Objetos transicionales 2.0: una explicación desde la psicología del desarrollo
Para entender mejor este fenómeno, es útil retomar un concepto clásico de la psicología: los objetos transicionales. Desde 1950, se define a los objetos transicionales como artículos que representan seguridad, consuelo y continuidad emocional cuando la figura tutora no está presente. ¿Recuerdan la manta favorita o el peluche para dormir? Esos son algunos ejemplos simples. Sin embargo, no es el objeto lo que produce dicha tranquilidad, sino lo que el objeto simboliza: compañía, presencia y estabilidad emocional.
Hoy, se estudia a las tecnologías de compañía como teléfonos inteligentes, redes sociales y chatbots, que funcionan como objetos transicionales contemporáneos y su impacto en el manejo de la soledad y las emociones. Ahora, los chatbots responden, sostienen una conversación y abren paso a una intimidad sin conflicto.
A estos, se les podría denominar como objetos transicionales interactivos o incluso objetos transicionales inteligentes. No es que el usuario tenga un apego con la máquina en sí, sino a esa sensación de ser escuchado, visto y acompañado.
Un nuevo término para describir esta orientación afectiva
El fenómeno actual abre la posibilidad de una categoría para quienes sienten atracción emocional o romántica hacia entidades digitales. En 2017, se describían ya a estas relaciones como digisexuales: personas quienes tienen su identidad sexual vinculada a la tecnología. Se podría definir como el establecimiento de relaciones afectivas significativas, románticas o íntimas con entidades digitales.
El problema no es que se desarrollen sentimientos y emociones hacia dichas entidades digitales, sino que vienen riesgos implicados en dicha relación. Por ejemplo, la gestación de una dependencia emocional, al ser la IA esa fuente principal de apoyo, incluso por encima de otras relaciones humanas. La idealización extrema del otro al no recibir contradicciones. También, el duelo digital, ya que diferentes plataformas administradas por humanos, podrían dejar de existir y generar ese vacío.
¿Qué dice esto sobre nuestra sociedad?
Definitivamente, estamos en una época en la que la regulación emocional se encuentra en alerta y se percibe a la soledad como una epidemia global. La Organización Mundial de la Salud identifica a la soledad como un problema que afecta la salud tanto como el fumar. Bajo este contexto, no es ninguna sorpresa que millones estén buscando consuelo en sistemas que parece que les comprenden y acompañan.
Las relaciones en línea con personas o con inteligencias artificiales ya son una realidad. Lo disruptivo en este momento, es que la línea entre lo emocional y una simple simulación se va difuminando. Esto no es un capricho ni una moda: es simplemente la consecuencia de un mundo hambriento de emociones y tecnológicamente saturado.
Esto solo revela la necesidad y la fragilidad en la búsqueda de sentido y propósito en la vida que ya trasciende de lo biológico.