Ese contexto importa para entender lo que viene en 2026. A partir de ese año, no es acreditable el IVA de bienes/servicios destinados a cumplir el contrato de seguro cuando la indemnización es resarcimiento de daños o reposición a través de terceros. En términos prácticos, parte de ese 16% deja de ser un impuesto recuperable y se convierte en costo técnico del siniestro.
Lo que se traduce en primas más caras, deducibles más altos o coberturas más delgadas para quienes hoy tienen un seguro.
La pregunta que vale hacerse no es si 25,000 millones son mucho o poco. La pregunta es: ¿cuánto cuesta el otro lado?
Un mercado que ya llegaba apretado
La penetración de seguros en México ronda el 2.5% del PIB según cifras de la OCDE de 2025, contra un promedio regional que supera el 3.5% en países comparables como Chile (4.7%) o Colombia (3.1%). En gastos médicos mayores, la cobertura privada alcanza aproximadamente al 15% de la población. En autos, cerca del 30% de los vehículos circula sin seguro, según estimaciones de la AMIS.
Sobre ese mercado llega un cambio que encarece el producto justamente en los ramos donde el siniestro es más intensivo en servicios de terceros: reparación de autos en talleres, atención en hospitales y con especialistas médicos. El mecanismo es indirecto, pero el efecto sobre la prima es predecible. Cuando el costo esperado del siniestro sube, el precio del seguro sube con él.
Lo que pasa cuando el pool se adelgaza
Hay un efecto que los modelos de recaudación rara vez capturan porque no ocurre de inmediato. Cuando el precio de un seguro sube, los primeros en salir son quienes tienen menor siniestralidad esperada: personas jóvenes, conductores con buen historial, familias que compran GMM principalmente como precaución. Los que se quedan, en promedio, usan más el seguro. Eso deteriora el pool de riesgo, al tiempo que presiona la siniestralidad y obliga a nuevos ajustes de precio. El ciclo se alimenta solo.