Hoy el riesgo es distinto: que ambas percepciones comiencen a alinearse en el mismo eje de preocupación.
De acuerdo con la encuesta “¿Qué le preocupa al mundo?” de la agencia de investigación Ipsos: el 59% de los mexicanos considera que el crimen y la violencia son el principal problema del país. México se ubica entre los tres países con mayor preocupación en ese rubro a nivel global. Al mismo tiempo, 56% evalúa negativamente la situación económica y la percepción de que el país “va en la dirección correcta” cayó diez puntos en un año.
Estos datos no son anecdóticos. Son señales de clima reputacional integral.
Cuando ese clima coincide con titulares internacionales que enfatizan violencia, inestabilidad o presión externa, el efecto se multiplica. No se trata de que la realidad sea homogénea ni de que el país esté fuera de control. Se trata de cómo se configura el marco dominante de interpretación.
En días recientes, con el abatimiento del líder del cártel de las cuatro letras, el titular no fue “Gobierno mexicano detiene a poderoso líder y elimina red criminal”. En cambio, fue: “Decenas de ciudades incendiadas y atemorizadas por atentados del narco en México”.
Y eso ha sido un golpe duro, emocional, para quienes viven o tienen intereses en México, y un golpe estratégico para la percepción del país a nivel global.
La reputación país no se define sólo por indicadores macroeconómicos. También se construye a partir de la coherencia entre narrativa institucional, percepción ciudadana y cobertura internacional.
En el pasado reciente, México enfrentó momentos de invisibilidad estratégica en foros económicos globales, como Davos. La conversación internacional giraba en torno a otras economías emergentes. Esa ausencia también tiene costos: cuando un país no ocupa espacio narrativo en temas de crecimiento, innovación o inversión, cede protagonismo y posicionamiento que después podría usar a su favor en situaciones de crisis. Es el ABC del blindaje reputacional: construir capital simbólico cuando el entorno es favorable para poder administrarlo cuando no lo es.
Hoy la exposición existe, pero con un encuadre más complejo. El riesgo no es estar en la conversación. Es no diseñar el marco bajo el cual se participa en ella.
En entornos de alta sensibilidad, la comunicación pública suele optar por mensajes categóricos: control total, ausencia de riesgo, normalidad garantizada. Sin embargo, en mercados sofisticados, las garantías absolutas generan más escrutinio que tranquilidad. Inversionistas, analistas y socios comerciales no buscan afirmaciones contundentes; buscan sistemas visibles, datos verificables y consistencia en el tiempo.