Una serie de atributos que se compaginan con nuestra geografía envidiable: país bioceánico y bisagra entre el Norte y el Sur, tercera frontera con el Caribe, un bono asentado en los jóvenes, vastos recursos naturales, una biodiversidad privilegiada, aunado a nuestro emblemático peso histórico y cultural. ¿Podremos establecer una política exterior de acuerdo con nuestra talla internacional?
La fórmula pasa por acreditar nuestras fortalezas en el escenario mundial y jugar con las equivalencias de nuestra estatura regional, sacando provecho de las oportunidades históricas y de los contextos geopolíticos, siempre guiados por el interés nacional.
El arte de vincularnos con el mundo requiere comprender el juego de actores, contextos, interdependencias y transacciones y de vislumbrar las grandes tendencias que marcan el siglo XXI, así como activar la disposición política y diplomacia de recursos para posicionar el rol de México, previa revalorización de nuestro prestigiado servicio exterior.
No hay que olvidar que los grandes temas nacionales también son asuntos de carácter regional y global. El narcotráfico y las redes del crimen organizado trasnacional que nos acechan, vulneran la seguridad ciudadana, un grito también anclado a factores relacionados con Estados Unidos y América Latina. El complicado reto de la migración requiere de una visión regional compartida, a propósito de ser gestionada con base en derecho y respeto a las libertades de los inmigrantes, un esfuerzo inútil si optamos por trabajar de manera aislada.
De manera similar, el cambio climático requiere de acciones concertadas a nivel multilateral para mitigar la huella del carbono planetario y transitar hacia una matriz energética sostenible, no sin desdeñar los cambios revolucionarios en las industrias de las tecnologías avanzadas. Debemos actuar con el interés nacional en mano, pero con perspectiva global.
¿Cómo capitalizar oportunidades para lograr que nuestra política exterior sea palanca del desarrollo nacional? El tema no es menor. Se trata de las relaciones de México con el mundo y de cómo estás relaciones se pueden traducir en bienestar tangible para la población y en un reductor de la desigualdad social.
Precisamente, perdemos de vista que nuestra inserción en el mundo se convierte en un arma todopoderosa para generar empleos, inversiones, becas, programas de intercambios y capacitación, asistencia técnica y cooperación, todo un paraguas que podemos aprovechar si dejamos de privilegiar esta mirada ombliguera y provinciana que ha caracterizado nuestra relación con el mundo.