Después de 40 días de guerra, los objetivos que guiaron la operación Furia Épica en contra de Irán no han sido alcanzados: cambiar el régimen político, eliminar su programa nuclear, suprimir su programa de misiles balísticos y frenar la exportación de la revolución chiita y su red de proxies. Por el contrario, Irán, derrotado en el plano físico y material acreditó una victoria estratégica al haber consolidado un nuevo pilar del poder que incluso, le da mayor ventaja que la misma capacidad de producir uranio altamente enriquecido: el bloqueo del Estrecho de Ormuz.
Esta arteria energética mundial, aunque sujeta al régimen del libre tránsito del Derecho Internacional, sólo sería navegable bajo la coordinación de las fuerzas armadas iraníes, en ejercicio de su soberanía y cobrando peajes, -de hasta dos millones de dólares por embarcación-, y sin la necesidad de realizar pagos en dólares, la invectiva geopolítica de la Guardia Revolucionaria. Como ocurre en toda guerra, se desencadena una cascada de efectos impredecibles y ahora la coyuntura le da una oportunidad histórica a Irán, Rusia y China para erosionar la hegemonía del dólar, catalizar el petroyuan y reforzar la emergencia de un orden internacional multipolar.
En este escenario, las negociaciones en Pakistán se tornaron insalvables. La incorporación de nuevos puntos en la agenda y condicionantes estratégicos no previstos derivaron en un estancamiento que llevó a JD Vance, el vicepresidente de Estados Unidos regresar con las manos vacías a Washington. La baza iraní era sobrevivir, resistir y evitar la derrota trasladando el conflicto militar al plano económico-sistémico, y acreditar los derivados de la guerra, a propósito de infringir costos desproporcionados para todos -particulamente a Estados Unidos- en un momento en que Washington, la primera potencia del mundo, no muestra voluntad política para sostener una guerra prolongada, especialmente en un contexto electoral adverso en el que se prevé la pérdida de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes.
Con un Irán reforzado en la dimensión estratégica, el nuevo mapa de Medio Oriente no necesariamente se redibuja a favor de los intereses de Estados Unidos. Por ejemplo, la alianza de Washington con los países del Golfo Pérsico se fisura y Arabia Saudita mira el cese al fuego como una salida apresurada, comprobando que no puede depender del paraguas de seguridad de Washington. Para los países del Consejo de Cooperación del Golfo, esta guerra constituye su “9/11”geopolítico: un shock estratégico que los obliga a asumir que su seguridad no puede seguir dependiendo de Washington. Como ocurrió con la Unión Europea, tras la guerra en Ucrania, el resultado será una remilitarización, diversificación de alianzas y la construcción de una autonomía estratégica, empezando con alternativas energéticas al Estrecho de Ormuz.