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México y su reputación. Cuando la narrativa interna y la externa empiezan a coincidir

La reputación país no se define sólo por indicadores macroeconómicos. También se construye a partir de la coherencia entre narrativa institucional, percepción ciudadana y cobertura internacional.
mié 25 febrero 2026 06:02 AM
Operación cicatriz
México tiene fortalezas estructurales claras: integración comercial con Norteamérica, base manufacturera robusta, capacidad exportadora, demografía favorable y una cultura abierta al visitante. Pero esas ventajas operan en un entorno de percepción que —cuando no se gestiona estratégicamente—, puede erosionar valor, apunta Rogelio Blanco Martínez. (iStock)

Durante años, uno de los mayores desafíos reputacionales de México fue la brecha entre percepción interna y percepción internacional. Afuera, el país era visto como un destino atractivo para manufactura, turismo y relocalización industrial; se escuchaba que había problemas, pero muy focalizados, se decía. Adentro, la conversación pública giraba en torno a violencia, corrupción e incertidumbre social.

Esa asimetría ofrecía cierto margen estratégico. La narrativa externa podía compensar tensiones internas.

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Hoy el riesgo es distinto: que ambas percepciones comiencen a alinearse en el mismo eje de preocupación.

De acuerdo con la encuesta “¿Qué le preocupa al mundo?” de la agencia de investigación Ipsos: el 59% de los mexicanos considera que el crimen y la violencia son el principal problema del país. México se ubica entre los tres países con mayor preocupación en ese rubro a nivel global. Al mismo tiempo, 56% evalúa negativamente la situación económica y la percepción de que el país “va en la dirección correcta” cayó diez puntos en un año.

Estos datos no son anecdóticos. Son señales de clima reputacional integral.

Cuando ese clima coincide con titulares internacionales que enfatizan violencia, inestabilidad o presión externa, el efecto se multiplica. No se trata de que la realidad sea homogénea ni de que el país esté fuera de control. Se trata de cómo se configura el marco dominante de interpretación.

En días recientes, con el abatimiento del líder del cártel de las cuatro letras, el titular no fue “Gobierno mexicano detiene a poderoso líder y elimina red criminal”. En cambio, fue: “Decenas de ciudades incendiadas y atemorizadas por atentados del narco en México”.

Y eso ha sido un golpe duro, emocional, para quienes viven o tienen intereses en México, y un golpe estratégico para la percepción del país a nivel global.

La reputación país no se define sólo por indicadores macroeconómicos. También se construye a partir de la coherencia entre narrativa institucional, percepción ciudadana y cobertura internacional.

En el pasado reciente, México enfrentó momentos de invisibilidad estratégica en foros económicos globales, como Davos. La conversación internacional giraba en torno a otras economías emergentes. Esa ausencia también tiene costos: cuando un país no ocupa espacio narrativo en temas de crecimiento, innovación o inversión, cede protagonismo y posicionamiento que después podría usar a su favor en situaciones de crisis. Es el ABC del blindaje reputacional: construir capital simbólico cuando el entorno es favorable para poder administrarlo cuando no lo es.

Hoy la exposición existe, pero con un encuadre más complejo. El riesgo no es estar en la conversación. Es no diseñar el marco bajo el cual se participa en ella.

En entornos de alta sensibilidad, la comunicación pública suele optar por mensajes categóricos: control total, ausencia de riesgo, normalidad garantizada. Sin embargo, en mercados sofisticados, las garantías absolutas generan más escrutinio que tranquilidad. Inversionistas, analistas y socios comerciales no buscan afirmaciones contundentes; buscan sistemas visibles, datos verificables y consistencia en el tiempo.

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Si México fuera una empresa que prepara una oferta pública inicial o un lanzamiento global de alto impacto, no improvisaría. Activaría un centro de coordinación narrativa internacional que alineara seguridad, economía y relaciones exteriores bajo un mismo mensaje estratégico. Desarrollaría briefings segmentados por audiencia —no se comunica igual a ciudadanos que a fondos de inversión o prensa financiera internacional—. Designaría voceros técnicos capaces de explicar con precisión jurídica y operativa lo que está ocurriendo. Publicaría reportes periódicos de estabilización territorial basados en datos verificables. Y, sobre todo, articularía un relato coherente entre seguridad y desarrollo económico.

Un país no debería operar con menos rigor que una empresa listada.

La gestión reputacional a escala nacional exige arquitectura, no declaraciones aisladas.

Además, la percepción interna importa más de lo que a veces se reconoce. Cuando una mayoría significativa identifica la violencia como su principal preocupación, esa percepción influye en consumo, inversión y expectativas. El debilitamiento del Índice de Confianza del Consumidor no es solo un dato económico; es un termómetro psicológico. La caída en subíndices relacionados con situación actual e inversión refleja cautela, no solo cifras.

La confianza es un activo intangible, pero con consecuencias tangibles. Afecta decisiones de expansión, contratación y gasto. En un contexto global donde inflación, desempleo y corrupción ocupan los primeros lugares de preocupación, la competencia por capital y talento se vuelve más exigente.

México tiene fortalezas estructurales claras: integración comercial con Norteamérica, base manufacturera robusta, capacidad exportadora, demografía favorable y una cultura abierta al visitante. Pero esas ventajas operan en un entorno de percepción que —cuando no se gestiona estratégicamente—, puede erosionar valor.

El punto no es negar problemas ni dramatizarlos. Es evitar que se conviertan en narrativa única.

Un país no se define por un episodio ni por un titular. Se define por su capacidad de ofrecer estabilidad, previsibilidad y dirección. Eso exige comunicación precisa, vocería técnica y coherencia institucional sostenida. Y que todo ello funcione con rapidez y claridad.

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Para los líderes empresariales, la lección es evidente. Las organizaciones enfrentan dinámicas similares: cuando la percepción interna de empleados y clientes coincide con una narrativa externa adversa, el riesgo reputacional se amplifica. La respuesta no es reactiva ni discursiva; es sistémica.

México se encuentra en un momento donde la conversación global es intensa y el clima interno es sensible. La convergencia de ambos exige mayor sofisticación estratégica.

La reputación país no es un ejercicio de relaciones públicas. Es una variable económica. Y cuando la narrativa interna y la externa empiezan a coincidir, la gestión deja de ser opcional y se convierte en prioridad estructural.

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Nota del editor: Rogelio Blanco Martínez es presidente y socio de ágora México. Cuenta con 23 años como consultor de comunicación estratégica. Es experto en gestión de reputación corporativa, manejo de crisis y comunicación corporativa. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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