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La confianza, la infraestructura invisible de la economía digital

La protección de datos personales ya no puede entenderse únicamente como un tema jurídico o de cumplimiento normativo. Es, cada vez más, una decisión estratégica de negocio y política de Estado.
mar 27 enero 2026 06:02 AM
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Los datos personales son el insumo que hace posible gran parte de la economía digital. Sin ellos, no hay servicios financieros ágiles, telecomunicaciones inteligentes, plataformas interoperables ni experiencias personalizadas, señala Matías Carrocera. (Urupong/Getty Images/iStockphoto)

En la carrera por digitalizar procesos, servicios y relaciones, los datos personales se han convertido en uno de los activos más valiosos de la economía. Sin embargo, su verdadero valor no está solo en su explotación tecnológica, sino en la confianza con la que son gestionados. Cuando esa confianza se rompe, el costo no es técnico: es reputacional, económico y social.

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La transformación digital ha sido presentada durante años como una promesa de eficiencia, escalabilidad y crecimiento. Automatizar trámites, digitalizar servicios y personalizar experiencias se ha vuelto parte del lenguaje cotidiano de empresas y gobiernos. Pero en ese camino, hay un elemento que rara vez aparece en los planes estratégicos con la misma jerarquía que la tecnología: la confianza.

Hoy, los datos personales son el insumo que hace posible gran parte de la economía digital. Sin ellos, no hay servicios financieros ágiles, telecomunicaciones inteligentes, plataformas interoperables ni experiencias personalizadas. Sin embargo, cuando la gestión de esos datos falla, no solo se compromete un sistema: se compromete la relación con las personas.

En este contexto, la protección de datos personales ya no puede entenderse únicamente como un tema jurídico o de cumplimiento normativo. Es, cada vez más, una decisión estratégica de negocio y política de Estado.

Las organizaciones invierten de manera constante en infraestructura tecnológica, automatización y ciberseguridad. Sin embargo, con frecuencia subestiman el impacto económico de perder la confianza de usuarios, clientes o ciudadanos. Un incidente de datos no solo implica sanciones o costos legales; implica pérdida de adopción, cancelaciones de servicios, deterioro de reputación y una conversación pública difícil de revertir.

La confianza funciona como una infraestructura invisible: no se ve cuando todo marcha bien, pero su ausencia puede paralizar sistemas completos. Cuando las personas dudan sobre qué se hace con su información, cómo se protege o quién puede acceder a ella, la innovación deja de percibirse como progreso y comienza a leerse como riesgo.

Por eso, las organizaciones que entienden la protección de datos como parte central de su propuesta de valor suelen tener una ventaja competitiva real. No solo cumplen con la ley; construyen relaciones más sólidas, sostenibles y resilientes con sus audiencias.

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En México, este debate ocurre además en un momento clave. En 2025 entró en vigor un nuevo marco legal en materia de protección de datos personales que actualiza obligaciones, redefine responsabilidades y busca responder a una realidad digital muy distinta a la de hace una década. El cambio normativo reconoce, al menos en el papel, que los datos personales, y especialmente los datos sensibles, requieren un tratamiento más riguroso y una supervisión más clara.

Sin embargo, la existencia de una nueva ley no garantiza por sí misma confianza. La confianza no se decreta: se construye con decisiones operativas, gobernanza clara y comunicación transparente. Y ahí es donde muchas iniciativas digitales enfrentan su mayor reto.

México, como otros países, avanza rápidamente hacia esquemas de identidad digital y registros centralizados. Estas iniciativas suelen justificarse por razones legítimas: eficiencia administrativa, inclusión, seguridad o acceso a servicios. El problema no es la tecnología en sí, sino que la velocidad del despliegue no siempre viene acompañada de una conversación pública clara sobre límites, controles y responsabilidades.

El debate en torno a la incorporación de datos biométricos en sistemas de identificación ha puesto este dilema en evidencia. Más allá de posturas a favor o en contra, lo relevante es que buena parte de la discusión se ha dado de manera fragmentada, con vacíos de información y con una percepción creciente de opacidad. Cuando las personas no entienden para qué se recolectan sus datos, cuánto tiempo se conservarán o qué mecanismos existen para protegerlos, la desconfianza se vuelve inevitable.

A esto se suma la experiencia reciente del registro obligatorio de líneas móviles. Antes incluso de que se consoliden esquemas más amplios de identidad digital, este proceso ya evidenció fallas técnicas, confusión operativa y preocupaciones legítimas sobre la seguridad de la información, así como la aparición de narrativas y ofertas informales que aseguran contar con chips previamente validados con datos personales sensibles. El caso es ilustrativo: iniciativas con objetivos legítimos pueden erosionar rápidamente la confianza si no se diseñan con estándares claros, controles de calidad robustos, una estrategia de ciberseguridad sólida y una comunicación rigurosa desde el inicio.

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Durante años, la responsabilidad de la privacidad se ha colocado casi por completo en el usuario: aceptar términos, leer avisos extensos, otorgar consentimientos. Esta lógica hoy muestra claros signos de agotamiento. La llamada “fatiga del consentimiento” es real y tiene consecuencias prácticas: las personas aceptan sin comprender, y las organizaciones asumen que eso equivale a confianza.

La confianza no se firma en un aviso de privacidad ni se resuelve con un clic. Se construye con decisiones estructurales, con procesos claros y con una ética de diseño que ponga a las personas en el centro. En un entorno donde los datos son cada vez más sensibles y valiosos, la carga de la responsabilidad debe recaer en quienes los recolectan y administran, no en quienes simplemente necesitan acceder a un servicio.

Aquí es donde la comunicación deja de ser reactiva y se vuelve estratégica. No basta con tener políticas internas robustas si no se saben explicar. No basta con cumplir la norma si no se comunica con claridad qué se está haciendo, por qué y con qué límites.

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Nota del editor: Matías Carrocera es experto en liderazgo, capital humano y visión empresarial, con una trayectoria destacada en el desarrollo de estrategias innovadoras. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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