Mientras la atención internacional se concentra en ejércitos, alianzas militares y estrategias de seguridad, gran parte de la resiliencia que permite a las sociedades sobrevivir a los conflictos armados descansa sobre una arquitectura mucho menos visible. Esa arquitectura está compuesta por economías de supervivencia, redes comunitarias y sistemas de apoyo que sostienen la continuidad de la vida cotidiana aun cuando las instituciones formales se encuentran bajo presión. En muchos de esos espacios, las mujeres desempeñan un papel central.
Las arquitectas invisibles de la resiliencia en tiempos de guerra
La historia ofrece múltiples ejemplos de esta dinámica. Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, millones de mujeres ingresaron al mercado laboral para reemplazar a los hombres movilizados al frente. En Estados Unidos, la fuerza laboral femenina pasó de alrededor de 27 millones en 1940 a más de 37 millones en 1945, transformando de manera estructural el mercado laboral durante el esfuerzo de guerra. En el Reino Unido el cambio fue igualmente profundo: para 1943 más de siete millones de mujeres trabajaban en fábricas, transporte, agricultura o servicios médicos mientras las ciudades eran bombardeadas y millones de hombres combatían en el frente. Más del 90% de las mujeres solteras en edad laboral participaban en actividades vinculadas al esfuerzo de guerra. Este esfuerzo permitió sostener la producción industrial y agrícola en condiciones extremas y sentó las bases para transformaciones sociales duraderas en el mercado laboral.
Aunque los conflictos contemporáneos presentan contextos distintos, la lógica de resiliencia social sigue mostrando patrones similares. La invasión rusa de Ucrania en 2022 generó una movilización militar masiva y el desplazamiento de millones de personas. En ese contexto, las mujeres han asumido responsabilidades económicas y organizativas clave. Organizaciones como el Ukrainian Women’s Fund, creado en 2000 para fortalecer iniciativas lideradas por mujeres, han financiado proyectos orientados al emprendimiento femenino, la recuperación económica local y el apoyo a comunidades afectadas por la guerra. Paralelamente, organizaciones de la sociedad civil como Divchata, que ofrece asistencia psicológica, apoyo legal y espacios seguros para mujeres y niños desplazados, han ampliado su presencia en distintas regiones del país desde el inicio del conflicto.
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La escala de esta movilización es significativa. Programas respaldados por UN Women han apoyado a más de 65 organizaciones lideradas por mujeres en distintas regiones de Ucrania, muchas de ellas involucradas en la distribución de ayuda humanitaria, la atención a personas desplazadas y el sostenimiento de redes comunitarias. En ciudades afectadas por la guerra, estas organizaciones han contribuido a mantener servicios básicos y formas mínimas de organización social, evidenciando cómo la resiliencia económica y social depende con frecuencia de iniciativas que operan fuera de las estructuras estatales tradicionales.
Los desplazamientos masivos forman parte inevitable de las grandes guerras. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Europa enfrentó uno de los mayores movimientos de población de la historia moderna. Entre 1944 y 1950, alrededor de 40 millones de personas fueron desplazadas en el continente, y cerca de 11 millones vivían en campos de desplazados administrados por los Aliados en 1945. En esos espacios surgieron redes comunitarias que permitieron reorganizar la vida social y económica de poblaciones enteras.
Hoy, aunque el contexto internacional es distinto, el patrón se repite. Desde la invasión rusa de 2022, más de seis millones de ucranianos han buscado refugio en otros países europeos, mientras que más de tres millones permanecen desplazados dentro del propio país, según datos de ACNUR. En total, el conflicto ha obligado a desplazarse a más de diez millones de personas, aproximadamente una cuarta parte de la población de Ucrania antes de la guerra. La mayoría de estos refugiados adultos son mujeres con hijos, ya que los hombres en edad militar deben permanecer en el país. En ciudades de Polonia, Alemania o España, muchas mujeres ucranianas han tenido que reconstruir en pocos meses las bases de la vida cotidiana: encontrar empleo, inscribir a sus hijos en escuelas, aprender nuevos idiomas y organizar redes de apoyo entre comunidades desplazadas.
Dinámicas similares pueden observarse en otros conflictos contemporáneos. En Gaza y en diversas zonas del Medio Oriente afectadas por ciclos recurrentes de violencia, la destrucción de infraestructura y las restricciones al comercio han debilitado profundamente las economías locales. Sin embargo, numerosas organizaciones lideradas por mujeres continúan operando incluso en condiciones extremas. Según datos de UN Women, aproximadamente el 83% de las organizaciones de mujeres en Gaza continuaron activas durante los momentos más intensos del conflicto reciente, proporcionando asistencia humanitaria, distribución de alimentos y apoyo a familias desplazadas.
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Estas organizaciones no solo prestan ayuda de emergencia. También actúan como intermediarias entre comunidades locales y organizaciones internacionales, facilitando la distribución de recursos y el funcionamiento de redes de apoyo. En contextos donde la infraestructura estatal se encuentra debilitada o fragmentada, estas iniciativas constituyen una forma de organización social que permite sostener la vida cotidiana en medio de la crisis.
Sudán ofrece otro ejemplo de cómo las redes comunitarias lideradas por mujeres se convierten en pilares de resiliencia social durante los conflictos. Desde el estallido de la guerra en 2023, millones de sudaneses han sido desplazados dentro del país o hacia países vecinos. En numerosas ciudades y campamentos improvisados han surgido cocinas comunitarias organizadas por voluntarios para alimentar a familias desplazadas. Muchas de estas iniciativas forman parte de redes coordinadas por mujeres y conectadas a plataformas como Peace for Sudan, una iniciativa respaldada por UN Women que articula organizaciones femeninas involucradas en la respuesta humanitaria y en esfuerzos de mediación comunitaria.
Este tipo de dinámicas rara vez ocupa un lugar central en el análisis geopolítico. Los debates públicos sobre la guerra suelen centrarse en estrategias militares, alianzas internacionales o balances de poder entre Estados. Sin embargo, la continuidad de las sociedades depende de procesos mucho más cotidianos: la capacidad de producir alimentos, sostener redes de apoyo comunitario, educar a los niños y reconstruir economías locales después de la destrucción.
La historia del siglo XX y los conflictos actuales muestran que esas funciones no son marginales. Son, en realidad, fundamentales para evitar el colapso social. Las economías de resiliencia, los sistemas de apoyo en contextos de desplazamiento y los procesos de reconstrucción comunitaria constituyen una infraestructura silenciosa que permite a las sociedades atravesar periodos de violencia y, eventualmente, reconstruirse.
Reconocer el papel que las mujeres desempeñan en estos procesos no implica romantizar la guerra ni ignorar sus consecuencias humanas. Al contrario, permite comprender con mayor claridad los mecanismos sociales que hacen posible la supervivencia colectiva en circunstancias extremas.
Porque, más allá de las estrategias militares y las decisiones de los gobiernos, la continuidad de la vida social depende con frecuencia de quienes sostienen las redes cotidianas que mantienen unida a una comunidad incluso en medio de la guerra. Y en muchos casos, esas arquitectas invisibles son mujeres.
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Nota del editor: Fernanda Vidal-Correa es profesora investigadora de la Universidad Panamericana, Campus México. Doctora en Ciencia Política por el Departamento de Politics de la University of Sheffield. Maestra en Metodologías de Investigación Científica por ese mismo Departamento. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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