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La inteligencia artificial avanza, pero deja atrás a los adultos mayores

Sin alfabetización digital ni acompañamiento, la expansión de la IA amenaza con profundizar la exclusión de los adultos mayores en México.
vie 30 enero 2026 05:55 AM
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Aunque más de la mitad de los mexicanos dice conocer el concepto de IA, ese conocimiento se desploma con la edad. (Giuseppe Lombardo/Getty Images)

La llegada de ChatGPT marcó un parteaguas en la adopción masiva de la IA. Desde su lanzamiento en 2022, el chatbot de OpenAI pasó de ser una curiosidad a una herramienta integrada en la vida cotidiana, alcanzando en la actualidad a alrededor de 800 millones de usuarios activos semanales, el doble de los que tenía en febrero del año pasado, según estimaciones de DemandSage.

Para las generaciones más jóvenes, esta expansión puede parecer casi natural, como lo fue en su momento la llegada de las computadoras personales o de internet. Esa “naturalidad”, sin embargo, no debe confundirse con prudencia ni con una comprensión profunda del impacto de estas tecnologías. Aun así, es un hecho que quienes crecieron cerca de entornos digitales suelen desenvolverse con mayor facilidad en su uso. Pero ¿qué pasa con los adultos mayores?

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En un país que envejece aceleradamente, la pregunta ya no es solo quién adopta la IA, sino quién la explica, la traduce y la acompaña. México cuenta, según estimaciones recientes del Consejo Nacional de Población (Conapo), con alrededor de 17.1 millones de personas de 60 años o más, cifra que se proyecta duplique para 2050, alcanzando cerca del 23% de la población.

De acuerdo con The Competitive Intelligence Unit (The Ciu), aunque más de la mitad de los mexicanos dice conocer el concepto de IA, ese conocimiento se desploma con la edad. Apenas el 43% de quienes tiene más de 50 años afirma saber qué es, comparado con cerca del 53% entre los menores de 21 años y hasta 72% para los adultos jóvenes de entre 26 y 40 años.

Alberto Saracho, cofundador y director general de Soy+, una plataforma digital y comunidad enfocada en mejorar la calidad de vida de las personas mayores de 50 años en México y Latinoamérica, explica que en la mediana edad y la vejez, surgen necesidades de información muy específicas —salud, finanzas, decisiones legales o familiares— que podrían abordarse con herramientas digitales e inteligencia artificial. El reto es que muchas personas llegan a estas tecnologías sin acompañamiento, justo cuando las decisiones que enfrentan son más complejas.

Aprender por tutorial

Daniel Gómez, quien tiene 65 años, relata a Expansión que nadie le enseñó formalmente a usar IA; aprendió con tutoriales de YouTube y videos que familiares y amigos le comparten en grupos de WhatsApp.

“Al inicio sentí temor de usar la IA porque mis hijos me decían que debía tener cuidado con mis datos, pero no me decía qué sí podía compartir. Ahora la uso con menos temor pero sigo con algunas reservas”, agrega.

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Gómez, quien recién se jubiló, comenta que haber trabajado con gente jóven también le ayudó, pues veía cómo se usaban algunas aplicaciones, qué tipo de cosas le preguntaban sus compañeros de trabajo y qué utilidad podía tener en el entorno laboral.

“Ocupo ChatGPT y Meta IA. Siempre pido las cosas por favor y gracias y las uso para hacer consultas de trámites, que me resuma cosas que me interesan como noticias o que responda dudas sencillas, como las que antes hacía por Google pero mejor explicadas”, refiere.

Gómez dice que no ha utilizado su información personal ni la de nadie en estos canales, por lo menos nadie vivo, pues recuerda con cariño cómo él y su esposa usaron IA para crear una imagen con los rostros de sus familiares queridos para el altar de Día de Muertos, un gesto simbólico que, confiesa, no le preocupó compartir porque eran fotografías de gente que ya falleció.

El panorama general de IA en México, de acuerdo con el análisis de The Ciu, muestra que aunque un porcentaje importante de la población internauta confiesa conocer la IA, el uso activo es mucho menor — alrededor del 18.6% — y la brecha generacional se mantiene. Este contraste evidencia que el simple acceso o exposición a tecnologías no se traduce en comprensión real ni en adopción significativa.

Estas brechas forman parte de un fenómeno al que se le conoce como edadismo digital, es decir, toda tecnología que no incluye a las personas mayores para que puedan ser autónomas y las obliga a depender de otros, mermando su dignidad.

“Culturalmente se piensa que las tecnologías son para jóvenes, y eso genera que muchos adultos mayores no se sientan capaces de utilizarlas”, señala Luis Daniel Velázquez Bañales, profesor de la Universidad La Salle, destacando la complejidad del problema.

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De acuerdo con el artículo Adopción de tecnología en adultos mayores en la Ciudad de México: una aproximación desde el Modelo de Aceptación de Tecnología, publicado en la revista científica MDPI, el reto no es solo enseñar “herramientas”, sino acompañar procesos de aprendizaje con empatía, reduciendo ansiedad, promoviendo la autonomía y reforzando la dignidad de quienes se enfrentan a interfaces complejas sin mediación adecuada.

Ese acompañamiento del que hablan los investigadores no es una abstracción académica, sino una necesidad concreta. Para Daniel Gómez, la diferencia no está solo en la tecnología, sino en la forma en que se le acerca.

“A veces lo que falta no es ganas, sino que alguien te explique sin hacerte sentir que estorbas”, dice. “Uno quiere seguir entendiendo las cosas, no quedarse atrás. Que nos tengan paciencia y que piensen también en nosotros”.

Esa idea conecta con lo que plantea Alberto Saracho, quien advierte que el problema no es la falta de capacidad de las personas mayores, sino el diseño de entornos digitales y la sociedad que no los considera. A su juicio, la tecnología —incluida la IA— debería ser una herramienta para fortalecer la autonomía, no para desplazar a quienes no crecieron en la era digital.

“No se trata de que dependan de otros para todo, sino de que puedan tomar decisiones informadas por sí mismos”, sostiene. “Si no diseñamos pensando en ellos, terminamos excluyendo a un grupo que sigue siendo productivo, activo y clave para la economía”.

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