La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico de los centros de datos podría casi duplicarse antes de 2030, impulsado principalmente por la IA (IEA, 2024). En la Tierra, esto ya genera fricción social, cuellos de botella regulatorios y límites físicos: redes eléctricas saturadas, conflictos por agua y restricciones ambientales.
De hecho, esa industria ya arrancó en papel y en estructura corporativa: la fusión de xAI con SpaceX, presentada como un paso para integrar cohetes, satélites y demanda de IA, se acompaña de la solicitud de SpaceX ante la FCC para desplegar hasta un millón de satélites ‘solares’ concebidos como centros de datos orbitales” (Reuters, 2026a; Reuters, 2026b).De hecho, esa industria ya arrancó en papel y en estructura corporativa: la fusión de xAI con SpaceX —presentada como un paso para integrar cohetes, satélites y demanda de IA— se acompaña de la solicitud de SpaceX ante la FCC para desplegar hasta un millón de satélites ‘solares’ concebidos como centros de datos orbitales” (Reuters, 2026a; Reuters, 2026b).
El espacio ofrece una salida inesperada. En órbita, la energía solar es casi continua, sin noches ni nubes. El enfriamiento, aunque técnicamente complejo, puede realizarse por radiación térmica sin consumir agua. Además, la ausencia de clima, sismos y fronteras políticas reduce riesgos que en la Tierra son cada vez más costosos. El gran obstáculo histórico (el precio de lanzamiento) está cayendo de forma acelerada gracias a la reutilización de cohetes y a economías de escala que hace una década parecían imposibles.
En este contexto surge la idea, ya no marginal, de redes masivas de satélites que no solo transmiten datos, sino que procesan información: centros de datos distribuidos en órbita. No es casualidad que los planes más ambiciosos de infraestructura espacial hoy estén íntimamente ligados a la IA. El cómputo es poder. Y quien controle el cómputo controlará productividad, defensa, ciencia y narrativa geopolítica durante décadas.
La dimensión estratégica es evidente. La historia demuestra que cada revolución tecnológica redefine jerarquías globales. El vapor, la electricidad y el internet no solo transformaron economías: reorganizaron imperios.