Jüsto —una de las apuestas más visibles del supermercado digital en México— se convirtió en el caso más reciente y mediático, tanto por su colapso como por su posterior anuncio de reactivación con nuevo capital. No es el único ni un fenómeno aislado. En la región, modelos como Jokr, Merqueo y otras startups de quick commerce y retail alimentario han atravesado cierres, reestructuras profundas o relanzamientos bajo nuevas condiciones financieras. Más que ofrecer respuestas cerradas, estos episodios han abierto preguntas sobre el diseño financiero y las expectativas que se construyeron alrededor de la industria.
Reducir la conversación a una sola empresa es perder de vista lo esencial: el sistema que permitió un crecimiento acelerado y, al mismo tiempo, sembró sus propios límites. Escribo desde dentro del foodtech, desde la experiencia de construir y ajustar modelos en una industria compleja. Por eso, más que preguntarme qué empresa falló, me centro en qué tipo de capital elegimos para transformar la alimentación en México.
Durante años, buena parte del foodtech latinoamericano se diseñó bajo una premisa implícita: que la alimentación podía escalar como software. Que bastaba capital, talento y narrativa para acelerar procesos que, en realidad, están profundamente anclados a la materia, al territorio y a las personas.
Uno de los supuestos que este ciclo ha puesto en tensión es simple pero profundo: creer que un modelo intensivo en infraestructura puede crecer al mismo ritmo que una startup digital pura. El foodtech no es solo una app, es inventario, logística, contratos de largo plazo, relaciones con productores, estacionalidad, cultura operativa y costos fijos elevados. Todo eso toma tiempo. Años. A veces décadas.