mayor conciencia sobre lo inaceptable de la brecha de desigualdad económica y la devastación medioambiental.
jue 27 febrero 2025 06:03 AM
Los CEOs son optimistas sobre economía global
Una cúpula de capitales financieros se beneficia con agendas artificiales de supuesta defensa de las libertades y el derecho internacional, apunta Guillermo Fournier.

El crecimiento económico y el desarrollo de la tecnología han generado riqueza y prosperidad sin precedentes en las últimas décadas.

Sin embargo, este progreso ha mostrado varias deficiencias que hasta hace poco permanecían ocultas. Cada vez hay mayor conciencia sobre lo inaceptable de la brecha de desigualdad económica y la devastación medioambiental.

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La narrativa del capitalismo salvaje defiende posiciones como el consumismo desenfrenado, la meritocracia absoluta y el libre mercado sin regulaciones. ¿Acaso estas son las únicas alternativas para un proyecto democrático liberal en el siglo XXI?

Esgrimiré, a continuación, algunos argumentos en contra de estos elementos, pues considero que son dañinos para cualquier sociedad, y han contribuido a desprestigiar al modelo capitalista de centro-derecha, cediendo el paso a regímenes populistas que derivan en autoritarismo.

A su vez, ofreceré posibles respuestas a los desafíos de la crisis de representación política y la complejidad de la realidad social y económica actuales.

Consumismo desenfrenado. La bonanza que ha traído el aumento de la producción desde la primera revolución industrial cambió de manera profunda el paradigma en cuanto al estilo de vida de las sociedades y países.

Así, la medida del éxito estandarizada es la acumulación de bienes y propiedades. Aunque podría argumentarse que desde antaño era de este modo, lo cierto es que el esquema capitalista moderno logró masificar el consumo y llevarlo a un nuevo nivel.

Las consecuencias de tal enfoque son graves: por un lado tenemos la explotación sostenida de recursos naturales que provocan estragos frecuentemente irreversibles. Por otra parte, tenemos lo que el Papa Francisco llama la cultura del descarte, en la que todo es considerado “desechable” en una dinámica de consumo sin límites.

Esto último tiene un efecto psicológico en el individuo contemporáneo, ya que quien no se conforma con poco no se conforma con nada, y aquel que cree que el dinero todo lo hace termina haciéndolo todo por dinero.

Por tanto, vemos una generación en la cual un número creciente de personas se sienten insatisfechas con lo que tienen y ponen mucha atención a lo que poseen los demás, como apunta el sociólogo François Dubet.

Lógicamente, esta visión súper-consumista no trae nada bueno. Ya lo decía Gandhi: “la Tierra dispone de los recursos para cubrir las necesidades de todos; pero no es capaz de sostener la avaricia desmedida de unos cuantos”.

Meritocracia absoluta. El mérito juega un papel fundamental en la sociedad; es justo que quienes más se esfuercen reciban lo que se merecen y se vean recompensados por su trabajo y talento. Esta premisa es digna de ser señalada.

No obstante, hace falta observar que estamos muy lejos de vivir en entornos donde exista la igualdad real de oportunidades para todas las personas.

En cambio, lo habitual es constatar que las mujeres y hombres que nacen con ciertos privilegios suelen tener muchas más posibilidades de éxito; en contraposición, los pertenecientes a grupos precarios cuentan con muy pocas opciones para salir adelante.

Ignorar esto es peligroso según autores como el filósofo Michael Sandel y el economista Thomas Picketty: la falta de movilidad social y el distanciamiento económico exacerbado entre ricos y pobres produce inestabilidad política y vicios que lastiman la convivencia democrática.

Defender la meritocracia es importante, pero no a costa de borrar la dimensión humana que nos obliga a mirar las necesidades de los sectores vulnerables de la sociedad -que históricamente han sido abandonados a su suerte-.

Gobierno, empresariado, sociedad civil y ciudadanía comparten el deber de ayudar a los que menos tienen, con el fin de construir espacios de mayor empatía, justicia social e igualdad.

No se trata de promover el asistencialismo ni el comunismo, sino de edificar un modelo capitalista democrático mucho más humano, centrado en la dignidad de la persona y el bien común.

Libre mercado sin regulaciones. Algo de cierto hay en las críticas dirigidas al neoliberalismo iniciado en los años 80; y es que, en el afán de promover el comercio sin fronteras, algunos intereses económicos oscuros introdujeron una especie de “caballo de Troya” para competir de manera desleal con empresas locales de las naciones que adoptaron este modelo.

Si bien es verdad que el libre mercado generó empleo y crecimiento de la economía alrededor del mundo, también es comprobable que el capital de algunas empresas transnacionales se concentró de manera brutal, en detrimento de la competencia y el comercio doméstico.

Hablamos de una cúpula de capitales financieros que se beneficia con agendas artificiales de supuesta defensa de las libertades y el derecho internacional.

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De ninguna manera defiendo las teorías de la conspiración tan populares en nuestro tiempo, aunque sí me parece evidente que hay quienes se ven favorecidos con la desigualdad y la debilidad política de algunos gobiernos de países en vías de desarrollo.

Es claro que el libre comercio debe estar regulado y requiere contar con mecanismos para resolver diferencias legales, de modo que la actividad comercial e industrial sea provechosa para todas las partes involucradas y para las poblaciones en general.

El capitalismo, como modelo económico, puede -y exige- ser progresivamente más humano, más justo y más igualitario.

Repensar el statu quo es urgente si aspiramos a crear entornos propicios para la prosperidad y el bienestar colectivo. Reconocer que hay asignaturas pendientes es un primer paso en la dirección correcta. A partir de ahí, habrá que trabajar uniendo voluntades por un futuro de esperanza.

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Nota del editor: José Guillermo Fournier Ramos es docente en la Universidad Anáhuac Mayab. Vicepresidente de Masters A.C., asociación civil promotora de la comunicación efectiva y el liderazgo social. También es asesor en comunicación e imagen, analista y doctorando en Gobierno. Síguelo en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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