Durante años, el sector ha operado bajo una lógica eficiente pero conservadora: producir, cumplir, entregar. Un esquema funcional, sin duda, pero insuficiente frente a nuestro entorno global que hoy exige algo más que volumen. Mientras otras regiones del mundo han entendido que la industria farmacéutica es un pilar de soberanía, innovación científica y política pública de salud, México sigue midiendo su éxito principalmente en términos operativos. Esa brecha no es menor; es estructural.
La pandemia no solo fue una emergencia sanitaria, fue una revelación. No cabe duda que puso en evidencia nuestra dependencia de insumos, tecnologías y decisiones externas, y mostró con claridad que la salud pública no puede sostenerse sin una industria farmacéutica sólida, estratégica y alineada con los intereses nacionales. Sin embargo, superada la crisis, el sector pareció regresar con rapidez a la inercia conocida: celebrar cada inversión como si fuera transformación, cuando en realidad es apenas continuidad mejorada.
El problema no es la expansión industrial. Al contrario, es necesaria. El problema es confundir crecimiento con cambio de modelo. Es evidente que la industria farmacéutica mexicana no enfrenta una crisis de capacidad productiva, enfrenta una crisis de visión. Produce, sí; cumple estándares, también. Pero aún no termina de asumirse como un actor central en la definición del futuro sanitario del país.
Se pueden observar esfuerzos con una lógica distinta. Por ejemplo, cuando las empresas farmacéuticas anuncian planes de expansión, se muestra que existe margen para elevar la ambición industrial cuando se decide apostar por tecnología, formación técnica y diversificación terapéutica. El reto es que este tipo de decisiones sean parte de una estrategia amplia y compartida.