Durante muchas décadas, la empleabilidad de las personas giraba alrededor de su nivel de conocimiento: la carrera elegida, la especialización y la experiencia acumulada. Hoy, con el uso de la Inteligencia Artificial (IA), la información ya no es exclusiva de algunos pocos, pues ya está al alcance de todos.
Trabajar con IA exige algo más que saber usarla
La IA no solo incrementa la eficiencia en la ejecución de tareas, sino que también transforma la forma en que aprendemos y tomamos decisiones. Al ofrecer análisis, textos o argumentos en cuestión de segundos, sustituye dinámicas que anteriormente requerían un mayor esfuerzo. En este contexto, el principal riesgo como profesionistas no es usar IA en nuestros empleos, sino dejar de involucrarnos mentalmente y aceptar respuestas sin cuestionarlas.
Las empresas se están comenzando a dar cuenta de que cada vez es más fácil entregar resultados rápidos, pero más difícil encontrar talento capaz de cuestionarse así mismo. Si la tecnología resuelve el “qué” y el “cómo”, el valor humano se debe mover hacia el criterio, es decir, la capacidad de entender contextos, priorizar y asumir decisiones.
En los procesos de reclutamiento, los especialistas dicen buscar habilidades “soft”, que yo más bien las llamaría “humanas”, como la inteligencia emocional o la comunicación efectiva, pero siguen evaluando con esquemas del pasado. Por otra parte, muchos profesionistas se enfocan en aprender herramientas, sin fortalecer la capacidad de adaptarse, aprender de forma continua y reaccionar ante la incertidumbre. El reto es identificar lo que una persona puede aportar a una empresa, considerando que la tecnología ya hace gran parte del trabajo.
Es así que el valor de los colaboradores de hoy está en su capacidad de cuestionar, colaborar, pensar de forma independiente; de lo contrario, la automatización puede evidenciar aún más sus puntos débiles. Recordemos que la ventaja competitiva no está en usar IA, sino en saber cuándo usarla y cuándo no, combinándola con criterio humano para mejorar resultados sin perder calidad.
Por ello, la experiencia práctica cobra un nuevo valor, los entornos donde se permite experimentar, equivocarse y tomar decisiones reales siguen distinguiéndose por su capacidad de formar criterio. El emprendimiento, los proyectos aplicados y el aprendizaje basado en retos ayudan a desarrollar competencias que ninguna herramienta puede sustituir.
Esto aplica también a la forma en que se mide el desempeño de los colaboradores. Evaluar solo resultados inmediatos deja fuera el proceso mental que los sostiene, por lo que tanto empresas como profesionistas deberían poner atención en la calidad de las decisiones, la capacidad de aprender del error y la consistencia bajo presión.
Las áreas de Recursos Humanos deben pasar de administrar puestos a desarrollar personas; la formación interna, la mentoría y los espacios para aprender ejecutando ya no son beneficios adicionales, son inversiones estratégicas. Si entendemos este cambio, dejaremos de contratar solo para cubrir vacantes y empezaremos a construir equipos preparados para el futuro que no dependan de una sola herramienta o rol para mantenerse vigentes.
En este contexto, las habilidades humanas se convierten en el verdadero diferencial. Son las que determinan si puedes evolucionar con tu puesto, cambiar de sector o asumir nuevas responsabilidades sin empezar desde cero. No se trata de aprender “de todo un poco”, sino de desarrollar competencias alineadas con cómo trabajan hoy las empresas y cómo lo harán en los próximos años.
En este 2026, la diferencia no la marcará quién usa más IA, sino quién conserva su facultad de pensar, decidir y actuar aún cuando no haya respuestas claras. En un mercado laboral cada vez más automatizado, esta seguirá siendo la ventaja más valiosa.
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Nota del editor: Alejandra Martínez es Responsable de Estudios del Mercado Laboral de Computrabajo México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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