En 2025, la editorial estadounidense Merriam-Webster eligió la palabra “slop” para describir el año. El término se popularizó para nombrar ese cúmulo de contenido basura que inunda internet como videos sin fondo, que anestesian el cerebro y no aportan valor. El problema es que este fenómeno no se ha quedado en redes sociales, sino que también se coló al mundo del trabajo y se conoce como “workslop”.
El “workslop” se manifiesta en entregas que lucen bien a primera vista, pero que se desmoronan al revisarlas con cuidado. Documentos bien redactados, pero con ideas desordenadas. Investigaciones largas, sin contexto ni fuentes confiables. Bases de datos llenas de errores. Presentaciones visualmente espectaculares, sin una narrativa clara ni una conclusión útil. Todo hecho a gran velocidad y vendido como productividad, cuando en realidad requiere más correcciones, más desgaste y, en el peor de los casos, deriva en pérdida de credibilidad de los equipos y de la organización.
La pregunta clave es por qué su adopción ha tenido estos resultados indeseables. La respuesta apunta a errores de gestión que se replican desde la alta dirección hasta los niveles operativos, según una investigación publicada en Harvard Business Review la semana pasada.
Por un lado, muchas empresas han caído en una presión casi irracional por usar IA. El bombardeo de mensajes es constante con frases como “crece tus ventas con IA”, “optimiza a tu equipo con IA”, “no te quedes atrás”. En ese contexto, las personas que toman decisiones sienten que integrar IA es urgente, pero no se dan el tiempo de cuestionar en qué procesos tiene sentido usarla, qué problema concreto quieren resolver y qué tienen que hacer los equipos en específico. En lugar de eso, lanzan mandatos ambiguos para usar la IA, asumiendo que cada quien sabrá cómo hacerlo y llegarán a un equilibrio eficiente. No sucede así.