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Más allá del consumo de masas: el imperativo ético de la tecnología al servicio del bien común

Centrarse en la eficiencia y la ejecución de una solución básica puede ser más exitoso que innovar de forma agresiva cuando las reglas cambian drásticamente.
lun 06 abril 2026 05:03 AM
Más allá del consumo de masas: el imperativo ético de la tecnología al servicio del bien común
La historia del progreso humano está estrechamente ligada a la capacidad de crear y adaptar tecnología; es imperativo impulsar la innovación en beneficio del bien común, que proporcione resultados de mayor prosperidad y de la expansión de las capacidades humanas a largo plazo, apunta Juan Alberto González Piñón. (Foto: iStock)

La narrativa del avance positivo e ininterrumpido de la tecnología frente al potencial deterioro moral de la sociedad se ha afianzado como una afirmación incondicional del progreso, que funciona como excusa que encubre las verdaderas contradicciones del sistema de producción y consumo.

Lo que se presenta como "progreso" en los objetos de consumo de masas no es una verdadera innovación estructural, sino una mera proliferación de accesorios, modas y diferencias inesenciales (gadgets y automatismos innecesarios) que mantienen a la tecnología en un estado de transición permanente únicamente para acelerar el consumo y la ganancia comercial.

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Es necesario evitar una confianza irracional que asuma que los graves problemas sociales se resolverán automáticamente con nuevas aplicaciones técnicas o con el simple crecimiento económico, sin considerar aspectos éticos ni cambios de fondo en el estilo de vida. Un avance tecnológico y económico que no deje un mundo mejor, que deteriore la calidad de vida o destruya el medio ambiente, simplemente no puede considerarse un verdadero progreso. Es relevante recordar que, aunque la tecnología avance, las cuestiones fundamentales de la dignidad humana y la justicia permanecen.

La creación de valor es un concepto multidimensional que ha evolucionado significativamente con la apertura de nuevos mercados y el surgimiento de modelos de negocio colaborativos que, apoyados en la tecnología, han impulsado la creación de ecosistemas que generan valor, facilitando interacciones e intercambios de alto valor entre diversos stakeholders.

Estos ecosistemas o plataformas buscan maximizar el valor total para los actores que participan en ellos, lo que origina efectos de red, en los que el valor de la plataforma aumenta a medida que se suman más participantes. Para que esta creación de valor sea sostenible, la plataforma o el ecosistema debe compartir de manera justa el excedente o los beneficios de estos efectos en red con todos los participantes.

En los mercados de bajos ingresos de los países en desarrollo, la creación de valor a través de estas plataformas o ecosistemas es inseparable del combate a la exclusión y del fortalecimiento del desarrollo humano sostenible; en estos entornos, la mejor vía para lograrlo es cocrear soluciones e innovar junto con la sociedad.

En este contexto, las universidades y centros de investigación actúan como plataformas científicas y tecnológicas que aportan y adquieren un inmenso valor añadido al traducir el conocimiento en innovaciones de gran importancia social.

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Actualmente, colaborar y fusionar activos de múltiples socios permite reducir costos y mitigar riesgos, generando al mismo tiempo valor masivo, soluciones funcionales y empoderamiento económico; alcances que ninguna de las partes podría lograr por sí sola.

Se trata de avances técnicos y de poner el conocimiento al servicio de los demás para transformar la realidad y resolver problemas sociales, mediante el hallazgo de usos totalmente nuevos para capacidades e infraestructura ya existentes —optimizar y adaptarlas a usos no previstos—.

La universidad como plataforma de impulso al desarrollo debe centrar su acción en cómo el conocimiento y la tecnología se logran habilitar como herramientas críticas para combatir la exclusión y fortalecer el desarrollo humano sostenible en acciones como:

Salud accesible mediante la estandarización: El valor masivo se genera al priorizar diagnósticos rápidos y económicos de dolencias comunes frente a la alta complejidad hospitalaria. En este caso la tecnología asociada al servicio en cuanto a su nivel técnico es inferior, su impacto por el contrario resulta ser suficientemente bueno para resolver las necesidades de millones de personas sin seguro o con tiempo limitado.

Productividad adaptada al desarrollo: En economías emergentes, la creación de valor radica en herramientas asequibles que mitiguen la pobreza. Las bombas de riego manuales, pese a ser tecnológicamente simples, permiten a los agricultores mejorar su eficiencia y sus ingresos. El valor real proviene de proporcionar medios accesibles que transformen la productividad del productor local.

Centrarse en la eficiencia y la ejecución de una solución básica puede ser más exitoso que innovar de forma agresiva cuando las reglas cambian drásticamente.

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La historia del progreso humano está estrechamente ligada a la capacidad de crear y adaptar tecnología; es imperativo impulsar la innovación en beneficio del bien común, que proporcione resultados de mayor prosperidad y de la expansión de las capacidades humanas a largo plazo. Buscar el progreso no solo implica un cambio positivo en la economía, sino que también conlleva profundas conciliaciones sociales y culturales en la forma en que las sociedades se organizan y construyen el progreso, guiadas por la caridad, la verdad y la solidaridad, para resolver problemas y mejorar la calidad de vida humana (El desarrollo ha de ser centrado en la persona).

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Nota del editor: Juan Alberto González Piñón es Director Corporativo de Innovación y Transferencia de la Universidad Panamericana. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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