En el ecosistema corporativo, existen líderes que accionan y otros que reaccionan. La diferencia entre ambos no la define un MBA ni los años de trayectoria, sino lo que se activa - o no - internamente, de manera automática, cuando el entorno se percibe como amenazante.
¿Quién se sienta en la silla del CEO? El costo oculto de liderar desde la herida
Este fenómeno se ve más de lo que se reconoce y se manifiesta de formas tan diversas como la personalidad misma. No solo aparece en el líder que se vuelve territorial cuando alguien destaca; también se manifiesta en quién se paraliza ante la toma de decisiones por exceso de análisis, en quién evita conversaciones difíciles para mantener una aparente armonía o en quién exige que todo se haga “a su modo” al punto que termina asfixiando la creatividad de su equipo.
Cuando una persona lidera desde la herida, no responde al presente. Reacciona desde historias que se activan y desde mecanismos de adaptación que alguna vez fueron necesarios, pero que hoy distorsionan la forma en que percibe, decide y se relacionan.
Y esto no es solo un tema de carácter, es un problema de liderazgo. Porque cuando no somos conscientes de lo que nos habita, eso termina dirigiendo nuestras decisiones e inevitablemente nuestros resultados.
Ahí es donde aparece el costo oculto de ignorar la historia emocional que nos habita, eso que muchas veces se resume en lo que llamamos el niño interior: decisiones tomadas desde el miedo en lugar de la claridad, relaciones deterioradas por reacciones automáticas, equipos que se adaptan a la emocionalidad del líder en lugar de alinearse con una visión común y culturas organizacionales que terminan normalizando la desconexión.
Porque el problema no es solo lo que un líder hace, es desde dónde lo hace. Liderar no elimina la historia personal, la expone.
Y es precisamente ahí donde esta conversación deja de ser incómoda para volverse relevante.
Durante años hemos hablado de habilidades técnicas, de liderazgo estratégico, de inteligencia emocional, pero pocas veces llevamos la conversación a un lugar más profundo: el estado interno desde el cual una persona habita su rol, especialmente en esos momentos donde deja de reaccionar estratégicamente y empieza a reaccionar automáticamente.
Hoy, las principales escuelas de negocio están coincidiendo en algo: el mayor diferencial de un líder no está en su conocimiento o experiencia, sino en su capacidad de gestionarse a sí mismo.
Y eso empieza cuando nos atrevemos a observar lo que en este espacio he descrito como heridas, historias o patrones, y que, en el lenguaje corporativo, se nombra de otra forma: motivadores internos, sesgos inconscientes o brechas en la autorregulación emocional.
Es el mismo fenómeno solo que con otro nombre.
Porque, más allá del término que se utilice, estamos hablando de aquello que se activa automáticamente cuando el líder percibe presión, incertidumbre o amenaza. Y que termina influyendo, muchas veces sin que lo note, en la forma en que decide, comunica y ejerce su rol.
Y es ahí donde el foco cambia de lo que el líder hace a lo que lo mueve. El líder que necesita tener el control absoluto no siempre está gestionando una operación. Muchas veces está intentando sostener una sensación de seguridad interna que en algún momento fue incierta. El que evita el conflicto no necesariamente está cuidando al equipo, puede estar evitando una incomodidad emocional que no aprendió a sostener.
El que busca validación constante en resultados o reconocimiento externo no siempre está orientado al logro, puede estar intentando compensar una sensación interna de insuficiencia. Y nada de esto es evidente a simple vista pero está y se siente.
Tal vez por eso, hoy, más que incorporar nuevas metodologías o frameworks, el verdadero punto de inflexión está en empezar a hacerse mejores preguntas:
- ¿Qué se activa en mí cuando alguien cuestiona una decisión?
- ¿Desde dónde estoy actuando en este momento: claridad o algún mecanismo como necesidad de control, perfeccionismo, sobre análisis, etc?
- ¿Qué emoción estoy evitando?
- ¿Quién está sentado en la silla del CEO?
- ¿Estoy respondiendo a lo que ocurre hoy o a algo que ya viví antes?
Porque en un entorno donde la incertidumbre es constante, la capacidad de observarse, regularse y elegir cómo responder, no solo mejora el liderazgo, lo redefine.
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Nota del editor: Marcela Tapias es formadora y acompañante en procesos de transformación personal y liderazgo emocional, con más de 15 años de experiencia trabajando con individuos, equipos y organizaciones. Desde un enfoque integrativo que articula mente, emoción y cuerpo, ha desarrollado programas y espacios de acompañamiento orientados al autoconocimiento, la regulación emocional y la coherencia interna. Síguela en Instagram como @marcetapiasg y/o escríbele a marcelatapiashdc@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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