Sin embargo, esta victoria inicial revela una verdad más compleja y un desafío de mayores proporciones: el "reto de los tres mil millones". Es decir, para aproximadamente tres mil millones de personas en todo el mundo (adultos económicamente activos), la posesión de una cuenta no se ha traducido en un "uso integral y apropiación significativa" de los servicios financieros formales. En estas economías, durante el último año, apenas un 40% ahorró formalmente y solo un 24% accedió a crédito de instituciones reguladas. Es una paradoja: tienen la llave, pero la puerta del verdadero progreso y libertad financiera sigue cerrada.
Aquí se evidencia la naturaleza multifactorial de la verdadera inclusión. Las barreras no son meramente tecnológicas; son también humanas y sistémicas. La asequibilidad de los productos, la falta de transparencia en los costos, la limitada oferta de soluciones verdaderamente adaptadas a sus necesidades, y, una arraigada falta de confianza en las instituciones financieras, persisten como obstáculos.
Por ello, cuando un pequeño empresario de la Merced, un trabajador informal en Guadalajara o una familia en Oaxaca necesitan afrontar una emergencia o invertir en su futuro, con demasiada frecuencia recurren a prestamistas informales. Esta realidad no es solo una anécdota, es la manifestación directa de que los servicios financieros digitales, a pesar de estar accesibles, no son percibidos o no son lo suficientemente útiles para ser apropiados en sus vidas, perpetuando ciclos de vulnerabilidad de los que el sector financiero formal podría y debería ser el antídoto.
Es en este punto de inflexión donde la Infraestructura Pública Digital (DPI) y la Inteligencia Artificial (IA) se posicionan como pilares con el potencial de redefinir la inclusión, siempre que se aborden de manera integral. La DPI, con las identificaciones digitales seguras, pagos instantáneos de bajo costo y un intercambio de datos basado en el consentimiento, puede reducir las nuevas barreras. Ejemplos globales como el UPI de India o el PIX de Brasil nos muestran cómo estas tecnologías pueden llevar las transacciones a costos cercanos a cero, haciendo que los servicios financieros sean verdaderamente accesibles y sentando las bases para un ecosistema de confianza para el usuario final.
La IA, por su parte, es el motor que puede catalizar esta transformación, adaptando el sistema a la particularidad de las vidas de los usuarios para fomentar su apropiación. Su capacidad para analizar vastos volúmenes de datos permite personalizar productos financieros, ajustar precios a las capacidades de pago individuales y optimizar la detección y prevención del fraude en tiempo real. Esta inteligencia artificial ya es la herramienta que le ha permitido a un microempresario obtener ese primer préstamo, basado en su reputación digital y patrones de actividad, no solo como un acceso, sino como una solución que puede apropiar y gestionar dentro de su modelo de negocio. Con ella, las familias han accedido a un seguro de vida que antes era inalcanzable, diseñado para sus necesidades específicas y su capacidad de pago.