La primera es táctica: promociones agresivas, descuentos intermitentes, reducciones silenciosas de gramaje/litraje, campañas constantes que buscan estimular el tráfico. Es una respuesta visible. Genera ruido. Mueve inventario.
La segunda es estructural: revisar costos desde la raíz, eliminar desperdicios, ganar productividad operativa y trasladar esa eficiencia de forma consistente al precio final. No depende de campañas. Depende del modelo.
Ambas pueden coexistir, pero no son lo mismo. La primera genera picos de venta. La segunda genera confianza, estructural. Y en momentos de incertidumbre, la confianza se vuelve un diferencial competitivo.
El consumidor mexicano, especialmente el que vive con margen estrecho, no tiene espacio para errores. No quiere sorpresas en el contenido, ni en la calidad, ni en la política de precios. Prefiere previsibilidad. Prefiere saber que el precio de hoy no es una excepción temporal.
Eso cambia la lógica competitiva.
Desde la óptica del inversionista de largo plazo, también hay contraste. Los modelos basados en promociones intensivas suelen mostrar una mayor volatilidad: márgenes presionados (principalmente por merma), tráfico inestable, modelo logístico menos optimizado, mayor inversión en marketing, finalmente, mayores gastos y menor rentabilidad. Los modelos basados en eficiencia estructural tienden a ser más estables, más predecibles y resilientes ante diversos ciclos económicos.
No es casualidad que, en mercados desarrollados, los negocios que priorizan precio consistente y estructura de costos eficiente hayan ganado participación a lo largo del tiempo.