En días pasados, el grupo conocido como Chronus Team hizo pública una cantidad considerable de información extraída de diversas dependencias en México. Más allá del renombre del colectivo o del ruido mediático que suele acompañar estos eventos, lo verdaderamente relevante es otra cosa: la exposición de datos que pueden afectar directamente a personas reales, con consecuencias que van mucho más allá del ámbito técnico y los tristes pronunciamientos de autoridades al decir que no ha pasado nada.
El silencio de las filtraciones
Cada filtración masiva de información gubernamental no es solo un “incidente informático”. Es un evento de riesgo social. Los datos que terminan circulando en foros clandestinos, canales privados o repositorios abiertos no se quedan ahí por curiosidad. Se descargan, se replican, se cruzan con otras bases previamente filtradas y se convierten en materia prima para fraudes, suplantaciones de identidad, extorsiones y ataques dirigidos. Lo que para algunos es solo un archivo, para otros es la oportunidad de construir perfiles completos de personas que nunca supieron que su información estaba en juego.
Sin embargo, la reacción institucional ante este tipo de episodios suele seguir un patrón conocido: minimizar. Se pone en duda la autenticidad de los datos, se afirma que son “antiguos”, “no sensibles” o “incompletos”, y se transmite la idea de que el impacto es marginal. El problema de esa narrativa no es político, es de ciberseguridad. Minimizar impide gestionar adecuadamente el riesgo.
Cuando desde las autoridades se envía el mensaje de que “no pasa nada”, se bloquea un elemento esencial en la gestión de incidentes: la conciencia. Sin reconocimiento del problema no hay presión para corregir vulnerabilidades, fortalecer controles de acceso, revisar configuraciones, capacitar personal o invertir en protección. La negación se convierte en una segunda brecha, esta vez institucional, e incluso social.
El contexto actual vuelve esta situación todavía más delicada. La protección de datos personales atraviesa una etapa de debilitamiento institucional y de incertidumbre sobre quién debe vigilar, sancionar y exigir cuentas cuando la información de las personas se ve comprometida. En ese escenario, las filtraciones corren el riesgo de tratarse únicamente como fallas técnicas y no como violaciones a derechos.
Esa diferencia es crucial. Cuando se habla solo de “sistemas vulnerados”, se pierde de vista que detrás de cada registro hay una persona identificable, con nombre, historia y vida digital. Son esas personas quienes enfrentan las consecuencias cuando su información se usa para abrir créditos fraudulentos, suplantar identidades o realizar extorsiones. Sin un enfoque claro de protección de datos, la discusión se queda en servidores y plataformas, y se olvida a los titulares de la información.
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Analizar estas filtraciones tampoco implica glorificar a quienes las realizan, pero si reconocer el detalle técnico que y nivel de habilidad utilizado. Este ataque nos muestra claramente: debilidades estructurales, fallas en la gestión de seguridad, ausencia de cultura de protección de datos y poca transparencia en la respuesta. El verdadero problema no es que exista alguien capaz de vulnerar sistemas; eso es una constante global. El problema es que, cada vez que ocurre, se intente reducir el tema a un episodio menor.
La ciberseguridad no se construye solo con herramientas tecnológicas. Se construye con cultura institucional, con protocolos claros, con rendición de cuentas y con la convicción de que proteger bases de datos públicas es proteger a las personas. Cuando la reacción es el silencio o la minimización, se envía un mensaje peligroso: que la exposición de información es un daño colateral aceptable.
Mientras las filtraciones masivas sigan tratándose como anécdotas incómodas y no como señales de un problema estructural, el país seguirá reaccionando tarde y mal. Y en ese proceso, millones de personas permanecerán expuestas sin siquiera saber que su información ya circula fuera de control.
El riesgo no empieza cuando un grupo publica los datos. Empieza cuando, frente a esa realidad, decidimos mirar hacia otro lado.
Tenemos un debate enorme en la mesa, y al parecer los difuntos organismos autónomos habrían hecho al menos un pronunciamiento cuerdo…
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Nota del editor: Carlos Ramírez Castañeda es especialista y apasionado por el Derecho Informático, particularmente en ramas de Ciberseguridad, Cibercriminalidad y Ciberterrorismo. Tiene un Máster en Derecho de las Nuevas Tecnologías de la Información y Comunicaciones de Santiago de Compostela España, Doctor en Administración y Políticas Públicas de México. Es colaborador de diversas instituciones académicas y gubernamentales, profesional siempre interesado en temas de ciberprevención particularmente con sectores vulnerables. Síguelo en Twitter como @Ciberagente . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.
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