Son tantas las diferencias culturales, oportunidades de producción o medios para erigirse como clave en la formación de precios de bienes y servicios, que se tiende a pensar que la diferencia entre el primer y el tercer mundo ha sido producto de la casualidad, sin advertirse que la evolución de un poder judicial eficiente y eficaz ha resultado dramáticamente relevante, particularmente cuando éste se ha granjeado la respetabilidad y credibilidad de los justiciables.
La calidad de los productos, la fortaleza de las empresas, y su presencia en los mercados internacionales, son producto de la certeza. La justicia, el más preciado valor que aporta la instauración del estado, hace toda la diferencia en la formación de un empresariado viable, ese que no se topa día a día con los obstáculos propios del subdesarrollo, que van, desde altos costos en los energéticos, deficientes caminos o vías de comunicación, hasta una grotesca burocracia, que hace de los trámites pista de obstáculos hacía la formación de utilidades.
Si se mira con cuidado, hasta hace algunos años, teníamos un ordenamiento jurídico de avanzada, producto de la creencia generalizada de que el problema estaba en las leyes. El proceso de codificación, que en México iniciamos desde el siglo XIX, construyó un sólido andamiaje que hizo pensar a muchos que transitaríamos hacia el desarrollo, pero el problema está y ha estado, desde hace décadas, en el poder judicial.
Con un sistema jurídico con grandes debilidades, los jueces, y, sobre todo la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos de América, han sabido guiar la actividad civil, comercial y administrativa por un camino sin recovecos, ni componendas, en el que el incumplimiento de leyes o contratos, la demora, y la deficiente calidad en bienes y servicios se pagan caro. El resultado está a la vista. En México mucho se tiene que hacer por cambiar nuestro aparato judicial, pero ese cambio no está en las leyes.
Igual sucede con otro asunto toral para construir un mejor país, el efectivo control del gasto público. Ello, dado que, aunque el sector oficial no es la pieza de mayor tamaño y torque en la maquinaria económica, sin duda, su comportamiento la determina, para bien o para mal.
Hace poco más de 20 años se dio un giro en el que ha prevalecido la simulación, nuevamente, en detrimento de la eficiencia. Se pasó de un esquema de contabilidad mayor de hacienda hacia uno de fiscalización superior, pero en realidad lo único que cambió fue el nombre.