Esta oleada de confusión y anodinia abreva también de la tendencia hacia la inmediatez y corta caducidad de lo noticioso; la banalidad y el caos de la certeza en estos hechos hace que se pierda del radar crítico que, en su primer mandato, Trump rompió el acuerdo que Barack Obama había firmado con Irán en 2015 para que este país no desarrollara armas nucleares o, también, que se arroje al cajón de la irrelevancia que Benjamin Netanyahu haya estado presionando por años a Estados Unidos para que llevara a cabo el ataque que finalmente ejecutó.
Podríamos decir, en cierta sintonía con Zygmunt Bauman, que estamos frente a una suerte de liquidez de la memoria por la cual se desactiva el potencial explicativo de la conciencia histórica; pareciera que los acontecimientos más relevantes de la experiencia humana y, en este caso específico de la geopolítica global, fueran episodios inconexos o anécdotas ajenas a la cadena de su explicación en el tiempo; aunque en cualquier caso, al final del día, para alguien como Donald Trump, siempre está a la mano la herramienta de la procacidad si es que falla la reparación de daños en la narrativa, como demuestra con explicaciones en las que la destrucción es reducida a algo irrelevante; con el uso de expresiones festivas o de regocijo cuando se refiere a circunstancias de esta conflagración que implican la muerte y el sufrimiento más atroz.
Se trata, en suma, de cómo el poder también se manifiesta a través de un régimen discursivo comunicado en notas, entrevistas y reels, que no exige mostrarse con una coherencia éticamente defendible, más aún si su despliegue que, en el caso de esta guerra, ocurre ante el beneplácito de unos —como los gobiernos de Argentina y Polonia—, el silencio cómplice de otros —como algunos integrantes de la Unión Europea—, o el doble rasero de otros más —como la exigencia del Consejo de Seguridad de la ONU a Irán para que cese sus ataques a otros países, sin condenar las acciones militares de Israel y Estados Unidos—. Podemos hablar entonces que asistimos a la fabricación de una verdad de guerra, es decir, de una realidad artificial desde el poder que en tiempos de IAs y algoritmos tiene un cometido de control instituido sobre la confusión, el miedo y el descaro como artilugios bélicos fundamentales en estas llamadas “operaciones de influencia”.
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Nota del editor: Alfredo García Galindo es docente-investigador del Tecnológico de Monterrey, especializado en el análisis crítico de la modernidad y de los modos de producción, desde una perspectiva transversal entre la economía, la historia, la sociología y la filosofía. Es colaborador del Observatorio de Medios Digitales de la misma institución. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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