La expansión de la fuerza laboral ha sido un factor de crecimiento silencioso y poderoso en América Latina. El aumento progresivo del número de personas trabajando ha permitido el desarrollo económico aun con bajos niveles de inversión y productividad, sin embargo, el tiempo alcanzó a la región.
Latinoamérica envejece; la apuesta ahora es en productividad
Entre 1997 y 2022, más de la mitad del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de América Latina, fue impulsado por el aumento en el número de personas que se integraban al mercado de trabajo. Esta dinámica fue decisiva para mantener el consumo y ampliar la clase media.
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Ahora, las proyecciones muestran un punto de inflexión. Para 2040, uno de cada seis habitantes en América Latina tendrá más de 65 años. En 2050, esa proporción subirá a uno de cada cinco. Con esto, el crecimiento de la fuerza laboral se desacelera y se proyecta que será negativo hacia mediados de siglo.
El costo del envejecimiento
La presión demográfica tiene repercusiones fiscales. El gasto en seguridad social asociado a la población mayor se duplicará como porcentaje del PIB entre 2020 y 2050. Pensiones, salud y cuidados de largo plazo aumentarán su peso en las cuentas públicas.
La región ya convive con brechas relevantes en ahorro interno (cerca del 18% de su PIB), baja inversión en capital humano y una productividad estancada. En un contexto global de tasas de interés elevadas, acceso al financiamiento más limitado y menor apetito al riesgo, la presión será mayor.
El escenario es desafiante, aunque la solución ya existe y es elevar la productividad, es decir que, requerimos producir más con los mismos recursos. Para lograrlo hay tres ejes que son fundamentales.
El primero es la adopción tecnológica. Sectores como manufactura, servicios financieros, salud y agroindustria, tiene un amplio potencial en la implementación de automatización, análisis de datos, inteligencia artificial y digitalización. Pero el uso de estas tecnologías sigue siendo limitado. Ampliar su adopción requiere inversión, capacitación y marcos regulatorios que acompañen el cambio.
El segundo eje es el capital humano. Las brechas de habilidades en América Latina son amplias. La reconversión laboral (reskilling) y la mejora de capacidades técnicas (upskilling) serán esenciales para que la fuerza laboral no quede rezagada frente al cambio tecnológico. Modelos de educación dual, formación continua y alianzas entre empresas, instituciones y centros de formación pueden acelerar el proceso.
El tercero es un entorno propicio para invertir. La región necesita atraer capital que permita modernizar su aparato productivo. Eso implica priorizar sectores con potencial para escalar la productividad. Sectores como el de dispositivos médicos, vehículos eléctricos, servicios digitales, agroalimentario y minerales críticos, ya muestran casos de éxito en distintos países. Escalarlos es una decisión estratégica.
Una oportunidad para transformar
Duplicar el ritmo de crecimiento de la productividad no es una meta utópica. Países con características comparables lo han logrado.
De acuerdo con nuestro reporte Seizing the moment: Latin America’s productivity opportunity, si América Latina consigue aumentar su productividad anual en 1.5 a 2 puntos porcentuales, el PIB regional podría ubicarse entre 8.9 y 10.3 billones de dólares para 2040. Eso marcaría la diferencia entre seguir siendo una región de ingreso medio o alcanzar el umbral de ingreso alto, según el marco de referencia del Banco Mundial.
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No se trata solo de cifras. Se trata de contar con los recursos para invertir en educación, salud, infraestructura y movilidad social. La productividad no es un concepto abstracto. Es la base para sostener el crecimiento y para evitar que el envejecimiento se convierta en un desacelerador económico.
América Latina ha tenido una oportunidad demográfica que no se repetirá. El reto ahora es convertir esa ventaja pasada en una estrategia de futuro. Elevar la productividad no será fácil, pero es el camino para mantener el crecimiento económico y la estabilidad social en las próximas décadas.
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Nota del editor: Marina Cigarini es socia Senior y Managing Partner de McKinsey & Company México. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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