El sector agroalimentario muestra el peso económico de Brasil y la importancia de sus socios comerciales. Según el Ministerio de Agricultura brasileño, las exportaciones del agronegocio alcanzaron 169,200 millones de dólares en 2025, un aumento de 3% frente a 2024; China casi un tercio. La demanda china sostiene una parte importante del negocio, pero esa dependencia también implica un riesgo: si China reduce sus compras o cambia sus condiciones de importación, los efectos pueden alcanzar a productores, transportistas y proveedores brasileños.
Brasil también tiene una importante actividad minera, petrolera, industrial y de servicios. Para las empresas mexicanas, representa tanto un mercado donde vender como un competidor por clientes e inversiones. Sin embargo, ambos países tienen relaciones comerciales distintas: México está estrechamente integrado con Estados Unidos y Canadá, mientras Brasil forma parte de Mercosur y tiene a China como principal socio comercial. Esa diferencia influye en los aranceles, las cadenas de suministro y la competencia que encontrarán las empresas. Entrar al mercado brasileño exige conocer esas condiciones, en lugar de asumir que una estrategia exitosa en Estados Unidos funcionará igual en Brasil.
Tres socios, tres intereses
China, Estados Unidos y Europa ofrecen oportunidades distintas. Los chinos tienen un peso comercial difícil de sustituir, los estadounidenses buscan oportunidades de negocios y seguridad en suministros estratégicos, los europeos desean ampliar su acceso mediante Mercosur. Brasil intenta aprovechar esas relaciones sin quedar sujeto a una sola. Los candidatos presidenciales difieren en sus afinidades, pero ninguno ignora los costos de alterar esos vínculos.
El 30 de septiembre de 2026, Reuters informó que Brasil y Estados Unidos acordaron crear un grupo de trabajo para discutir un posible acuerdo comercial, donde Brasil busca reducir aranceles. El ministro Márcio Elías Rosa señaló que los minerales críticos podrían entrar en las conversaciones, con inversiones para su explotación. Su relevancia es clara: Brasil busca obtener infraestructura crítica para modernizar su industria y valor agregado a cambio dar acceso a sus recursos naturales.
Para una empresa, exportar mineral y procesarlo localmente son negocios diferentes: cambian los equipos, la energía, el empleo y los proveedores necesarios. Una alianza sobre materias primas puede, por tanto, generar demanda industrial y economías de escala. Ese potencial dependerá de compromisos comerciales y proyectos viables que el Gobierno busque impulsar y acompañar con regulación clara y estado de derecho.
Europa ya ofrece un cambio verificable. Según el Consejo de la Unión Europea (UE), el acuerdo comercial interino con Mercosur se aplica provisionalmente entre la UE y Brasil desde el 1 de mayo de 2026. La apertura sigue condiciones y calendarios por producto. Un fabricante mexicano de maquinaria, por ejemplo, tendrá que comparar su precio final con el de competidores europeos que reciban preferencias aplicables.
La región recibirá esos efectos de manera desigual. Las inversiones brasileñas pueden aumentar compras a proveedores vecinos o atraer fábricas que consideran otras ubicaciones latinoamericanas. Para México, habrá oportunidades de complementariedad y mayor competencia. La relación diplomática ayuda a abrir conversaciones; las condiciones comerciales determinan si una venta resulta rentable.
La deuda también llega a las empresas
El próximo gobierno tendrá que explicar cómo pagar sus prioridades. La deuda bruta llegó a 82.9% del PIB en agosto de 2026, según datos del Banco Central publicados el 30 de septiembre y recogidos por Folha de S.Paulo. Es innegable que la restricción fiscal afecta decisiones privadas de inversión. Cuando los inversionistas dudan de la capacidad de controlar la deuda, pueden exigir mayores rendimientos para financiar al Estado. Eso dificulta abaratar el crédito de forma sostenida. Las empresas pueden enfrentar préstamos caros, clientes con menor capacidad de compra y proyectos que dejan de justificar su costo. También, se reduce el margen público para gasto en infraestructura. Por eso, las propuestas fiscales merecen tanta atención empresarial como las promesas de incentivos.