Mientras tanto, 4 de cada 10 CEO reconocen que su empresa no será viable en 10 años si sigue operando como hasta ahora (PwC Global CEO Survey, enero 2025). La inversión en tecnología crece a ritmo exponencial pero la inversión en adaptar personas, culturas organizacionales y sistemas de escucha sigue siendo lo primero que se recorta cuando hay presión por resultados.
El problema no es de presupuesto sino de cultura, y se ve todos los días: una empresa lanza un producto que nadie pidió porque la decisión se tomó con datos internos pero sin preguntarle al mercado qué necesitaba, otra publica un comunicado que agrava una crisis porque nadie midió la emoción dominante antes de redactarlo.
En esos casos la información existía; lo que faltaba era el hábito institucional de buscarla, interpretarla y actuar con ella a tiempo. Ese déficit no solo afecta decisiones internas: hoy impacta directamente en cómo una organización es descrita afuera. ChatGPT supera los 800 millones de usuarios activos semanales según Reuters y Axios, y millones de decisiones de compra, inversión y confianza comienzan con una consulta a un modelo que sintetiza lo que encuentra y lo presenta como versión coherente de la realidad.
Si la empresa no monitorea qué información circula sobre ella en medios, redes o bases abiertas, ese vacío lo completa la IA con datos desactualizados, menciones negativas sin contexto o fragmentos incompletos. No se trata de un error técnico sino de ausencia de lectura estratégica: nadie revisó cómo está siendo narrada antes de que un algoritmo la consolide como versión establecida.
A eso se suma que el 73% de los usuarios espera respuesta de una marca en menos de 24 horas en redes sociales, según The 2025 Sprout Social Index. Cuando esa respuesta no llega, la conversación no se detiene; se reconfigura sin la marca. La falta de escucha interna termina convertida en reputación externa que se construye sola.
El contexto emocional complica todo: apenas el 32% de las personas cree que la próxima generación vivirá mejor que la actual (Edelman Trust Barometer 2026), lo que genera un estado de vigilancia colectiva donde cualquier distancia entre lo que una organización promete y lo que cumple se nota antes y se castiga más rápido.