“Mi propia moral es el único límite de mi fuerza”; esta frase de Donald Trump fue acogida con regocijo por miles de personas en las redes sociales que demostraron así que la celebración de la bajeza retórica no es algo fuera de norma, no es un lamentable lapsus colectivo; en realidad expone una indolencia ante la tragedia de otros que explica en gran medida las confrontaciones globales de diversos órdenes.
Trump, los MAGA y la nueva banalidad del mal
Frente a ello ¿qué expresa que tantos MAGA (Make America Great Again) celebren ese proceder detestable? ¿Qué techo crítico y ético delimita la euforia de estas personas ante lo que debería ser inaceptable? Quizás la respuesta está en un defecto del juicio que normaliza lo perverso, que vuelve irrelevante el sufrimiento humano ajeno, algo cercano a lo que en su momento Hannah Arendt nombró la banalidad del mal.
Esta filósofa cimentó el término analizando el juicio a Adolf Eichmann, principal gestor del campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Su planteamiento fue que el mal más radical no es llevado a cabo necesariamente por sujetos viles o perversos, sino también por personas comunes que se limitan a obedecer órdenes y por lo tanto claudican de una racionalidad elemental en lo moral; que se colocan en un punto de irreflexión sobre sus propios actos.
Si bien ese caso histórico fue extremo en sus efectos concretos —pues hablamos de cientos de miles de personas exterminadas por las gestiones de Eichmann —, podemos preguntarnos si no existe una suerte de banalidad del mal de baja intensidad que a menudo se abre paso en el juego de la comunicabilidad contemporánea. A través de ella se objetiva lo que somos capaces de tolerar o incluso de celebrar en el plano de lo social, de lo político y de la relación entre pueblos y naciones.
Esa interrogación estalla cuando vemos el arribo al poder de sujetos perversos gracias al respaldo de ciudadanos comunes a los que parece no moverles lo que están viendo en forma directa en los actos de esos personajes, en su biografía o en cómo se conducen en el ejercicio de su encargo. En esa tónica, lo que ha ocurrido en estos días con la dinámica mediática desencadenada con el ataque de EU a Venezuela, nos puede servir como referente para el uso de la banalidad del mal como categoría semántica en el análisis de los retos éticos.
Como dijimos arriba, Donald Trump expone en forma muy abierta e indolente la retórica de la impertinencia, la soberbia, el cinismo, la mentira, el llamado al odio y la franca vileza. No obstante, esa pauta no se limita a la verbalización de su discurso aborrecible, pues también irrumpe con actos criminales de gobierno que se suman a la intervención en el país sudamericano; a modo de ejemplos, ejerce un poder desbordado con el que se ha permitido patrocinar el genocidio del Estado de Israel contra el pueblo palestino y con el que ha ordenado la destrucción de lanchas y de más de cien personas en el Mar Caribe sin contar con un fundamento legal claro y sin tener noción plena de que se tratara de embarcaciones tripuladas por narcotraficantes.
En esta nueva esfera de la deliberación pública que es Internet — más allá de que no encontremos defensa posible para la autocracia de Nicolás Maduro —, se presentan las declaraciones de figuras públicas y “líderes de opinión” que buscan justificar sin matices ese proceder de Donald Trump, así como la interacción de millones de internautas a través de reacciones, comentarios y publicaciones que expresan una modalidad mediática y discursiva en la que brilla una despreocupada frivolidad axiológica.
En esas líneas, si por el lado del ejercicio cínico del poder, Trump y su equipo nos dan referencias todos los días, su complemento en la “opinión pública” es la de aquellos que les justifican a través de recursos retóricos que parecen sacados del script de un antagonista imperturbable, pues menudean frases en las que la violencia, la destrucción y la muerte son tratadas como incidentes menores.
Para ese oscuro pragmatismo no existe introspección o argumento ético que sea válido; todo se limita a números sin rostro ni relevancia humana: los miles de víctimas del Estado de Israel, el desgarro de familias por la política migratoria de Trump, los más de 100 muertos en las lanchas del Mar Caribe o las víctimas por los bombardeos que acompañaron el secuestro de Nicolás Maduro. Todos conforman un contingente de seres descartables, de cuerpos destrozados reducidos a simples daños colaterales.
Esta es así una de las nuevas vertientes de la banalidad del mal que se manifiesta en la crueldad vertida en publicaciones, comentarios y videos cortos. Es la ausencia en incontables habitantes comunes de un diálogo interior y de un ejercicio del juicio moral que lleva a que muchas vidas e historias sean prescindibles por su distancia real y simbólica, por habitar en el limbo de una otredad indeseable.
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El peligro concreto que Hannah Arendt observaba de que sistemas totalitarios se asentaran en la indiferencia generalizada ante lo execrable, tiene en Trump y sus seguidores su representación en estos tiempos de posverdad. Estamos hablando de una suerte de dictadura planetaria que se descara cada vez más abiertamente ante el beneplácito de una parte muy significativa de la comunidad global pues, trágicamente, no solo es ese espectro poblacional de EU que muestra orgulloso el MAGA en las gorras, sino también incontables ciudadanos de otros países que convalidan semejante barbarie cuando, paradójicamente, a menudo son habitantes de sociedades que el poder imperial desprecia y que sin duda serían tratados como víctimas irrelevantes.
Desde luego, no solo los MAGA conforman el único público internauta que presume esta tenebrosa desvergüenza, pues el tono de la crueldad discursiva en las redes sociales se desborda cotidianamente casi en cualquier ocasión en la que la dignidad humana se ve comprometida. Para ilustrarlo, así ocurre cuando la polémica por una muerte por exceso de velocidad es acompañada con comentarios como “qué bueno”, “uno menos” o “adoro los finales felices”.
En esa inercia, el conformismo y la superficialidad ideológica que Arendt apuntaba como rasgos de la banalidad del mal son falencias contemporáneas que hoy se agudizan, no por escasez de información, sino porque nos abruma una carencia de lo que Aristóteles denominaba frónesis, es decir, una sabiduría práctica o prudencia; una deliberación cuidadosa que a su vez permite un actuar racional en sentido ético en el que tienen un lugar fundamental la elocuencia desde la empatía y la sensibilidad por la condición del otro.
En síntesis, quizás eso sea uno de los elementos más distintivos que permiten esta nueva banalidad del mal en tiempos de la Revolución Digital; un paradigma del ser social caracterizado por la apatía y el sadismo como instancias de reproducción del poder político perverso. No se precisa de una autoridad moral construida sobre la base del consenso y la sensatez del criterio, sino se requiere de un pragmatismo cínico en el que la fuerza bruta es el lenguaje definitivo. Dicho en otros términos, los pilares de la democracia occidental siendo demolidos por quienes se supone que los erigieron, mientras una multitud enardecida lo celebra desde sus redes sociales como si no implicara un hundimiento progresivo en los lodos de una globalidad cada vez más irreflexiva.
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Nota del editor: Alfredo García Galindo es docente-investigador y autor de diversas publicaciones académicas y de divulgación. Ha impartido conversatorios, ponencias y conferencias, enfocándose en temas socioculturales, de género, filosofía de la tecnología, sostenibilidad, comunicación y análisis crítico de la modernidad y del capitalismo, a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología. Escríbele a tiphon55@hotmail.com
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