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Nuestras Historias

El PIB y las discusiones bizantinas

La experiencia empírica demuestra que hay una relación estrechísima entre el nivel del PIB per cápita y cualquier indicador de bienestar social que se nos pueda ocurrir, opina Rafael Ramírez de Alba.
mié 08 julio 2020 12:00 AM

(Expansión) – En siglo XV, en lugar de prepararse para la inminente invasión otomana, los bizantinos dedicaban su tiempo a discusiones elaboradas sobre temas irrelevantes, como, por ejemplo, el sexo de los ángeles. De manera similar, ante la amenaza de un decrecimiento brutal de la economía mexicana durante este año y los enormes retos que se avecinan, el presidente López Obrador ha logrado generar una discusión sobre la diferencia entre el crecimiento económico y el desarrollo, así como la adecuada manera de medirlos.

Este tipo de discusiones no solo son irrelevantes en este momento, rayan en la frivolidad. Ya existen mediciones que complementan al PIB pero, sobre todo, más que elucubraciones sobre si es mejor el desarrollo o el crecimiento, deberíamos de concentrar todos nuestros esfuerzos en pensar cómo poder crecer. Sin crecimiento económico es imposible generar ningún tipo de desarrollo ni de bienestar en las sociedades.

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El presidente ha sugerido desechar la medida del PIB, junto con el concepto de crecimiento económico, por ser demasiado materialista, y enfocarnos mejor en lo espiritual, en el desarrollo, el bienestar y la felicidad del pueblo. Dado que parece haberse quedado atorado en la década de los 70’s en su visión del mundo, no es de extrañar que no esté informado que los esfuerzos por complementar el PIB con otras medidas de bienestar social no son ninguna novedad.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo calcula un Índice de Desarrollo Humano desde principios de los 90’s. La Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) tiene un Índice para una Vida Mejor, que se muestra en una página de internet interactiva donde se puede jugar con el peso que se le da a sus distintos componentes, como acceso a vivienda, educación, salud e inclusive, sí, hasta la satisfacción ante la vida.

Existe ya, inclusive, un Índice de la Felicidad, publicado también por las Naciones Unidas, basado en el reporte subjetivo de felicidad de los encuestados en comparación con una hipotética felicidad máxima. Para no inventar el hilo negro, el presidente podría estudiar lo implementado por Bután, pequeño país asiático, donde desde hace años se evalúan las políticas públicas de acuerdo a su impacto no en el Producto Interno Bruto, sino en la “Felicidad Nacional Bruta”.

Es verdad que el PIB es una medición limitada (todas lo son de alguna u otra manera). En todo caso, la crítica más válida que se le puede hacer no es lo que no incluye, sino lo que sí. Cuando se calcula el PIB por el lado del gasto, es decir, de la demanda agregada, se suma lo gastado por el gobierno al consumo de las personas, así como a la inversión llevada a cabo por las empresas y a lo que producimos para los mercados extranjeros (neto de lo que compramos del exterior).

Aunque el gasto público es necesario para que el Estado pueda proveer los bienes públicos necesarios para el correcto funcionamiento de la sociedad, primordialmente la impartición de justicia y la protección a los derechos fundamentales como la vida y la propiedad, una gran parte de lo que gasta el gobierno es desperdiciado en burocracia, programas clientelares, inversión improductiva y producción de bienes y servicios que no son valiosos para la sociedad.

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Por lo tanto, es un error pensar en términos agregados y darle el mismo peso a lo que gasta el gobierno que a los demás componentes del PIB que sí son guiados por las decisiones libres de las personas y que sí crean valor.

De cualquier manera, aunque podemos criticar el uso del PIB y debatir los detalles de la mecánica e impacto de mediciones alternativas, la experiencia empírica demuestra que hay una relación estrechísima entre el nivel del PIB per cápita y cualquier indicador de bienestar social que se nos pueda ocurrir. Una sociedad con un mayor PIB per cápita, es decir, una sociedad capaz de generar mayor riqueza, puede invertir una mayor cantidad de sus ingresos en cultura, educación e investigación científica, así como en el cuidado de la salud y del medio ambiente, para la generación actual y las futuras.

Por esto el lograr un crecimiento económico elevado y sostenido debe ser uno de los principales objetivos de política económica para cualquier país y se debe tener mucho cuidado en implementar políticas que, aunque bien intencionadas, puedan entorpecer este objetivo. Como argumenta el gran economista Tyler Cowen en su libro “Stubborn Attachments”, el lograr crecimiento económico elevado y sostenido es un imperativo moral.

Nota del editor: Rafael Ramírez de Alba es profesor del área de Entorno Económico de IPADE Business School. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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