La lógica parece simple: si cada número está vinculado a una persona identificable, será más fácil rastrear a quien comete un ilícito. El problema es que esa visión parte de un supuesto que rara vez se cumple: que los sistemas tecnológicos son infalibles y que los datos estarán siempre seguros. La experiencia demuestra totalmente lo contrario.
Un registro nacional de telefonía implica concentrar millones de datos personales en una sola infraestructura. Dependiendo del modelo, puede incluir nombres, identificaciones oficiales, datos biométricos o elementos que permiten la plena identificación de las personas. Desde el punto de vista de la ciberseguridad, eso no es solo una base de datos: es un objetivo de altísimo valor para grupos criminales, ciberdelincuentes y redes de fraude.
No hace falta imaginar escenarios sofisticados. Basta con una mala configuración, una contraseña expuesta, un acceso indebido o una vulnerabilidad sin corregir para que ocurra una filtración masiva. Cuando eso pasa, el daño no es institucional, es personal. La información termina en mercados clandestinos, se usa para suplantar identidades, abrir cuentas bancarias, contratar servicios o cometer fraudes a nombre de terceros. Lo que se diseñó para dar seguridad termina multiplicando el riesgo.
A eso se suma un segundo problema: la verificación de identidad. Registrar una línea no garantiza que quien figura como titular sea quien realmente la usa. De hecho, los esquemas obligatorios suelen detonar nuevos mercados ilegales: venta de identidades, uso de documentos falsos, registros realizados con datos de terceros sin su consentimiento. Incluso comienzan a verse casos de suplantaciones apoyadas en tecnología, como videos manipulados para pasar controles de validación remota. El resultado es un sistema que aparenta formalidad, pero que en la práctica puede estar lleno de identidades ficticias o prestadas.