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La miopía del doctorado en México; un talento que el país desperdicia

México no necesita menos doctores; necesita un sistema que deje de ver el doctorado como un título nobiliario y empiece a gestionarlo como una herramienta de desarrollo económico.
La miopía del doctorado en México; un talento que el país desperdicia
La democratización de la alta especialización no es un favor al estudiante, es una urgencia para el país. Necesitamos transitar hacia modelos que entiendan que la excelencia académica no debería estar peleada con la eficiencia operativa, apunta Mercedes Poiré. (Foto: iStock)

La distancia entre la ambición económica de México y su realidad académica es abismal. Mientras que en los países más competitivos de la OCDE se promedian casi 10 investigadores por cada 1,000 personas ocupadas, en México la cifra es tan baja que apenas alcanza para el registro estadístico. El país opera con un déficit de capital intelectual que frena cualquier intento de innovación real, y lo hace mientras ignora una verdad de mercado contundente: un doctorado en México puede incrementar los ingresos de un profesional hasta en un 200% frente a quienes solo cuentan con una licenciatura. Sin embargo, en lugar de pavimentar el camino para capturar ese valor, el sistema parece haber diseñado una carrera de obstáculos.

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El problema no es la falta de interés, sino un ecosistema que castiga activamente al profesional que decide especializarse. Los hallazgos del análisis "Radiografía del acceso al doctorado en México" son un espejo de nuestra propia ceguera: el 76% de los doctorandos en el país no cuenta con becas públicas. Hemos construido un cuello de botella donde la alta especialización se percibe como un retiro académico de 5.8 años y no como una inversión estratégica de alto retorno. Es un sistema que, por diseño o por omisión, prefiere la pausa contemplativa por encima de la productividad aplicada.

Esta desconexión tiene un costo directo en la competitividad nacional. Mientras el mundo avanza hacia una economía del conocimiento acelerada, en México seguimos atrapados en una estructura que obliga al aspirante a elegir entre su carrera laboral o su grado académico. Es un anacronismo peligroso. No podemos aspirar a liderar industrias de alta tecnología, participar seriamente en la economía de semiconductores o capitalizar los procesos de nearshoring avanzados si mantenemos un modelo educativo que expulsa al profesional en activo de las aulas de posgrado. La rigidez no es sinónimo de rigor; es, en este caso, un sinónimo de exclusión.

La verdadera crisis no es solo presupuestal, es de mentalidad. El modelo tradicional de doctorado en México fue diseñado para una realidad de hace tres décadas, bajo la premisa de que el investigador debe vivir aislado en una torre de marfil. Se ignora que el talento que hoy necesita el país para escalar sus industrias está en las empresas, en las direcciones generales y en la operación diaria, no exclusivamente en los laboratorios de financiamiento público. Exigir casi seis años de dedicación exclusiva en un entorno donde la actualización tecnológica ocurre cada seis meses es, sencillamente, una apuesta por la obsolescencia programada del capital humano.

El rezago es evidente cuando se analiza la densidad de investigadores. De acuerdo con datos de la OCDE (2024), México presenta una de las tasas más bajas de doctores per cápita entre los países miembros. Esta carencia no se explica por una falta de capacidad intelectual, sino por la inexistencia de puentes entre la academia y el sector productivo. El sistema público de becas, cada vez más limitado y burocratizado, ha dejado de ser el motor de movilidad que alguna vez fue, dejando al profesional a merced de sus propios ahorros o de una voluntad casi heroica para no abandonar sus estudios frente a las exigencias del mercado.

México no necesita menos doctores; necesita un sistema que deje de ver el doctorado como un título nobiliario y empiece a gestionarlo como una herramienta de desarrollo económico. Si el grado garantiza una mejora salarial del 200%, es absurdo que el sistema le ponga tantas trabas al acceso. La democratización de la alta especialización no es un favor al estudiante, es una urgencia para el país. Necesitamos transitar hacia modelos que entiendan que la excelencia académica no debería estar peleada con la eficiencia operativa.

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Si no fracturamos esta visión elitista y estática del posgrado, seguiremos viendo cómo el talento nacional se estanca o se fuga a ecosistemas que sí valoran la agilidad. El reto es integrar la especialización en la vida productiva, validando que se puede investigar con el mismo rigor desde la práctica profesional que desde el cubículo universitario. El doctorado debe dejar de ser una odisea de resistencia personal para convertirse en la ruta más rápida hacia el México competitivo que todavía no somos, pero que el mercado global ya nos está exigiendo ser.

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Nota del editor: Mercedes Poiré es Vicerrectora Académica de UDAVINCI. Es especialista en el diseño de modelos educativos enfocados en la movilidad social y la democratización del posgrado de alta especialización en México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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