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La peor miopía corporativa: automatizar sin escuchar

La inversión en tecnología crece a ritmo exponencial pero la inversión en adaptar personas, culturas organizacionales y sistemas de escucha sigue siendo lo primero que se recorta cuando hay presión por resultados.
vie 20 febrero 2026 06:01 AM
La peor miopía corporativa: automatizar sin escuchar
Si la empresa no monitorea qué información circula sobre ella en medios, redes o bases abiertas, ese vacío lo completa la IA con datos desactualizados, menciones negativas sin contexto o fragmentos incompletos, señala Milagros Oreja. (Foto: iStock)

Cada gran disrupción tecnológica trajo consigo el mismo desafío: no bastaba con adoptarla, había que reorganizar la forma en que las personas se relacionaban con ella y entre sí. La imprenta no transformó el mundo solo porque existiera sino cuando las sociedades aprendieron a leer, y la electricidad no cambió la industria el día que se instaló el primer generador sino cuando las fábricas rediseñaron sus procesos alrededor de esa nueva energía.

Con la Inteligencia Artificial (IA) está pasando exactamente lo contrario: estamos instalando el generador a toda velocidad sin rediseñar nada de lo que ocurre alrededor. El gasto global en IA alcanzará los 2.52 billones de dólares en 2026 (Gartner, enero 2026) y solo las cuatro grandes tecnológicas —Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft— planean invertir unos 650,000 millones de dólares combinados este año en infraestructura de inteligencia artificial (Bloomberg, 6 de febrero 2026).

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Mientras tanto, 4 de cada 10 CEO reconocen que su empresa no será viable en 10 años si sigue operando como hasta ahora (PwC Global CEO Survey, enero 2025). La inversión en tecnología crece a ritmo exponencial pero la inversión en adaptar personas, culturas organizacionales y sistemas de escucha sigue siendo lo primero que se recorta cuando hay presión por resultados.

El problema no es de presupuesto sino de cultura, y se ve todos los días: una empresa lanza un producto que nadie pidió porque la decisión se tomó con datos internos pero sin preguntarle al mercado qué necesitaba, otra publica un comunicado que agrava una crisis porque nadie midió la emoción dominante antes de redactarlo.

En esos casos la información existía; lo que faltaba era el hábito institucional de buscarla, interpretarla y actuar con ella a tiempo. Ese déficit no solo afecta decisiones internas: hoy impacta directamente en cómo una organización es descrita afuera. ChatGPT supera los 800 millones de usuarios activos semanales según Reuters y Axios, y millones de decisiones de compra, inversión y confianza comienzan con una consulta a un modelo que sintetiza lo que encuentra y lo presenta como versión coherente de la realidad.

Si la empresa no monitorea qué información circula sobre ella en medios, redes o bases abiertas, ese vacío lo completa la IA con datos desactualizados, menciones negativas sin contexto o fragmentos incompletos. No se trata de un error técnico sino de ausencia de lectura estratégica: nadie revisó cómo está siendo narrada antes de que un algoritmo la consolide como versión establecida.

A eso se suma que el 73% de los usuarios espera respuesta de una marca en menos de 24 horas en redes sociales, según The 2025 Sprout Social Index. Cuando esa respuesta no llega, la conversación no se detiene; se reconfigura sin la marca. La falta de escucha interna termina convertida en reputación externa que se construye sola.

El contexto emocional complica todo: apenas el 32% de las personas cree que la próxima generación vivirá mejor que la actual (Edelman Trust Barometer 2026), lo que genera un estado de vigilancia colectiva donde cualquier distancia entre lo que una organización promete y lo que cumple se nota antes y se castiga más rápido.

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Esa distancia es lo que cuesta dinero, reputación y relevancia, pero no se cierra comprando más tecnología sino escuchando al mismo ritmo en que se automatiza. La mayoría de las empresas sigue operando con diagnósticos semestrales y planes anuales de comunicación en un entorno donde un ciclo de conversación digital puede agotarse en menos de cinco días (Yu, 2025, MDPI).

La IA no lee matices emocionales ni detecta tensiones que todavía no tienen nombre sin que alguien le dé ese insumo, y automatizar sin escuchar es ponerle un motor cada vez más potente a un vehículo al que nadie le preguntó hacia dónde va. La máquina funciona bien, pero la dirección depende de personas que sepan leer contexto y de organizaciones que les den método y urgencia para hacerlo.

Toda disrupción tecnológica necesita su proceso de adaptación humana: la imprenta necesitó alfabetización, internet necesitó educación digital, y la inteligencia artificial necesita algo que casi nadie está financiando con seriedad, que es la capacidad de escuchar a la velocidad a la que cambia el mundo.

Las organizaciones que no lo entiendan van a seguir invirtiendo millones en amplificar mensajes que nadie necesitaba escuchar, porque lo que viene no va a premiar a quien tenga la mejor tecnología sino a quien entienda primero qué hacer con ella.

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Nota del editor: Milagros Oreja es Directora de Polister. Comunicadora e investigadora social. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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