Durante mucho tiempo pensé que sentirme constantemente alerta, revisar pendientes incluso antes de dormir o despertar con la sensación de “ya ir tarde” era parte del compromiso profesional. Que vivir con esa presión interna era el precio de hacer bien las cosas. Nadie nos enseña que no es normal vivir con el pecho apretado mientras todo afuera parece estar en orden.
Hoy sé que no es un caso aislado.
Datos del Inegi revelan que más del 49% de los mexicanos ha experimentado síntomas de ansiedad, una cifra que refleja la magnitud del problema en nuestra vida cotidiana. Además, cerca del 20% de la población adulta presenta síntomas severos de ansiedad y más de 30% los presenta de forma leve o moderada, lo que confirma que no se trata solo de estrés pasajero, sino de una condición que impacta profundamente la salud y la calidad de vida.
Pero hay algo más preocupante: muchos de esos casos están en oficinas, en salas de juntas, en chats de trabajo. Personas que siguen funcionando… mientras se desgastan por dentro.
La ansiedad funcional es especialmente peligrosa porque se disfraza de productividad.
Se aplaude. Se premia. Se normaliza.
Es esa persona que nunca desconecta. La que siempre está disponible. La que “puede con todo”… hasta que ya no puede.
En entornos corporativos, donde el rendimiento se mide en resultados y no en bienestar, esta forma de ansiedad se vuelve invisible. Incluso deseable. Porque mientras alguien cumpla, nadie pregunta cómo está.
Y sin embargo, el cuerpo… pasa factura.