Lo anterior indica que las organizaciones se ven obligadas a equilibrar objetivos aparentemente contrapuestos: por un lado, ampliar su portafolio de productos y servicios, y, por otro, asegurar el control de costos y gastos. Este binomio responde a una realidad compleja, ya que, aunque las empresas proyectan crecimiento, incluso con mayor optimismo que el pronóstico general de la economía, persiste la cautela ante señales poco claras sobre el desempeño del mercado local y global.
Por ello, las estrategias para el año en curso combinan iniciativas orientadas a incrementar las ventas con medidas estrictas para evitar que los costos se disparen en caso de que las metas de ingresos no se cumplan. Este equilibrio se traduce en una gestión dinámica que impulsa la innovación y la diversificación de la oferta, al mismo tiempo que optimiza procesos mediante soluciones como la IA.
De esta manera, las compañías buscan crecer sin comprometer su rentabilidad, asegurando que los gastos se mantengan controlados o incluso decrezcan si las condiciones lo exigen. En un contexto donde la resiliencia y la adaptabilidad son esenciales, la capacidad de combinar expansión con disciplina financiera será determinante para sostener la competitividad.
Para alcanzar sus objetivos estratégicos, las empresas deben priorizar la gestión del talento, dado que este es responsable de materializar los planes planteados por el Consejo de Administración y la Alta Dirección.
En ese sentido, 57% considera indispensable promover una cultura basada en un propósito alineado a la estrategia, mientras que 43% señala como altamente prioritario brindar herramientas que faciliten la adaptación a la disrupción constante. Estas cifras reflejan que la conexión entre propósito, resiliencia y desarrollo de capacidades es clave para enfrentar un entorno cambiante.