La industria farmacéutica en México atraviesa un momento que muchos describen como favorable. Se habla de expansión, de nuevas capacidades productivas y de modernización industrial. Sin embargo, detrás de ese entusiasmo persiste una pregunta incómoda que rara vez se formula con la profundidad necesaria: ¿estamos creciendo como industria o simplemente perfeccionando un modelo que ya mostró sus límites?
Entre expansión y propósito, los retos de la farmacéutica mexicana en 2026
Durante años, el sector ha operado bajo una lógica eficiente pero conservadora: producir, cumplir, entregar. Un esquema funcional, sin duda, pero insuficiente frente a nuestro entorno global que hoy exige algo más que volumen. Mientras otras regiones del mundo han entendido que la industria farmacéutica es un pilar de soberanía, innovación científica y política pública de salud, México sigue midiendo su éxito principalmente en términos operativos. Esa brecha no es menor; es estructural.
La pandemia no solo fue una emergencia sanitaria, fue una revelación. No cabe duda que puso en evidencia nuestra dependencia de insumos, tecnologías y decisiones externas, y mostró con claridad que la salud pública no puede sostenerse sin una industria farmacéutica sólida, estratégica y alineada con los intereses nacionales. Sin embargo, superada la crisis, el sector pareció regresar con rapidez a la inercia conocida: celebrar cada inversión como si fuera transformación, cuando en realidad es apenas continuidad mejorada.
El problema no es la expansión industrial. Al contrario, es necesaria. El problema es confundir crecimiento con cambio de modelo. Es evidente que la industria farmacéutica mexicana no enfrenta una crisis de capacidad productiva, enfrenta una crisis de visión. Produce, sí; cumple estándares, también. Pero aún no termina de asumirse como un actor central en la definición del futuro sanitario del país.
Se pueden observar esfuerzos con una lógica distinta. Por ejemplo, cuando las empresas farmacéuticas anuncian planes de expansión, se muestra que existe margen para elevar la ambición industrial cuando se decide apostar por tecnología, formación técnica y diversificación terapéutica. El reto es que este tipo de decisiones sean parte de una estrategia amplia y compartida.
¡Ahí radica el verdadero desafío del sector farmacéutico mexicano! No en producir más, sino en producir con sentido. Es decidir qué medicamentos deben desarrollarse prioritariamente en el país, qué capacidades científicas deben fortalecerse y qué papel queremos asumir frente a problemas de salud cada vez más complejos: enfermedades crónicas, envejecimiento poblacional, acceso equitativo y sostenibilidad financiera de los sistemas de atención.
Hoy se continúa operando bajo un modelo predominantemente reactivo. Se responde a licitaciones, a calendarios regulatorios, a coyunturas presupuestales. Pero una industria madura no puede limitarse a reaccionar. Debe proponer…proponer investigación aplicada, transferencia tecnológica real, formación científica de alto nivel y esquemas de colaboración auténticos entre empresas, universidades y Estado.
La conversación sobre la industria farmacéutica suele quedarse en la superficie. Se discuten precios, abasto, trámites y tiempos, pero rara vez se aborda el fondo: la necesidad de construir una política industrial farmacéutica de largo plazo, técnica, desideologizada y orientada a resultados. Sin esa base, cualquier avance será frágil y cualquier retroceso, costoso.
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Algunos actores del sector comienzan a entenderlo. Invierten en elevar estándares, en profesionalizar procesos, en formar talento especializado y en buscar certificaciones que les permitan competir más allá del mercado local. No lo hacen desde el discurso, sino desde la operación cotidiana. Pero mientras estos esfuerzos sigan siendo la excepción y no la norma, el impacto seguirá siendo parcial.
México tiene el talento humano, la infraestructura industrial y la experiencia acumulada para convertirse en un referente farmacéutico regional. Lo que aún no termina de construirse es una voluntad estratégica colectiva que articule intereses públicos y privados bajo una visión común. Seguimos celebrando cada expansión como si fuera una meta, cuando en realidad debería ser apenas el punto de partida de una conversación mucho más profunda.
Crecer sin transformar es una forma sofisticada de estancarse. Y la industria farmacéutica mexicana ya no puede darse ese lujo. El verdadero reto no está en cuántos medicamentos producimos, sino en qué país decidimos construir a través de ellos.
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Nota del editor: Alejandro Ortiz Longoria (LinkedIn: @Alejandro Ortiz Longoria) es licenciado en Ciencias Actuariales por el ITAM; posee una maestría en Economía Financiera por la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, y un Executive MBA del programa OneMBA del Tecnológico de Monterrey. Cuenta con más de 14 años de experiencia en la industria farmacéutica y de cuidados de la salud. Actualmente es Director General de Vidar Pharma. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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