La narrativa del capitalismo salvaje defiende posiciones como el consumismo desenfrenado, la meritocracia absoluta y el libre mercado sin regulaciones. ¿Acaso estas son las únicas alternativas para un proyecto democrático liberal en el siglo XXI?
Esgrimiré, a continuación, algunos argumentos en contra de estos elementos, pues considero que son dañinos para cualquier sociedad, y han contribuido a desprestigiar al modelo capitalista de centro-derecha, cediendo el paso a regímenes populistas que derivan en autoritarismo.
A su vez, ofreceré posibles respuestas a los desafíos de la crisis de representación política y la complejidad de la realidad social y económica actuales.
Consumismo desenfrenado. La bonanza que ha traído el aumento de la producción desde la primera revolución industrial cambió de manera profunda el paradigma en cuanto al estilo de vida de las sociedades y países.
Así, la medida del éxito estandarizada es la acumulación de bienes y propiedades. Aunque podría argumentarse que desde antaño era de este modo, lo cierto es que el esquema capitalista moderno logró masificar el consumo y llevarlo a un nuevo nivel.
Las consecuencias de tal enfoque son graves: por un lado tenemos la explotación sostenida de recursos naturales que provocan estragos frecuentemente irreversibles. Por otra parte, tenemos lo que el Papa Francisco llama la cultura del descarte, en la que todo es considerado “desechable” en una dinámica de consumo sin límites.
Esto último tiene un efecto psicológico en el individuo contemporáneo, ya que quien no se conforma con poco no se conforma con nada, y aquel que cree que el dinero todo lo hace termina haciéndolo todo por dinero.
Por tanto, vemos una generación en la cual un número creciente de personas se sienten insatisfechas con lo que tienen y ponen mucha atención a lo que poseen los demás, como apunta el sociólogo François Dubet.
Lógicamente, esta visión súper-consumista no trae nada bueno. Ya lo decía Gandhi: “la Tierra dispone de los recursos para cubrir las necesidades de todos; pero no es capaz de sostener la avaricia desmedida de unos cuantos”.
Meritocracia absoluta. El mérito juega un papel fundamental en la sociedad; es justo que quienes más se esfuercen reciban lo que se merecen y se vean recompensados por su trabajo y talento. Esta premisa es digna de ser señalada.
No obstante, hace falta observar que estamos muy lejos de vivir en entornos donde exista la igualdad real de oportunidades para todas las personas.
En cambio, lo habitual es constatar que las mujeres y hombres que nacen con ciertos privilegios suelen tener muchas más posibilidades de éxito; en contraposición, los pertenecientes a grupos precarios cuentan con muy pocas opciones para salir adelante.
Ignorar esto es peligroso según autores como el filósofo Michael Sandel y el economista Thomas Picketty: la falta de movilidad social y el distanciamiento económico exacerbado entre ricos y pobres produce inestabilidad política y vicios que lastiman la convivencia democrática.
Defender la meritocracia es importante, pero no a costa de borrar la dimensión humana que nos obliga a mirar las necesidades de los sectores vulnerables de la sociedad -que históricamente han sido abandonados a su suerte-.
Gobierno, empresariado, sociedad civil y ciudadanía comparten el deber de ayudar a los que menos tienen, con el fin de construir espacios de mayor empatía, justicia social e igualdad.
No se trata de promover el asistencialismo ni el comunismo, sino de edificar un modelo capitalista democrático mucho más humano, centrado en la dignidad de la persona y el bien común.
Libre mercado sin regulaciones. Algo de cierto hay en las críticas dirigidas al neoliberalismo iniciado en los años 80; y es que, en el afán de promover el comercio sin fronteras, algunos intereses económicos oscuros introdujeron una especie de “caballo de Troya” para competir de manera desleal con empresas locales de las naciones que adoptaron este modelo.
Si bien es verdad que el libre mercado generó empleo y crecimiento de la economía alrededor del mundo, también es comprobable que el capital de algunas empresas transnacionales se concentró de manera brutal, en detrimento de la competencia y el comercio doméstico.
Hablamos de una cúpula de capitales financieros que se beneficia con agendas artificiales de supuesta defensa de las libertades y el derecho internacional.