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Nuestras Historias

La reforma fiscal pendiente

Más pronto que tarde tendrá que disminuir el gasto (poco probable) o aumentar los ingresos dado el poco margen que se tiene para aumentar el endeudamiento, opina Rafael Ramírez de Alba.
jue 29 agosto 2019 10:30 AM
¿Cómo va la economía a un año de las elecciones?
Una baja recaudación refleja un gobierno ineficiente y débil ante diferentes intereses, y que históricamente ha apostado por el camino de menor resistencia: el depender de ingresos producto de la venta de petróleo, señala Rafael Ramírez de Alba.

(Expansión) – Una de las grandes decepciones en materia económica de la gestión del presidente Enrique Peña Nieto fue el no haber aprovechado la oportunidad que tuvo para llevar a cabo una verdadera reforma fiscal promotora del crecimiento económico. En uno de los ambientes más propicios de los últimos años, tanto económica como políticamente, la apuesta fue por hacer ajustes primordialmente recaudatorios.

Su sucesor, el presidente Andrés Manuel López Obrador, se ha comprometido a mantener finanzas públicas sanas y a no aumentar los impuestos (por lo menos en la primera mitad de su mandato), lo cual se antoja muy difícil ante la caída en el crecimiento que han provocado sus decisiones y que seguramente dificultará la recaudación y ante las presiones en el gasto público derivadas de sus programas clientelares, su obsesión con mantener a un Pemex prácticamente quebrado a flote y el ineficiente uso de recursos públicos en proyectos con baja o negativa rentabilidad.

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Más pronto que tarde tendrá que disminuir el gasto (poco probable) o aumentar los ingresos dado el poco margen que se tiene para aumentar el endeudamiento.

Ante este escenario, hay quien piensa que se podrían y deberían subir los impuestos, ya que el nivel de recaudación en México es muy bajo. Es verdad que el gobierno solo obtiene a través de impuestos el equivalente al 16% del PIB, el porcentaje más bajo de los 36 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Sin embargo, quien propone un aumento de impuestos se equivoca por confundir la recaudación fiscal con la tasa que se cobra de impuestos. La recaudación es baja, sí, pero las tasas que se cobran no lo son, especialmente la que se impone a las empresas en la forma de Impuesto sobre la Renta.

La tasa de ISR corporativo de 30% en México es una de las más altas de la OCDE. Si incluimos además las contribuciones de seguridad social, una empresa promedio paga hasta el 53% de sus utilidades en impuestos, de acuerdo al Banco Mundial.

Aunado a lo anterior, otro aspecto que nos hace poco competitivos es la complejidad: se estima que, en promedio, las empresas en México le tienen que dedicar 102 horas al año a cumplir sus obligaciones fiscales, mientras que en Chile, por ejemplo, son solo 42.

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Una baja recaudación refleja un gobierno ineficiente y débil ante diferentes intereses, y que históricamente ha apostado por el camino de menor resistencia: el depender de ingresos producto de la venta de petróleo y el extraer lo más posible de los contribuyentes cautivos, pequeñas y medianas empresas y ciudadanos de ingresos medios.

Los gobiernos necesitan ingresos para poder funcionar pero, al mismo tiempo, cualquier impuesto implica un costo (y por lo tanto un obstáculo) para la actividad económica. Dentro de las múltiples opciones que se tienen para obtener ingresos se deben privilegiar aquellas que afecten lo menos posible a la inversión y que tengan el menor impacto posible en nuestras decisiones de qué y cuánto comprar, trabajar y ahorrar (en lenguaje de los economistas, que causen las menores distorsiones).

Una alta tasa de ISR desalienta la inversión productiva e incentiva la evasión y la informalidad.

En cuanto a su sistema fiscal, México está en el peor de los mundos: por un lado, la recaudación es muy baja, pero por el otro, la manera y el tipo de impuestos que se cobran hacen al sistema muy poco competitivo, convirtiéndose en un obstáculo para el desarrollo.

Lee: La ayuda a Pemex exhibe la necesidad de una reforma fiscal

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Considerando el sistema fiscal en su conjunto, el centro de estudios fiscales independiente Tax Foundation nos dice que México tiene uno de los sistemas tributarios menos competitivos, ubicándonos el lugar 28 de los 35 países de la OCDE.

Mediante una verdadera reforma fiscal se podría lograr una mayor competitividad e, indirectamente, una mayor recaudación. El peligro es que acabemos cayendo en el error de siempre: tratar de exprimir más a los cautivos mediante aumentos en la tasa de ISR o crear nuevos impuestos que introduzcan más distorsiones (como un impuesto a las herencias o un impuesto a los consumidores de productos digitales) mientras se mantienen todas las ineficiencias del sistema actual.

Ojalá que en esta coyuntura se mantengan finanzas públicas sanas y se busquen esquemas que permitan aumentar la recaudación, pero que primordialmente eliminen los obstáculos provenientes del sistema fiscal a la inversión privada y el emprendimiento, factores clave para lograr el tan anhelado crecimiento económico que necesita el país.

Nota del editor: Rafael Ramírez de Alba es profesor del área de Entorno Económico de IPADE Business School. Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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