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Home office o presencialidad: la falsa dicotomía sobre nuestros cuerpos

Somos raros los seres humanos. Sentíamos un deseo inmenso de salir a la calle dos años atrás y ahora queremos lo contrario. Seres cambiantes e insaciables, señala Nicolás José Isola.
mié 14 septiembre 2022 12:02 AM
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Tratamos a nuestros cuerpos como si no fueran necesarios en nuestro relacionamiento con los demás, como si el estar juntos no adicionara un valor intrínseco a nuestras relaciones humanas. No deja de ser algo sorprendente. Somos seres corpóreos, señala Nicolás José Isola.

(Expansión) - Las herramientas que usábamos hace tres años para pensar el mundo del trabajo ya no nos sirven. Y eso puede no ser divertido.

El mundo nos está haciendo preguntas sociológicas hondas a una velocidad mayor que nuestra reducida capacidad para procesarlas (ni hablar de contestarlas). No estamos parados en el mismo lugar y tenemos en nuestras manos respuestas que ya no sirven.

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Estamos desorientados. Por mi trabajo como Coach Ejecutivo y consultor converso cotidianamente con ejecutivos de alto seniority y líderes de Talento y desarrollo humano que no saben qué hacer con las demandas de los jóvenes que quieren trabajar remoto todos los días desde sus casas.

Las respuestas que damos a las preguntas sobre los nuevos modos de trabajo son hijas de nuestras cosmovisiones previas, por eso en parte no funcionan.

Una sopa de murciélago china nos obligó a estar encerrados para trabajar desde casa y lo detestamos al comienzo. Nos sentimos asfixiados. Sin embargo, hoy millones de personas alrededor del mundo demandan que sigamos trabajando en nuestros hogares.

Somos raros los seres humanos. Sentíamos un deseo inmenso de salir a la calle dos años atrás y ahora queremos lo contrario. Seres cambiantes e insaciables.

Porque es un tiempo de confusión es que también es un tiempo para pensar mucho más. Las compañías se llaman compañías porque allí los seres humanos estamos acompañados. Allí estamos juntos. Entiéndase bien, el home-office es maravilloso, produce una comodidad enorme, por ejemplo, en aquellos que somos padres: dejamos a los niños en la escuela y regresamos a casa a trabajar, evitando el tránsito. Es adorable.

Pero también es cierto que una compañía tiene un sentido que lo da también el estar juntos. Es el conjunto de quienes la componen lo que produce un efecto. El problema era que buena parte de nuestra vida de oficina era responder mails. Un absurdo. Una oficina debería ser mucho más que ello.

Tendría que ser un espacio de encuentro humano en el que se den conversaciones relevantes y discusiones profundas. Hay que repensar las oficinas como campfire, como un fogón en el que nos juntamos alrededor para conversar y contar historias de cómo estamos viendo aspectos del negocio.

Es muy difícil pelear codo a codo con alguien para llegar a un objetivo ambicioso si no cuento con su cercanía, con que nos reímos muchas veces en persona o almorzamos juntos. Los equipos de alta performance juegan en el mismo campo de juego. No virtualmente. ¿Trabajar no es también un acto físico?

Obviamente, no todo es blanco o negro y los entornos híbridos nos pueden ayudar a tener lo bueno de ambos formatos. Inmejorable opción: comodidad de hogar algunos días con conexión humana algunas veces a la semana.

La virtualidad 24x7 tiene sus colaterales de los cuales poco se habla. Uno de ellos es la experiencia de ciertos individuos que precisan interactuar y sin esas interacciones se sienten aislados e incluso cercanos a la depresión. Cuidado con esto. Es probable que con el correr del tiempo veamos más y más casos de esto. Vivir solo y trabajar puede ser un riesgo para algunos seres humanos.

Otro es una discusión antropológica de fondo: ¿nuestros cuerpos importan o, como dice el genial Ken Robinson en su icónica charla TED, son sólo el transporte de nuestras cabezas?

 

Tratamos a nuestros cuerpos como si no fueran necesarios en nuestro relacionamiento con los demás, como si el estar juntos no adicionara un valor intrínseco a nuestras relaciones humanas. No deja de ser algo sorprendente. Somos seres corpóreos.

Cuanto mayor el amor, mayor la necesidad del cuerpo. Para una madre no da igual darle un abrazo a su hijo que dialogar a través de una pantalla durante un año. Nuestros cuerpos son parte de nuestras interacciones. En efecto, tenemos frases físicas para expresar que con alguien nos llevamos mal porque “es una cuestión de que no hay piel” o que su presencia “nos produce un nudo en la panza”.

La pasión y el amor, para el ser humano, incluyen al cuerpo. Si pensamos nuestras vidas profesionales como algo que hacemos con cariño y con otros, si consideramos que allí se juega algo de nuestras vidas (y algo que no es efímero y que nos demanda mucho tiempo de nuestras vidas), pues entonces debemos reflexionar qué hacemos con nuestros cuerpos.

Generar cohesión social es algo que se produce también por medio del cuerpo. De modo que, si nuestras compañías quieren seguir viviendo su identidad y su propósito como algo relevante, entonces tienen que pensar si las oficinas agregan valor a ese mensaje que quieren dar. En suma, si en esos pasillos hay un sentido para ese conjunto de personas que trabajan.

Si la respuesta es no, si ese espacio de interacción no agrega valor, entonces quizás haya que resetear el sistema organizacional y pensar de nuevo quiénes somos y qué estamos haciendo.

Quizás, no somos una compañía con una cultura… sino un archipiélago de islas tercerizadas que quieren estar cómodas en casa.

Nota del editor: Nicolás José Isola es filósofo, master en educación y PhD. Ha sido consultor de la Unesco, actualmente vive en Barcelona y es Coach Ejecutivo, Consultor en Desarrollo Humano y Especialista en Storytelling. Escríbele a nicolasjoseisola@gmail.com y síguelo en Twitter y/o LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

 
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