La imposibilidad de planificar con la supuesta certitud con la que lo hacíamos hace unos años, la problemática de la economía de la atención que nos invade y el crecimiento de la polarización (casi un 50% en América Latina en los últimos 5 años según datos de LLYC) ha llevado a muchas compañías y marcas al infierno de la indecisión. Según McKinsey, una toma de decisiones ineficaz puede costar hasta 250 millones de dólares al año a una empresa global y una toma de decisiones ineficaz es también la incapacidad de tomarlas.
Es en este vacío donde surge uno de los mayores riesgos para una compañía en el acelerado contexto actual, el de la irrelevancia. Quedarse atrás es más que nunca una tensión real para las compañías, que necesitan avanzar y transformarse con paso firme, pero, sobre todo, diferenciarse y destacarse en un contexto en el que, por un lado, pueden pasar inadvertidas y, por otro, ser atacadas fácilmente. Ante esta disyuntiva, la audacia, en todas sus dimensiones, se vuelve una buena consejera.
Una audacia que implica, en primer lugar, elegir. Frente a la vocación de intentar contarlo todo, ser audaz desde una marca supone escoger algo específico y relevante que expresar. También implica avanzar por caminos inexplorados, anticiparse a lo que ya está en todos lados, ser ambicioso a la hora de plasmarlo y romper los formatos y canales para encontrar relevancia en la conversación.
Es evidente que ninguna marca o compañía quiere lanzarse al vacío de una piscina sin agua, pero ser audaz no es lo mismo que ser temerario. Para trabajar la audacia de una manera eficaz es necesario construir a favor de las conversaciones que ya existen, gestionar los riesgos, y conectar la idea con su representación visual o verbal.