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Revista Digital
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La economía de lo instantáneo

Seamos honestos, la inmediatez ya no tiene edad. Todos hemos sido entrenados por el ecosistema digital para esperar menos, decidir más rápido y frustrarnos con mayor facilidad.
Hombre sostiene un teléfono inteligente haciendo compras en línea y pagos bancarios. Fondo borroso.
La economía de lo instantáneo se ve en muchos lugares, pero quizá uno de sus síntomas más claros es el auge del “compra ahora, paga después”, apunta Francisco J. Orozco. (jamesteohart/Shutterstock / jamesteohart)

Hace unos días me quedé pensando en algo que parece mínimo, casi ridículo: el botón de “Skip Intro” de Netflix. Ese pequeño botón que nos permite saltarnos los primeros segundos de una serie. La promesa es simple: no esperes, no pierdas tiempo, ve directo a lo que quieres.

Entonces pensé: si ya no toleramos ni 15 segundos para que empiece una serie, ¿cómo le pedimos a alguien que espere 30 años para que el interés compuesto haga lo suyo?

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A esta lógica me atrevo a llamarle “la economía de lo instantáneo”: un ecosistema de consumo, tecnología y decisiones financieras donde la recompensa inmediata se vuelve el valor dominante, incluso cuando los grandes desafíos personales y sociales exigen paciencia, planeación y visión de largo plazo. No es una categoría económica formal (una gran disculpa, amigos economistas), pero describe con precisión una forma de vivir el consumo, el crédito, el tiempo y el futuro.

No es solamente que queramos las cosas rápido. Es que hemos construido una vida alrededor de la respuesta inmediata. Pedimos comida y seguimos en el mapa al repartidor. Compramos ropa que llega en días. Recibimos respuestas en segundos. Elegimos una serie entre miles de opciones. Ya no esperamos el disco completo de un artista; consumimos canción por canción. Deslizamos, saltamos, compramos, contestamos, compartimos. Todo parece estar diseñado para reducir la espera.

Y sí, al principio podríamos pensar que este es un tema exclusivo de las nuevas generaciones. Pero seamos honestos, la inmediatez ya no tiene edad. Todos hemos sido entrenados por el ecosistema digital para esperar menos, decidir más rápido y frustrarnos con mayor facilidad.

Jonathan Haidt, psicólogo social de NYU Stern, lo plantea con fuerza en The Anxious Generation. Su tesis central es que, a partir de la masificación del smartphone y las redes sociales, la infancia basada en el juego fue desplazada por una infancia basada en el teléfono, con efectos importantes en la salud mental de adolescentes y jóvenes.

Pero el punto no es solamente psicológico. También es económico.

La economía conductual lleva años explicando que los seres humanos no siempre tomamos decisiones racionales de largo plazo. Daniel Kahneman y Richard Thaler ayudaron a mostrar que nuestras decisiones están llenas de sesgos, atajos mentales y contradicciones. Uno de ellos es el descuento hiperbólico: la tendencia a valorar de forma desproporcionada la recompensa inmediata frente al beneficio futuro.

Dicho con manzanitas: preferimos el placer de hoy aunque nos cueste el bienestar de mañana.

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Por eso ahorrar para el retiro cuesta. Por eso endeudarse se siente fácil. Por eso comprar algo en tres clics puede ser más atractivo que esperar, comparar o renunciar. El problema no es que seamos flojos, irresponsables o incapaces de pensar. El problema es que nuestro cerebro no fue diseñado para resistir una arquitectura digital y comercial que nos ofrece recompensas inmediatas todo el tiempo.

Walter Mischel lo ilustró con el famoso experimento del malvavisco: la capacidad de postergar una recompensa se vinculó, años después, con mejores resultados en distintos aspectos de la vida. Anna Lembke, desde otra mirada, habla en Dopamine Nation de una sociedad sobreestimulada, donde cada vez necesitamos más estímulos para sentir satisfacción.

Ahí está el punto: no solo queremos todo rápido; además nos sentimos culpables si no lo conseguimos rápido.

La economía de lo instantáneo se ve en muchos lugares, pero quizá uno de sus síntomas más claros es el auge del “compra ahora, paga después”. Antes, el crédito solía asociarse con decisiones grandes: una casa, un coche, un negocio, quizá una emergencia. Hoy también aparece en compras pequeñas, cotidianas, impulsivas. Se divide el presente en pagos aparentemente manejables, pero se llena el futuro de compromisos invisibles.

La gran paradoja es que vivimos en la era de la gratificación inmediata, pero los grandes retos de esta generación son profundamente de largo plazo: retiro, vivienda, salud mental, cambio climático, precariedad laboral, longevidad, automatización y reconversión profesional. Nunca habíamos necesitado pensar tanto en el futuro justo cuando más entrenados estamos para escapar de él.

El caso del retiro es brutal. La vida financiera nos exige tomar decisiones durante décadas: ahorrar, invertir, construir patrimonio, protegernos, planear. Pero el entorno nos empuja a vivir en modo presente permanente. Hoy compro. Hoy pago después. Hoy me distraigo. Hoy resuelvo. Mañana vemos.

¿Y qué pasa cuando ese “mañana vemos” se convierte en una estrategia de vida?

Pasa que llegamos tarde a decisiones que necesitaban tiempo. Tarde al ahorro. Tarde a la inversión. Tarde a la prevención. Tarde al cuidado de la salud. Tarde a la construcción de habilidades. Tarde a preguntarnos qué tipo de vida queremos sostener en el futuro.

La economía de lo instantáneo no es solo comprar rápido: es vivir con la sensación de que todo debe resolverse ya. Que si no tengo éxito rápido, voy tarde. Que si no contesto rápido, quedo mal. Que si no compro hoy, me lo pierdo. Que si no produzco, no valgo.

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Pero la vida financiera no funciona así.

La estabilidad se construye lento. El patrimonio se construye lento. La confianza se construye lento. La salud mental también. Y quizá esa sea una de las grandes tareas educativas de nuestro tiempo: volver a enseñar la paciencia como una competencia económica.

Porque el futuro no tiene botón de “Skip Intro”. Y aunque nos incomode, todavía hay decisiones que solo dan fruto cuando aprendemos a esperar.

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Nota del editor: Francisco J. Orozco es director nacional del programa: Licenciatura en Contaduría y Finanzas (LCPF). Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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