Como resultado, se ha generado un verdadero laberinto de acrónimos que representan estándares, organizaciones y normativas: CSRD, ISSB, ESRS, IFRS, EFRAG, SEC, SBTN, TCFD, TNFD, GRI, entre otros. Esta lista, que continúa creciendo, refleja la complejidad y el dinamismo del campo regulatorio en sostenibilidad.
Esta proliferación de estándares y requerimientos ha impuesto una carga creciente sobre los equipos de sostenibilidad en las empresas. A medida que la industria del reporte evoluciona, se observa cómo las empresas invierten más tiempo y recursos en entender y cumplir estos estándares en lugar de impulsar de manera efectiva sus esfuerzos en áreas críticas como la economía circular y la descarbonización.
Surge entonces una preocupación válida: ¿estamos poniendo demasiado énfasis en la información reportada y no suficiente en las acciones urgentes necesarias para abordar los crecientes problemas sociales y ambientales? A veces parece que estamos más enfocados en medir y reportar nuestra “capacidad” para alcanzar los objetivos y metas establecidos que en actuar para lograr un cambio significativo.
A pesar de mi firme apoyo a la transparencia y la rendición de cuentas, y de mi orgullo por los avances en la divulgación y reporte corporativo de sostenibilidad, es crucial reconsiderar nuestro enfoque. No debemos perder de vista el objetivo fundamental: implementar acciones ambiciosas que realmente aborden los retos que enfrentamos.
Las empresas deben esforzarse por descarbonizar sus modelos de negocio, restaurar y regenerar ecosistemas, implementar principios de economía circular, y promover la diversidad, la equidad y la inclusión. Este enfoque integral refleja la verdadera esencia de la sostenibilidad, más allá de los meros requisitos de cumplimiento y reporte.
Es imperativo encontrar un equilibrio entre la divulgación de información y la implementación efectiva de prácticas sostenibles. La sostenibilidad debe ser vista como algo más que un ejercicio de cumplimiento; es un compromiso con la acción y la innovación.
Nos enfrentamos a la necesidad de evaluar si nuestros actuales marcos de divulgación y regulación están realmente impulsando la innovación o si, por el contrario, están inhibiendo la capacidad de las empresas para actuar. La efectividad de estos marcos debería medirse no solo por la precisión y la exhaustividad de la información que generan, sino también por cómo facilitan y promueven acciones concretas y significativas hacia la sostenibilidad.