Como dijimos arriba, Donald Trump expone en forma muy abierta e indolente la retórica de la impertinencia, la soberbia, el cinismo, la mentira, el llamado al odio y la franca vileza. No obstante, esa pauta no se limita a la verbalización de su discurso aborrecible, pues también irrumpe con actos criminales de gobierno que se suman a la intervención en el país sudamericano; a modo de ejemplos, ejerce un poder desbordado con el que se ha permitido patrocinar el genocidio del Estado de Israel contra el pueblo palestino y con el que ha ordenado la destrucción de lanchas y de más de cien personas en el Mar Caribe sin contar con un fundamento legal claro y sin tener noción plena de que se tratara de embarcaciones tripuladas por narcotraficantes.
En esta nueva esfera de la deliberación pública que es Internet — más allá de que no encontremos defensa posible para la autocracia de Nicolás Maduro —, se presentan las declaraciones de figuras públicas y “líderes de opinión” que buscan justificar sin matices ese proceder de Donald Trump, así como la interacción de millones de internautas a través de reacciones, comentarios y publicaciones que expresan una modalidad mediática y discursiva en la que brilla una despreocupada frivolidad axiológica.
En esas líneas, si por el lado del ejercicio cínico del poder, Trump y su equipo nos dan referencias todos los días, su complemento en la “opinión pública” es la de aquellos que les justifican a través de recursos retóricos que parecen sacados del script de un antagonista imperturbable, pues menudean frases en las que la violencia, la destrucción y la muerte son tratadas como incidentes menores.
Para ese oscuro pragmatismo no existe introspección o argumento ético que sea válido; todo se limita a números sin rostro ni relevancia humana: los miles de víctimas del Estado de Israel, el desgarro de familias por la política migratoria de Trump, los más de 100 muertos en las lanchas del Mar Caribe o las víctimas por los bombardeos que acompañaron el secuestro de Nicolás Maduro. Todos conforman un contingente de seres descartables, de cuerpos destrozados reducidos a simples daños colaterales.
Esta es así una de las nuevas vertientes de la banalidad del mal que se manifiesta en la crueldad vertida en publicaciones, comentarios y videos cortos. Es la ausencia en incontables habitantes comunes de un diálogo interior y de un ejercicio del juicio moral que lleva a que muchas vidas e historias sean prescindibles por su distancia real y simbólica, por habitar en el limbo de una otredad indeseable.
El peligro concreto que Hannah Arendt observaba de que sistemas totalitarios se asentaran en la indiferencia generalizada ante lo execrable, tiene en Trump y sus seguidores su representación en estos tiempos de posverdad. Estamos hablando de una suerte de dictadura planetaria que se descara cada vez más abiertamente ante el beneplácito de una parte muy significativa de la comunidad global pues, trágicamente, no solo es ese espectro poblacional de EU que muestra orgulloso el MAGA en las gorras, sino también incontables ciudadanos de otros países que convalidan semejante barbarie cuando, paradójicamente, a menudo son habitantes de sociedades que el poder imperial desprecia y que sin duda serían tratados como víctimas irrelevantes.