No se trata de alarmismo mediático. Se trata de un tipo de evento que no cabe en los modelos tradicionales y que, cuando ocurre, reordena prioridades, presupuestos y decisiones de Estado. Impacta a empresas, gobiernos y sistemas financieros por igual.
Lo paradójico es que la industria de la seguridad vive de anticipar el futuro y, aun así, suele prepararse para lo probable, no para lo devastador. En los próximos años, el cisne negro más inquietante no es un nuevo malware. Es la convergencia de dos fuerzas: una máquina capaz de romper los candados criptográficos que hoy sostienen el comercio digital y una IA que, como copiloto malicioso, automatiza el camino hacia el punto más frágil del sistema.
Q-Day. Cuando la confianza digital entra en juego
En el mundo físico, una cerradura fallida afecta una puerta. En el mundo digital, una debilidad criptográfica afecta a países completos. Q-Day es el nombre que se le da al momento en que una computadora cuántica alcance la capacidad de descifrar la criptografía de clave pública más utilizada hoy, como RSA o ECC.
Si eso ocurre, no “se caería un sistema”: se comprometería la confianza que sostiene la economía digital, desde pagos y contratos hasta identidades y comunicaciones gubernamentales.
La computación cuántica no “adivina contraseñas”. Ejecuta ciertos cálculos con ventajas radicales frente a computadoras clásicas, poniendo en riesgo la forma en que hoy autenticamos identidades, firmamos transacciones y protegemos datos en tránsito.
Aquí aparece el punto crítico para juntas directivas y responsables de riesgo: no es necesario que exista mañana una computadora cuántica comercial para que el riesgo sea hoy. La lógica es conocida como “cosecha ahora, descifra después”: un adversario puede robar datos cifrados hoy y guardarlos para descifrarlos en el futuro, cuando la capacidad cuántica sea suficiente. Parte del futuro ya está atacando al presente.