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Guerra en Irán. Romper con el statu quo regional

Esta guerra busca destrabar la lucha constante entre los cuatro poderes regionales que aspiran a consolidarse como potencias medias: Arabia Saudita, Irán, Israel y Turquía.
mié 11 marzo 2026 06:05 AM
Esta combinación de capturas de vídeo tomadas de imágenes de UGC publicadas en las redes sociales el 28 de febrero de 2026, y verificadas por los equipos de AFPTV en París, muestra una explosión replantada en Teherán. Estados Unidos ha comenzado a llevar a cabo ataques contra Irán, informaron los medios estadounidenses el 28 de febrero, después de que Israel dijera que había atacado a su adversario regional de larga data.
Se escucharon dos fuertes detonaciones en Teherán, poco después de que dos columnas de humo comenzaran a elevarse en zonas del centro y del este de la capital iraní. (FOTO: AFP)

Una ventana de oportunidad se abre en la geopolítica global con la próxima visita de Trump a China a finales de marzo. Una cita que hasta el momento promete no descarrilarse debido a la guerra regional en Medio Oriente, sino por el contrario, adquiere una relevancia mayúscula debido a la escalada de tensiones que alteran los equilibrios políticos, económicos y energéticos del sistema global. Un momento que recuerda la histórica visita de Nixon a Beijing en 1972 por su potencial impacto.

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El encuentro entre Trump y Xi Jinping será la pinza para controlar esta guerra y meter contención a un conflicto que amenaza con prolongarse. Sin embargo, el desenclace no depedenderá únicamente de Washington y Beijing, sino de una docena de países que ya están implicados militarmente en la guerra regional, aquella que materializó Estados Unidos e Israel y que estuvo alimentada por el momento de extrema debilidad y vulnerabilidad geopolítica por el que atravesaba el régimen iraní.

Redibujar el mapa estratégico de Medio Oriente en términos favorables a los intereses de Estados Unidos e Israel supone avanzar en una serie de objetivos geopolíticos interconectados: reforzar la alianza sunita, degradar la influencia del bloque chiita liderada por Irán, desmilitarizar a Hamás en Gaza y ampliar los Acuerdos de Abraham en un marco de cooperación política, económica y de seguridad con Israel. Paralelamente, busca debilitar el eje Rusia-China-Irán, (este último incorporado recientemente al bloque de los BRICS) y frenar un alineamiento más profundo de Moscú y Beijing en la región.

Precisamente, la guerra tiene como trasfondo romper con el statu quo y reorganizar el poder regional para dar paso a un nuevo equilibrio en el que Israel emerja como el actor dominante, respaldado por las monarquías sunitas y la expansión de los Acuerdos de Abraham. En esencia, esta guerra busca destrabar la lucha constante entre los cuatro poderes regionales que aspiran a consolidarse como potencias medias: Arabia Saudita, Irán, Israel y Turquía. Todos rivalizan y compiten por el ascenso regional, la construcción de alianzas y la imposición de reglas, pero ninguno es hegemónico, ni cuenta por sí solo, con la capacidad para imponer plenamente su voluntad, al carecer de todos los pilares constitutivos del poder: nuclear, militar, científico-tecnológico, económico, diplomático y político.

Por ejemplo, Israel destaca por su supremacía militar, nuclear y tecnológica pero carece del reconocimiento diplomático de la mayoría de los países de la Liga Árabe. Sólo tiene firmados tratados de paz con Egipto y Jordania, además de la normalización de las relaciones con Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Bahréin (2020), estos últimos quienes rompieron con décadas de la política árabe de condicionar el reconocimiento de Israel al progreso del conflicto palestino.

Por su parte, la compleja arquitectura política y social de Irán (tejida por identidades nacionales, subnacionales, étnicas y confensionales) hace improbable que los ataques áereos de Estados Unidos e Israel puedan provocar el colapso del régimen teocrático o moldearlo según sus intereses estratégicos. Puede haber guerra regional en Medio Oriente pero eso no significa que haya transformación política dentro de la República Islámica, ni que se desradicalice el estado profundo de Irán.

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Como el mundo pudo constatar, la muerte del Ayatolá Ali Jamenei no significó la decapitación del sistema. Por el contrario, la sucesión de su hijo como nuevo líder político, religioso y espiritual, -respaldado por la Guardia Revolucionaria-, apunta hacia una línea más dura y confrontativa. La estructura del poder en Irán está diseñada para sobrevivir políticamente, y resistir. Las bombas pueden matar a líderes, pero no matan ideología, identidad y el deseo de autodeterminación.

De esta manera, la reunión entre Trump y Xi Jinping en China buscará redibujar las zonas de influencia y evitar que esta guerra se convierta en un nuevo punto de fractura estructural entre las grandes potencias. Dentro del juego de la guerra todavía hay espacio antes de cruzar el umbral de la catástrofe total.

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Nota del editor: Rina Mussali es analista internacional y miembro del Comexi. Síguela en X como @RinaMussali . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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