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Desinformación y poder, la construcción de una verdad de guerra

La llamada posverdad no solo implica una cascada de desinformación que hace pasar por auténtico lo ficticio sino también implica volver falso lo verdadero.
mar 17 marzo 2026 06:01 AM
Desinformación y poder, la construcción de una verdad de guerra
Asistimos a la fabricación de una verdad de guerra, es decir, de una realidad artificial desde el poder que en tiempos de IAs y algoritmos tiene un cometido de control instituido sobre la confusión, el miedo y el descaro como artilugios bélicos fundamentales en estas llamadas “operaciones de influencia”, apunta Alfredo García Galindo. (wildpixel/Getty Images/iStockphoto)

Las escenas de una escuela en Irán destruida por misiles llegaban mostrando el tamaño del horror; con el paso de los días, se hablaría, según fuentes locales, de que el número de víctimas superó las 160 personas, sin contar a los numerosos heridos.

Ante esta tragedia a la que debería corresponder un luto global después de la condena, Donald Trump declaró inicialmente que el ataque fue responsabilidad de las fuerzas iraníes, asegurando que las afirmaciones de que los misiles eran de Estados Unidos eran información “Fake”. Sin embargo, conforme fluyó más información que apuntaba al posible origen estadounidense de esos proyectiles, Trump se limitó a decir que estaba pendiente de la investigación y que asumiría la conclusión a la que se llegara.

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Ese inicial intento de Trump de dirigir la narrativa de los acontecimientos hacia la total responsabilidad de Irán del conflicto y de sus consecuencias, se sumó a la avalancha de videos, imágenes, notas y publicaciones falsas que terminan por dificultar el seguimiento de los hechos concretos, los cuales penden de por sí del acento informativo del medio que los trate y de la destreza que tenga un internauta o un televidente para discriminar la información sesgada, fuera de contexto o alineada a alguna agenda ideológica o política particular.

Se observa así que esta especie de virtualización del mundo se construye con otra modalidad de la distorsión de lo real; la llamada posverdad no solo implica una cascada de desinformación que hace pasar por auténtico lo ficticio sino también implica volver falso lo verdadero, fragmentar lo fáctico en direcciones tan atomizadas que terminan por generar un imaginario en el que la incertidumbre se intercala con un sesgo de confirmación instaurado con lo que un observador decide tomar como cierto.

En ello el algoritmo tiene su papel, pues permite el despliegue de una especie de realidad a la carta que tiene como efecto colateral una polarización de posturas que dificulta la comprensión del otro y su contexto impulsando la expresión cada vez más abierta de lecturas excluyentes, discriminatorias y contrarias a la dignidad humana que apuntalan así el eventual respaldo de los habitantes a su gobierno cuando se trata de hacer frente a peligros, aunque sean imaginarios.

Esto se vuelve aún más grave cuando esa afirmación de lo inicuo es utilizada para afianzar intereses políticos como ocurre justamente con líderes como el propio Trump, quien de por sí encabeza el gobierno de un país para el que el forzamiento geopolítico y la intervención militar son elementos constitutivos de su posición hegemónica; esta depende de un respaldo interno que no puede evadir, es decir, la legitimidad del gobierno de Estados Unidos se fundamenta en la popularidad de su gestión entre el público de ese país que se canaliza por los vericuetos múltiples de los mass media.

El efecto concreto de este imaginario social es que Trump tiene la convicción de que el despliegue del poder militar le permitirá ganar el trecho que ha perdido su popularidad y por ello se arroja a una escalada para la que es fundamental construir su correspondiente narrativa legitimadora, aun cuando esta sea burda y en gran medida sostenida en la grandilocuencia y en un cinismo que a menudo es bastante siniestro, pues recurre al muy usado modelo de hacer pasar las incursiones militares de Estados Unidos como misiones salvíficas de la libertad, la democracia y la justicia, como si no existiera evidencia de que siempre ha habido intereses de otros órdenes en esos despliegues de violencia sublimada.

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De lo anterior dan cuenta las declaraciones de Brad Sherman, integrante del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, quien en una audiencia el 5 de marzo expresó que “mientras luchamos contra Irán y perdemos a hombres y mujeres valientes, debemos reflexionar que la fuerza más poderosa que tenemos en Estados Unidos no son nuestros portaaviones, sino la verdad”, es decir, se habla como si no fuera real que el propio gobierno de Estados Unidos ha sido inconsistente en diversas ocasiones al dar posicionamientos relevantes, como ocurrió al segundo día de la confrontación con la declaración del Secretario de Estado, Marco Rubio, en el sentido de que Israel había instigado el ataque a Irán; ello llevó a que la prensa reaccionara de tal modo que ese funcionario tuvo que salir a decir que sus palabras habían sido malinterpretadas.

