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El nuevo orden asimétrico: orígenes de la financiarización

Los cimientos del sistema financiero internacional vigente nacen indisociablemente de la arquitectura de seguridad de Medio Oriente.
Una ilustración fotográfica tomada en Nicosia el 4 de mayo de 2026, muestra a una persona frente a una gran pantalla que muestra los movimientos de los buques en el Estrecho de Ormuz en un sitio web de seguimiento de buques.
A partir del apoyo de Estados Unidos a Israel los países árabes imponen un embargo petrolero que significaría la crisis energética más importante de la historia moderna hasta antes de la crisis en el Estrecho de Ormuz, apunta Baltasar Montes. (FOTO: AFP)

Corre el año de 1973. Egipto y Siria lanzan ataques conjuntos con la finalidad de tomar por sorpresa a Israel en el día más importante para el mundo judío: el Yom Kippur. Se trata de una represalia en contra de Israel: siete años antes les habían sido arrebatados la Franja de Gaza y la península de Sinaí a Egipto; Jerusalén Este y Cisjordania a Jordania; y los Altos del Golán a Siria. Egipto y Siria, luego de sufrir una humillante derrota, allá en 1967, no se habían dado por vencidos; esperarían el momento adecuado para poder recuperar sus territorios lo que, a su juicio, sucedía un 6 de octubre de 1973, con un ataque sorpresivo en la celebración hebrea más importante.

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El involucramiento de Estados Unidos en el conflicto se da por la participación de la Unión Soviética en este. De no haber sido por esto, el actuar de Washington hubiera sido seguramente similar al de sus socios europeos que optaron por la negación de asistencia a Israel por temor a represalias de los países árabes, miedo que no estaba del todo carente de fundamento. A partir del apoyo de Estados Unidos a Israel los países árabes imponen un embargo petrolero que significaría la crisis energética más importante de la historia moderna hasta antes de la crisis en el Estrecho de Ormuz.

Para 1974, luego del embargo, los precios del crudo se habían cuatriplicado. Lo más relevante de dicho suceso son dos elementos: la reconfiguración de la arquitectura de seguridad de Medio Oriente -derivada de la intervención estadounidense-, y su parecido con el presente, en el que enfrentamos la disrupción energética más grave desde entonces.

Fin de la convertibilidad del dólar al oro y la financiarización

Podríamos dividir el sistema financiero de la posguerra en cuatro periodos: el primero, de 1945 a 1960, caracterizado por la reconstrucción de la posguerra; el segundo, que termina a finales de los años 70 y definido por el desafío de los países del Sur global, el fin de la convertibilidad del dólar al oro y el inicio de un periodo estanflacionario; el tercero asociado con el inicio de los años 80 hasta entrado el nuevo milenio, el fin de la Guerra Fría, la globalización y la unipolaridad estadounidense; y, el cuarto, que iniciaría con la reconfiguración económica mundial luego de la crisis financiera de 2008, con iniciativas de desdolarización y de órdenes financieros alternativos entre los que destaca el propuesto por los BRICS+.

El periodo que nos interesa es el segundo. Los años de 1970 que se inauguraban con el “choque de Nixon” en 1971 y el fin de la convertibilidad del dólar al oro, tendrían consecuencias tan significativas que se extienden hasta nuestros días. Para 1960 dicho modelo se encontraba ya en riesgo. La convertibilidad del dólar al oro, establecido en 1944 con el sistema Bretton Woods, establecía que la única moneda convertible al oro sería el dólar a una tasa fija de 35 dólares por onza, mientras que el resto de las divisas estarían vinculadas a la estadounidense. El superávit de dólares en el exterior, motivado por los altos niveles de inversión extranjera, ayuda al exterior y gasto militar, volvía insostenible tal sistema debido a la alta circulación de la moneda a nivel internacional, la cual se encontraba sobrevaluada.

A pesar de los intentos implementados por las administraciones de Kennedy y Johnson, estos no tuvieron éxito. No fue hasta el 15 de agosto de 1971, cuando el presidente Nixon anuncia su Nueva Política Económica. Resulta irónico que las medidas implementadas debían “proteger al dólar de los ataques provenientes de los especuladores internacionales de dinero”, lo que pretendía lograrse con el fin del sistema de convertibilidad del dólar al oro, y que esto ocasionara lo contrario. El objetivo de la medida, junto con el establecimiento (cualquier parecido con el presente es mera coincidencia) de una tarifa del 10% a todas las exportaciones dirigidas a los Estados Unidos, buscaba fomentar un mismo efecto por doble partida: una revaluación de las monedas extranjeras frente al dólar, fortaleciendo así las exportaciones estadounidenses, corrigiendo los desequilibrios en la balanza de pagos; reforzada por la segunda medida que buscaba reducir el déficit estadounidense.

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Lo más significativo, no obstante, no fue el unilateralismo observado, percibido por los socios de Washington como una medida agresiva y hostil (de nuevo, nótese el parecido con la actualidad), sino su estrategia complementaria. El conjunto de ambas medidas definiría el orden financiero internacional que prevalece hasta el presente –a pesar de las tentativas reformistas que abogan por la desdolarización. La otra sucedería en 1974. Dos hombres serían sus mentes maestras: el secretario de Estado y el del Tesoro para los Estados Unidos, Henry Kissinger y William E. Simon. Esta última implicaría una riesgosa apuesta financiera por parte del segundo; y de la diplomacia de lanzadera, elaborada hábilmente por el primero. Pero quede esta historia para otra columna.

La presente introducción ha servido como “obertura histórica” para presentar nuestra tesis: los cimientos del sistema financiero internacional vigente nacen indisociablemente de la arquitectura de seguridad de Medio Oriente. Hoy ambos fenómenos que descansaban sobre el mismo supuesto se erosionan. La creciente vulnerabilidad de ese equilibrio –las tentativas por escapar las sanciones financieras estadounidenses y de desdolarizarse, la creación de instituciones financieras alternativas, la fragmentación monetaria y el reposicionamiento estratégico de actores regionales—sugiere que no estamos ante una crisis más, sino frente al agotamiento del antiguo orden.

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Nota del editor: Baltasar Montes es internacionalista y analista de tiempo completo; catador de café, lector y yogi de tiempo parcial. ITAMita de corazón, pero soberanista de alma. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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