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OPINIÓN: Occidente no puede permitir que Turquía se aleje de sus normas

Parece que el presidente turco desafía a Estados Unidos y a los mercados financieros mundiales, dos oponentes formidables, comenta Fadi Hakura.

Nota del editor: Fadi Hakura es experto en Turquía e investigador de Chatham House (Instituto Real de Asuntos Internacionales), un instituto independiente con sede en Londres. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - La lira, moneda de Turquía, ha caído casi un 40% ante el dólar estadounidense en lo que va del año.

Las relaciones entre ambos países llegaron a un punto muy bajo el viernes 10 de agosto cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aprobó la duplicación de los aranceles al acero y al aluminio turcos porque dicho país se negó a liberar a Andrew Brunson, un pastor estadounidense que está bajo arresto domiciliario en Turquía, acusado de terrorismo.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha resistido hasta ahora la presión para implementar la ortodoxia fiscal y monetaria y optó por desquitarse tanto con los mercados financieros como con Estados Unidos.

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Erdogan ha insinuado que hay un complot mundial para destruir los logros políticos y económicos de Turquía. Hasta ahora su popularidad ha crecido en su país porque ha aprovechado el sentimiento antiestadounidense (y la disposición de creer en teorías de la conspiración) de gran parte de la población turca.

La reacción obstinada de Erdogan al colapso económico de Turquía se parece más al plan de juego populista del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que a las posturas amigables con el mercado del presidente de Argentina, Mauricio Macri.

A diferencia de Argentina, Turquía no parece lista para recurrir al Fondo Monetario Internacional con el fin de evitar el colapso financiero ni para reparar sus relaciones con Washington.

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En todo caso parece que el presidente turco está intensificando su desafío a Estados Unidos y a los mercados financieros mundiales, dos oponentes formidables.

Lo más probable es que Turquía pierda cualquier pleito que entable con Nueva York, Londres, Singapur y otros bastiones de las finanzas… a menos que se declare un alto al fuego. Además el colapso de la lira se traducirá en una debacle financiera y económica para el país turco.

Mientras se desarrolla ese proceso, lo más probable es que el atractivo de Erdogan en su país disminuya, más aún entre sus partidarios ideológicos más comprometidos, y que ello traiga como consecuencia la inestabilidad política; sin embargo, el desenlace será un asunto prolongado que podría promover la interferencia militar en la política y tener ramificaciones más allá de las fronteras de Turquía.

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Lo más probable es que Turquía deje de ver a Estados Unidos como un socio confiable y un aliado estratégico.

Sea quien sea que termine al mando del país, una Turquía herida muy probablemente buscará alejar el centro de gravedad de Occidente y acercarlo a Rusia, Irán y Eurasia. Así la nación estaría menos en sintonía con los objetivos de Estados Unidos y la Unión Europea en Medio Oriente, por lo que buscaría establecer una política de seguridad y de defensa más independiente.

En circunstancias extremas incluso contemplaría retirarse de la OTAN y poner fin —o modificar radicalmente— su unión aduanera con la Unión Europea.

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En caso de que pase lo peor y la inestabilidad política y económica devaste un país tan crítico como Turquía en términos geopolíticos, ninguno de los escenarios puede pasarse por alto.

Dado el posible desenlace desastroso sería muy sensato que Occidente prepare un paquete ambicioso para paliar las consecuencias del tsunami financiero y garantizar que Turquía no se aleje de las normas e instituciones occidentales.

Hay que revivir urgentemente los anhelos de Turquía sobre el acceso a la Unión Europea para fomentar reformas liberalizadoras. De otra forma Occidente pagará un precio muy alto por perder a un aliado tan importante.

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