Lo peculiar de esa declaración es que muestra al gobierno de Trump y su estrategia como una víctima de la desinformación como si fuera Estados Unidos el país bajo ataque y como si no fuera claro que la justificación fundamental de la embestida es la supuesta intención de Irán de desarrollar armas nucleares, cosa que no ha sido demostrada fehacientemente. En esa línea también se ajusta la falta de certeza sobre los autores de la destrucción de tres aviones de las fuerzas americanas, al grado de que circuló la sorprendente alocución de que habían sido alcanzados por “fuego amigo”, dando fuerza a la explicación de que la destrucción de la escuela en Irán fue debido a la incompetencia de los atacantes refutando así la supuesta precisión absoluta de sus bombardeos.

Tal nivel de incompetencia implicaría “una grave violación del derecho internacional humanitario” como declaró Erika Guevara-Rosas, funcionaria de Amnistía Internacional, pero si entendemos que en la cúspide del gobierno de Estados Unidos se encuentra alguien con el perfil actitudinal de Donald Trump, poca esperanza puede haber de que haya una sanción correspondiente a las dimensiones del daño, ni de que los propios mandatarios de ese país y de Israel asuman como suya la responsabilidad inicial de esta tragedia y toda la catástrofe, como muestra que en cada aparición pública presumen una indolencia, una parsimonia y hasta un júbilo a prueba de cualquier cargo de conciencia.

Si un velo de fuerte superficialidad ha difuminado la cobertura de algo tan atroz como la devastación del pueblo palestino, no es de extrañar que también en esta guerra transcurra una deliberada intención de hacer pasar las misiones sobre Irán como ataques dirigidos en específico hacia objetivos militares, mientras que se procure minimizar lo que ese país musulmán haya podido afectar a las fuerzas de Israel y Estados Unidos. Esto apunta a fortificar la noción de que no hay consecuencias graves que lamentar y que la guerra se está ganando en forma categórica, aunque también por su lado, han circulado videos e imágenes generados con IA que parecen expresar que la respuesta militar de Irán está siendo muy efectiva, pues muestra escenarios de gran destrucción en Tel Aviv; esto se suma a la viralización de rumores como el de que el primer ministro Benjamin Netanyahu y otros personajes notables habrían sido víctimas de la contraofensiva iraní.

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Esta oleada de confusión y anodinia abreva también de la tendencia hacia la inmediatez y corta caducidad de lo noticioso; la banalidad y el caos de la certeza en estos hechos hace que se pierda del radar crítico que, en su primer mandato, Trump rompió el acuerdo que Barack Obama había firmado con Irán en 2015 para que este país no desarrollara armas nucleares o, también, que se arroje al cajón de la irrelevancia que Benjamin Netanyahu haya estado presionando por años a Estados Unidos para que llevara a cabo el ataque que finalmente ejecutó.

Podríamos decir, en cierta sintonía con Zygmunt Bauman, que estamos frente a una suerte de liquidez de la memoria por la cual se desactiva el potencial explicativo de la conciencia histórica; pareciera que los acontecimientos más relevantes de la experiencia humana y, en este caso específico de la geopolítica global, fueran episodios inconexos o anécdotas ajenas a la cadena de su explicación en el tiempo; aunque en cualquier caso, al final del día, para alguien como Donald Trump, siempre está a la mano la herramienta de la procacidad si es que falla la reparación de daños en la narrativa, como demuestra con explicaciones en las que la destrucción es reducida a algo irrelevante; con el uso de expresiones festivas o de regocijo cuando se refiere a circunstancias de esta conflagración que implican la muerte y el sufrimiento más atroz.

Se trata, en suma, de cómo el poder también se manifiesta a través de un régimen discursivo comunicado en notas, entrevistas y reels, que no exige mostrarse con una coherencia éticamente defendible, más aún si su despliegue que, en el caso de esta guerra, ocurre ante el beneplácito de unos —como los gobiernos de Argentina y Polonia—, el silencio cómplice de otros —como algunos integrantes de la Unión Europea—, o el doble rasero de otros más —como la exigencia del Consejo de Seguridad de la ONU a Irán para que cese sus ataques a otros países, sin condenar las acciones militares de Israel y Estados Unidos—. Podemos hablar entonces que asistimos a la fabricación de una verdad de guerra, es decir, de una realidad artificial desde el poder que en tiempos de IAs y algoritmos tiene un cometido de control instituido sobre la confusión, el miedo y el descaro como artilugios bélicos fundamentales en estas llamadas “operaciones de influencia”.

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Nota del editor: Alfredo García Galindo es docente-investigador del Tecnológico de Monterrey, especializado en el análisis crítico de la modernidad y de los modos de producción, desde una perspectiva transversal entre la economía, la historia, la sociología y la filosofía. Es colaborador del Observatorio de Medios Digitales de la misma institución. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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